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𝟬𝟱𝟭 | lizard

051. ┊໒ ⸼ 𝗖𝗛𝗔𝗣𝗧𝗘𝗥 𝗙𝗢𝗥𝗧𝗬 𝗙𝗜𝗙𝗧𝗬 𝗢𝗡𝗘 ──

── 𝗅𝗂𝗓𝖺𝗋𝖽 🐝•˖* 📼 ☄️

(capitulo nuevo, comenten y me pongo las pilas para subir todo fast hasta lo de Negan <3)

Ya eran las cuatro de la tarde, el sol aún seguía en el cielo y la gente aquí seguía su rumbo. Algunos estaban horneando para sus hijos, otros leían un libro, un par de ellos jugaban al pool mientras conversaban de la vida, como si no hubiera un apocalipsis fuera. Samara, particularmente, apenas se había levantado de una siesta. Había sido la primera en terminar el examen que la señora Robbins les había dado en aquel garaje, así que fue directamente a su habitación a dormir. Había pasado poco más de una hora.

Se levantó y se sentó en el borde de su ventana; le gustaba hacerlo. Aunque Maggie y Glenn ya la habían regañado un par de veces por lo peligroso que resultaba, ella lo seguía haciendo. No podía evitarlo, y más si veía el miedo en el rostro de Rhee.

Sin embargo, hoy hubiera deseado no sentarse en esa ventana.

Estaba viendo el bosque; las hojas estaban tranquilas, balanceándose de un lado al otro gracias al viento que soplaba a estas horas. De alguna manera, esto le resultaba relajante de ver. De pronto, vio algo extraño. Era Carl, trepando los muros.

En un principio, claro, esto no resultaba algo anormal; Carl, al igual que ella, había vivido los últimos años afuera, en el bosque, en carreteras. Quizá él extrañaba eso. Aunque todo se volvió más confuso cuando subió un poco la mirada y se dio cuenta de que su novio no estaba solo. Era Enid quien estaba con él.

Cuando escenarios raros invadieron su mente, sacudió su cabeza y se aseguró a sí misma que Carl era el amor de su vida... Lo era, ¿no?

Fue su primer amor, su primer novio, su primero en muchas cosas.

─ ¿Qué te hemos dicho?

La voz de Daryl se escucha. Samara casi se cae de la ventana por el susto, gira a ver y se encuentra con su padre, que se había apoyado en el marco de la puerta. Ella se bajó de la ventana, haciendo una mueca mientras se acercaba.

─ Que no me suba a la ventana y me quede como lagartija ahí pegada. ─dice ella sin muchos ánimos.

─ ¿Quién te dijo eso?

─ Tío Merle.

Daryl frunce el ceño. Claro que era algo que Merle Dixon diría, así que ni siquiera se molestó en cuestionar si eso era verdad.

─ ¿Qué mirabas tanto con cara de lagartija?

Samara suspiró. ─ Nada.

Aunque tenía ganas de contarlo, no delataría a Enid y Carl; no diría que salen de los muros porque Daryl iría a decirle a Rick. Y luego todo el mundo tendría los ojos encima de ellos y no podrían hacer nada, ni siquiera podrían hacer sus peleas clandestinas con caminantes... aunque creo que eso último solo es algo que Samara pensaba en su mente cuando estaba aburrida.

Daryl, sin saber qué más decirle, simplemente hizo lo mejor que sabe hacer: cazar.

La tomó del brazo y la arrastró por las escaleras (no literalmente). Era consciente de que Samara era aún una niña, no quería ser tan brusco con ella. Aunque esos pensamientos solo llegaron a su mente luego de una charla con Maggie Rhee. Antes la veía, claro, como una niña, pero también como un dragón al que debía entrenar, dar de comer y ya. Él no había tenido el mejor ejemplo de crianza; estaba haciendo lo único que conocía.

─¿A dónde vamos? ─preguntó ella, mientras salían de la casa y se dirigían a la zona de armas.

─ Creí que eras Ravenclaw.

─ Y yo creí que no me escuchabas cuando hablaba de libros.

Entraron al cuarto de armas, él le extendió su arco, pero a Samara se le hizo raro que no llevaran flechas. Pensó que esto quizá era una de sus pruebas, quizá entrenamiento con flechas imaginarias, o cazar ardillas con el poder del amor y la amistad.

Salieron de Alexandria; el hombre que cuidaba las puertas, el hijo de los Monroe, no dijo nada. Solo los dejo salir.

Avanzaron por el bosque en silencio. Daryl veía a Samara perturbada por alguna cosa. Se dio cuenta cuando miró a todos lados, como si buscara algo o a alguien. No pregunto, porque eso llevaría a una charla interminable. Merle decía que su sobrina era algo así como la reina de los balbuceos. Cuando no quería que te enteres de algo, hablaba hasta que agotaba todas las palabras del diccionario y hacía que te olvidaras que le preguntaste. ¿Llamarlo un don, o solo un mecanismo de defensa? ¿O un increíble fastidio?

─ ¿Qué haces? ¿Ahora sacas a las ardillas de los árboles?─preguntó Sam cuando vio al mayor meter su mano en el hueco de un árbol.

─ Cállate. ─sentenció Daryl, moviendo su mano hacia arriba para tomar el carcaj que había escondido.

Daryl extendió su brazo hacia su dragón, extendiendo lo que había sacado. De inmediato, supo que su regalo había sido perfecto porque una sonrisa apareció en el rostro de su hija.

─ ¡¿Flechas rojas?! ¡¿Cómo?!─preguntó ella, mientras tenía en sus manos aquellas flechas.

─ Conseguí madera roja.

─ Aja ─niega divertida ─. Mi tío y tú las pintaron, ¿no?

Samara recordó que hace unos días su tío tenía las uñas rojas, rastros de que había estado pintando, y aunque se había lavado, no se quitaba.

─ Ahora avanza.

─ ¿Más sorpresas? ─inquirió ella, frunciendo el ceño mientras se colocaba el carcaj detrás de la espalda.

La niña pensó si tal vez su padre había estado teniendo un calendario secreto debajo de toda la mugre y marcaba cada día para ver cuándo era su cumpleaños. Luego se acordó de que Daryl sabía que ella odiaba su cumpleaños, que no era una fecha grata.

─ Quiero ver si por usar tus bonitos vestidos, maquillaje y tacones no te olvidaste del mundo.

─ Yo no me maquillo... ─dejó de hablar cuando recordó la noche anterior, en la que Beth la maquilló como si fuera modelo de revista. Me veía hermosa.

─ Sí, claro. ─Rueda los ojos.

Luego, llegan a una parte del bosque que parecía haber sido preparada justo para entrenar. Había botellas colgadas, latas encima de árboles. Árboles con marcas blancas.

─ Ya sabes qué hacer.

Claro que ella sabía qué hacer. Saco las flechas rojas de su carcaj, saco su arco y comenzó a disparar como si eso fuera algo que hizo desde ebé. Las botellas comenzaron a explotar, las latas comenzaron a ser atravesadas, los árboles comenzaron a ser heridos por las flechas. Estaba en su elemento; por un momento incluso se había olvidado de lo que vio en aquella ventana... No, no lo olvidó. Cuando lo recordó, su expresión se volvió algo triste.

─ ¿Ahora qué?

─ Nada.

─ Siempre hablas mucho, ahora no hablas. ¿Qué pasó? ─inquirió, esta vez con más severidad.

─ Mejor termino con esto. ─dice ella, volviendo a recargar su arco con una flecha.

Cierra un ojo para tener un mejor ángulo; esta era una botella que colgaba desde la rama de un árbol. Esta se movía de un lado al otro. Apunta y luego suelta la flecha. Giro a ver a su papá cuando escucho la botella quebrarse.

─ ¿Eso es todo...? ─para de hablar cuando escucho que algo más que vidrio cayó.

Soltó su arco y se agachó para tomar el paquete que había caído del árbol. Parecía un regalo mal envuelto; es más, ni siquiera podía ser considerado un regalo; un paquete sería un nombre más adecuado. Era una bolsa de carbón, al menos por fuera. La tomó entre sus manos; parecía tener algo blando dentro. Por curiosidad (y porque su padre movió la cabeza, indicándole que lo abriera), lo hizo. De inmediato, una sonrisa genuina y grande se formó en su rostro.

─ ¡Te dije que me avisaras!

La voz de Merle resuena entre los árboles, pero a Samara no le importa; agita la prenda que tiene en manos, mostrándosela a su papá y luego a su tío.

─ Para que no estés con tus shorts ─dice él, señalando el overol de pantalones cortos que tiene ahora puesto ─. No son prácticos; caminantes pueden tomarte de la pierna, rasguñarte; si te caes, te raspas.

─ Maggie te enseñó: te hice un regalo porque eres mi hija. ─señala Merle.

─ Ah, sí ─fingió pensarlo ─. No, no lo diré.

Samara ni siquiera se molesta en decirles algo, corre directamente hacia su padre y le da un abrazo. Daryl en un principio no sabe cómo reaccionar; luego de unos segundos, recién corresponde al gesto.

─ Tu hija tenía esa cara larga por el niño Grimes y la otra chica ─cuenta Merle ─. Los vi juntos en camino aquí; ya están tres metros bajo tierra.

─ ¿Qué? ─preguntó Sam, bajando de los brazos de sus padres.

─ Solo los asusté un poco. ─se encoge de hombros.

─ No le digan a Rick que salimos. ─suplica Sam, pero ninguno de los hermanos Dixon responde.

Todo el camino, ella estuvo usando sus superpoderes del balbuceo. Tenía dos propósitos, en realidad el mismo: que se olviden de lo que pasó y que no le cuenten a Rick.

─ Creo que apagaré mi cerebro para no escucharla. ─suelta, Merle.

─ ¿Alguna vez estuvo prendido? ─inquirió ella.

─ Respétame que soy mayor.

─ Demasiado mayor, diría yo.

─ Daryl, tu cosa esa no me respeta. ─hace una mueca de fastidio.

Dixon menor, quien había estado pensando en cómo hablar con su hija de un posible corazón roto, había estado en silencio todo este tiempo. Tratando de pensar en las palabras correctas. Ahora mismo, estaban pasando por las piedras cerca del lago, regresando a Alexandria.

─ Mira, dragón ─comienza a decir ─. No necesitas un chico en tu vida, no te pierdes de nada.

─ ¿Estás insinuando que sea lesbiana? ─inquiere Merle ─. Es decir, siempre supe que su relación con Sophia no era solo de mejores amigas.

─ No me estás ayudando.

─ No pretendo hacerlo. No le enseñes a ella a vivir sola, enséñale a él a respetar. Es un idiota.

─ Carl puede tener amigas.

─ Claro, y eso no te molesta.

─ Yo tengo amigos.

─ Sam, John no cuenta, es gay. ─dice Merle, como si eso fuera lo más obvio del mundo.

Daryl se había olvidado por completo de su discurso; ya no sabía qué decir y más porque su hermano y su hija se habían puesto a pelear como si fueran dos niños. Así que el, siendo el adulto razonable en este momento, los empujo a ambos al lago que tenian a un lado.

El agua estaba fría; Samara sale a la superficie y lo mira con indignación.

─ ¡¿Eso por?! ─grita.

─ Para que dejes de pensar en el sheriff falso y para que, llegando a Alexandria, te pongas mi regalo.

─ ¡¿Y yo por?!

─ Por idiota.





















Samara estaba en su habitación. Había sentado a Judith en una silla para bebé que Jessie le había regalado. Una vez la bebé estaba segura, ella tomó un poco de la pintura que había encontrado en el sótano y un pincel. Comenzó a dibujar flores en la parte baja de la pared.

─ Sí, yo también lo creo. ─Sam responde a los balbuceos de Jude.

Claramente, la bebé no le decía nada coherente, ni siquiera entendía lo que la chica pelirroja que tenía al frente le había contado; solo estiraba sus manitas y balbuceaba cosas al azar.

─ Sí, tu hermano es un tonto.

─ ¿El hermano de quién es un tonto? ─dice Carl desde la puerta.

─ El mío, ya sabes, mi pelirrojo hermano. ─dice ella con una voz graciosa.

─ John no es pelirrojo, pero sí es tonto.

─ Vaya, insultando a su esposa, es nuevo.

Responde, sin mirarlo. Toda la tarde, desde que volvió, había estado pensando en eso. ¿Quería a Carl? ¿Estaba dispuesta a dar el siguiente paso? ¿Carl la quería a ella? ¿Estaba con él porque era el único chico en la tierra? ¿Alguna vez diría "te amo"?

No estaba segura. Y que las palabras te amo no salieran de su boca lo hacían más complicado. Que Carl estuviera acá hacía todo más complicado.

─ Creí que no te vería hoy.

─ ¿Y eso?─inquiere Carl.

─ No sé, quizá estabas ocupado.

Carl no entendía por qué Samara estaba actuando raro; no se daba cuenta. Frunció el ceño y se sentó en el suelo, junto a Judith, comenzando a jugar con ella mientras la chica seguía pintando su pared.

─ ¿Saliste hoy? ─preguntó él.

─ Sí, papá me llevó a cazar ─responde, sin mirarlo ─. ¿Y tú?

─ ¿Yo qué?

─ ¿Saliste?

─ Sí, después de almuerzo.

Mentira. Fue en la mañana.

─ ¿Con John? ─dice ella, aunque sabía perfectamente cuál era la respuesta ─. Sabía que las esposas no pueden separarse.

─ Con Enid. ¿Sabías que ella lee cómics?

─Sí, lo sé─su voz sale más dura de lo que pienso─. ¿Solo leyeron?

─ No acabamos, pero sí. Vimos a Merle, creímos que era un caminante y nos metimos en el tronco de un árbol.

¿Celos? No lo sabía, quizá solo tenía un fuerte dolor de estómago. Es decir, Carl tenía derecho a tener amigas, y ella tenía amigos... pero por alguna razón se sentía extraño.

─ Creo que Judith tiene sueño. ─agrega, tomando a la bebé en brazos.

─ Pero recién se levantó de su siesta.

─ Fue un día muy duro.

─ ¿Me dirás qué te pasa?

─ No me pasa nada.

─ Está claro que te pasa algo. ─señala lo obvio, pero no con enojo o reclamo; él quería saber qué había hecho para enojarla.

─ Te vi salir con Enid en la mañana, eso me hizo sentir rara.

La sonrisa de Carl se suavizó, tomó a su hermanita de los brazos de Sam y la dejó otra vez en su sillita. Se volvió hacia la pelirroja y se acercó lo más que pudo.

─ Enid es alguien con quien comparto cosas, es como tú con John ─explica ─. Si no quieres que la vea, lo entiendo.

─ No, no. No quiero eso; si quieres salir con Enid, sal. ─dice.

─ Sam, yo solo te quiero a ti ─coloca sus manos en las mejillas de la chica ─. Te amo.

El rostro de Carl esperaba que esta vez hubiera una respuesta de vuelta. Un te amo. Pero no pasó. Sam se quedó petrificada como si fuera una lagartija pegada en el cristal de la ventana. Abrió la boca e intentó decir algo, pero no salió nada de su boca. Ella sabía que no saldría nada de su boca.

No sabía si era porque no sabía cómo decir esas palabras, o porque no lo sintiera. Sea lo que sea, dejo un vacío en Carl, y una pregunta en ella: ¿Lo amaba? ¿O solo estaba con él porque era el único chico en la tierra?





















Al siguiente día, los jóvenes habían ido a la escuela. Samara había sido la primera en irse apenas acabaron las lecciones, pero el resto se quedó; habían dicho que irían a la casa de Ron a jugar. A ellos, al menos a John, se les había hecho raro, pero sabía que insistirle a Sam sería pelear con la reina de los balbuceos, aunque tenía una ligera idea de que se trataba.

Enid, por su lado, claramente sabía de qué se trataba. Se escabulló del grupo y se adelantó para caminar junto a Samara.

─ Creí que irías a leer. ─suelta.

─ Estaba cansada.

─ ¿De mí?

Sí, ella no podía quedarse callada. No estaba enfrentado a Samara ni tratando de sacarla de sus casillas, simplemente quería conversar con ella para que no hubiera malos entendidos.

Es decir, Sam no había sido santa de su devoción en un principio, pero ahora era su amiga. O ella lo sentía así, algo diferente que con Sophia, que solo la saluda cortésmente. La chica Dixon era alguien diferente; se había acercado a ella al segundo de conocerla, ofreciéndole su amistad: primera mirada de odio.

─ Si es por Carl, debes saber que es más probable que me gustes tú a que me guste él.

Aquello, ni siquiera Sam sabe por, pero la hizo sonreír un poco.

─ ¿Te gustan las mujeres? ─inquiere.

─ No, pero tú me haces dudar.

Ambas se quedaron serias por un segundo; cualquiera pensaría que se agarrarían de los pelos, pero fue todo lo contrario. Sus risas fueron contagiosas, y negaron divertidas mientras siguieron caminando.

─ Seremos las mejores enemigas, pero jamás te quitaría a tu novio. Además, si supieras que el noventa porciento del tiempo hablaba de ti, el otro cinco porciento de John y el restante solo hablaba de superhéroes.

─ Estoy segura de que hablo más de John. ─señaló ella, divertida.

─ Todos sabemos que sí.

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