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Emilia | De libertades y prejuicios

El solo intentar recordar la última vez que la cerveza la había mareado, le hacía sentir avergonzada, pues de seguro ese hecho se remontaba a sus tiempos de estudiante, hace ya bastantes años. Ni hablar de las confesiones sin filtro que acababa de soltar antes de besar a Alex en forma tan atrevida, las que sonaron declaración de amor juvenil; y por supuesto, lo más vergonzoso de la noche, era ese intento burdo de coqueteo con Alex que no era capaz de controlar. No entendía lo que le ocurría, o más bien, no deseaba entender para no asumir que el chico había conseguido adentrarse en sus pensamientos sin siquiera intentarlo. Él era así, y eso lo hacía hermoso, más de lo que se veía su rostro serio, con los ojos fijos en la ruta.

Alex conducía hacia las afueras de la ciudad con Emilia de copiloto, mientras Diana y Florencia hablaban sin descanso en el asiento trasero. Lentamente se alejaron de las luces del centro y avanzaron por la carretera, dejando atrás las hileras de casas que se amontonaban en los suburbios cercanos al río, para dar paso a la oscuridad del campo, interrumpida kilómetros más adelante por las luces del pub. Estacionaron en un predio iluminado junto a la fila de personas que esperaba ansiosa su turno para entrar, y antes de bajar del auto, Alex volteó a observarla solo para sonreírle. Emilia le correspondió y quiso preguntar la razón de que el lugar elegido estuviera tan alejado de la ciudad, pero obtuvo su respuesta al ver a dos chicos frente a ella besarse como si no existiera mañana. Observó con disimulo a su alrededor y sonrió: estaba en un bar homosexual por primera vez en su vida.

-¿Incómoda? -preguntó Diana.

Ella negó de inmediato, casi ofendida. No estaba nerviosa ni se sentía intimidada. Por el contrario, estaba feliz de ser parte de ese grupo de inseparables amigos.

En la puerta de acceso, dos guardias que saludaron a todos -excepto a Emilia- por sus nombres, hicieron pasar a las chicas y cortaron la entrada de Alex. Una vez dentro, la música ensordecedora mezclaba las coloridas luces con parejas que no necesitaban esconderse de ojos curiosos ni discriminadores, y eso la hizo feliz. Sin embargo, el lugar estaba repleto de personas, y ella no conocía el lugar; no deseaba extraviarse, por lo que posó con sutileza sus manos en la espalda de Alex para no perderlo de vista, quien, como buen caballero, cambió con rapidez de posición y la ubicó delante de él, guiando su camino con las manos sobre sus hombros.

Emilia sonrió complacida. Le gustaba ese contacto sutil y seguro con el que Alex se acercaba; la forma en que sus labios rozaban su oído para hablarle en medio del bullicioso ambiente; la amigable manera en que respondía a todos los que se volteaban a saludarlo, más todavía al comprobar que sus ojos no los miraban de la misma forma que a ella; y por supuesto, le gustaba la sensación de pertenencia que le entregaban sus brazos cada vez que la estrechaban a su pecho si alguien se cruzaba en su camino.

Le gustaba, ya estaba claro.

Le gustaba demasiado, y aunque sabía que el alcohol que llevaba en el cuerpo exaltaba aquella sensación de agrado, se dejó envolver por ese sentimiento y se permitió disfrutarlo. Al menos por esa noche. Así, muy cerca el uno del otro, atravesaron la multitud hasta la mesa que habían reservado en el segundo piso, a metros de la terraza del local, y se acomodaron con apenas unos centímetros de distancia entre ellos. Diana y Florencia los abandonaron de inmediato y escaparon a la pista de baile, de la cual no volvieron hasta que fue hora de retornar a casa.

Emilia contempló absorta la alegría y complicidad que irradiaban, desconectándose por un momento de lo que ocurría a su lado, hasta que sintió la suave voz de Alex a su lado, reclamándole atención.

-¿Quieres algo?

Y el giro que realizó para observarlo la dejó a tan escasos milímetros de su rostro que sintió que moriría.

-Lo siento, soy un poco aburrida. Ya no quiero beber y lo cierto es que tampoco bailo mucho.

Alex le sonrió y la invitó a salir. Emilia lo siguió hasta la terraza, en donde el frío ya había espantado a muchos de sus visitantes y el bullicio de la música era dejado atrás. Tomaron asiento en un amplio sofá con vista a la carretera que bordeaba el río y esperaron que alguna palabra se dignara a salir de cualquiera de ellos. Emilia estaba nerviosa, mucho, y el silencio de su amigo no estaba ayudando.

-¿Vienen muy seguido? -preguntó. Y eso bastó para romper el hielo.

Esa noche, Emilia se enteró que Diana y Florencia eran amigas de Alex desde hace años, mucho antes de entrar en la adolescencia, gracias a la amistad de sus padres, quienes compartían equipo los fines de semana en las tardes de fútbol. Así mismo, supo del eterno romance que ambas tenían y de lo poco que disfrutaban volver a casa de sus familiares. Resultó que la ciudad no era más que un concentrado de viejas y religiosas tradiciones que rechazaba a cualquiera que osara ser distinto, pero que se ensañaba más aún con mujeres como ellas, que osaban sobresalir con sus comentarios ácidos y críticos de entre la masa uniforme de adolescentes, y que por si aquello no bastara, se habían declarado lesbianas a muy temprana edad. Alex narró con nostalgia las innumerables ocasiones en que hicieron perder los estribos a profesores y autoridades, incluso a los mismos alumnos con sus actitudes rebeldes, y como ese desagrado hacia ellas fue creciendo hasta al punto de aislarlas y ofenderlas cada vez que bajaban la guardia. Guardia que el noventa por ciento del tiempo era Florencia.

Pero ella no podía estar siempre junto a Diana, por mucho que lo deseara. Y aprovechándose de eso, un grupo mixto de alumnos de la escuela se excedió con las burlas y la golpearon. Diana no quiso volver a la escuela y cursó su último año desde casa. Pese a todo, obtuvo un puntaje sobresaliente en la prueba de selección universitaria, con el que podría haber estudiado gratis en la misma universidad que Alex. Sin embargo, escapó.

-¿Crees que son felices allá?

-Estoy seguro de eso. Aunque Diana aún es incapaz de caminar de la mano junto a Florencia, y mucho menos de besarla en público.

Emilia observó en silencio la expresión de Alex, sin saber bien qué decir al respecto. Le costaba asimilar que una pareja enamorada no fuera capaz de pasearse con libertad por las calles por temor a ser agredida. No sabía cómo se sentía eso, y tal vez jamás lo haría, pues por desgracia se encontraba del otro lado del abismo, rodeada de heterosexuales que podían caminar en paz, más aún si tenían el privilegio de ser hombres.

-Siento que debo disculparme en nombre de las personas buenas -agregó Emilia.

Pero Alex no contestó. Una sonrisa nerviosa se escapó de sus labios, mientras sus dedos temblorosos jugaban con aquella pulsera multicolor. ¿Sería el momento adecuado para preguntarle sobre su orientación sexual? Ella deseaba saberlo, no porque se tratara de su amigo sino por la extraña relación que ambos estaban llevando. ¿Qué pasaba si era todo una confusión?

Volvió a observarlo con detalle, y notó el segundo amuleto que colgaba de su muñeca. Otra bandera, en la que logró identificar el celeste y el rosa. Emilia sonrió. Era obvio. Dos colores solo podía significar que le atraían tanto hombres como mujeres. ¿Le importaba aquello?: No. Y otra sensación se apoderó de ella. ¿Estaba así de nervioso por temor a que ella sintiera rechazo hacia él? ¿Qué tan probable era que Alex también hubiese sido víctima de esa clase de abusos? ¿Lo sabían sus padres? Y tras meditarlo, qué mala amiga se sintió. Con todo ese cariño por él creciendo en su pecho, debía reconocer que no lo conocía. No sabía nada de su vida social, si tenía otros amigos, si se sentía seguro o tenía miedo.

-Me gusta este lugar. Se respira libertad y eso me agrada -murmuró, recostando su espalda en el sofá.

-¿Te sientes libre?

-Desde que me divorcié, sí. ¿Y tú?

Alex meditó su respuesta, se recostó a su lado y esquivó su mirada para contestar.

-No.

Tras aquella respuesta, un incómodo silencio se instaló entre ellos, amenazando con extenderse más de lo debido. Emilia no sabía que decir, y cuando encontró las palabras, Diana y Florencia aparecieron junto a ellos. Era tiempo de regresar.

Alex condujo una vez más, pero su abrazo fue más esquivo de lo que ya acostumbraban. Diana y Florencia regresarían en horas a su hogar y ella volvería a su café matutino. Tal vez por la mañana podría decirle a Alex que al menos junto a ella se sintiera libre; que todo daba igual si era posible verlo sonreír como acostumbraba y que nada podía ser tan grave como para apartarlo de su vida, menos ahora que se había ganado ese espacio de confianza entre sus casi nulas amistades.

Antes de dormir, un mensaje vibró en su teléfono.

Soy Diana, agrega mi número y llámame cuando quieras, o cuando no logres asimilar lo que la vida te pone por delante. Cuida a Alex por nosotras. ¡Ya te queremos!

Emilia sintió crecer aún más su felicidad, incluso sin entender del todo lo que Diana realmente quería decir y cerró los ojos.

***

Simone volvió a casa el día domingo, pasada la hora del almuerzo. Venía contenta, lo que le hizo suponer a Emilia que había aceptado de buena forma la nueva relación de su padre. Esa misma tarde, Max se quedó para cenar debido a la insistencia de su hija, y contrario a lo que ambos adultos esperaban, se divirtieron. Ningúno recordaba con exactitud la última conversación alegre entre ellos, y habían olvidado lo que se sentía interesarse con honestidad por lo que el otro vivía. Para su sorpresa, a Emilia no le dolía saber de la nueva pareja de Max; y aunque a él le provocaba recelo la sospechosa amistad que su exmujer tenía con Alex, no tuvo opción alguna más que guardar silencio y confiar en ella.

Y confiar, para Max significaba proteger a Simone. Protegerla de Alex.

-Recuerda que en dos semanas es la tarde de padres e hijos en la escuela -agregó ella, antes de decirle adiós.

Pero Emilia no imaginó que esa simple visita al salón de Simone provocaría tanto daño. Por lo mismo, no dudó en buscar a Alex para pedirle aquel lunes que se adelantara y recogiera a su pequeña de la escuela. Una importante reunión con los inversionistas de la nueva carretera la había retrasado, y Susan no estaba en la ciudad. No debía haber problema, pues en reiteradas ocasiones había pasado por ahí junto a Alex. Telefoneó directo a la Educadora encargada del aula de su hija para informarle su retraso, y confiada de la respuesta positiva, volvió a la reunión.

Casi treinta minutos más tarde, su teléfono comenzó a sonar en forma insistente. Era Alex que marcaba una y otra vez, y solo estaba a cinco minutos de terminar. Cuando acabó, corrió escalera abajo para llamar a su amigo, y su estómago de contrajo al escuchar el llanto de su niña de fondo.

-Emi, lo siento. Ellas no me permitieron recoger a Simone -se excusó.

Y aunque deseó concentrarse en lo dulce que era oírlo decir aquel diminutivo de su nombre, pero la tristeza que emanaba de su voz le preocupaba mucho más. Alex se refería a las maestras, y Emilia no lograba entender la razón por la ellas decidían pasar a llevar la orden que como madre había dado. ¿Con qué derecho la desautorizaban de esa forma, y peor aún, provocando que su pequeña llorara con tanto desconsuelo?

Se enfureció, y con toda esa rabia en el pecho atravesó la puerta de acceso del establecimiento. Aún se oía el llanto de Simone. Sentado frente a ella, casi a dos metros de distancia, estaba Alex.

-¿Qué demonios? -murmuró.

Ellas iban a escucharla.

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