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OCTAVO ACTO: Manzanas de fuego

El milagro de la correspondencia

En los cuentos y en las películas los amores siempre terminaban siendo correspondidos. El trayecto era largo, y aunque a veces amargo, también traía consigo la dulzura de un beso al finalizar la cinta, al cerrar la página.

Fantasías. Eran una farsa, en el mundo real, en el que vivía, donde al besarse no suena ninguna canción de fondo ni sale el sol tras la tormenta, la correspondencia era un milagro.

Mi viñeta se oscureció, los focos iluminaron la de Kazuhiro. ¿Cuál era la probabilidad de que él y Nanako fueran uno de esos milagros?, ¿y si sonaba una orquesta de cuerda al besarse bajo la lluvia? Si para él su historia ya se había terminado. El punto final, un broche de acero corroído por el tiempo.

Entonces no lo sabía, pero Kazuhiro y yo no éramos tan diferentes. No teníamos nada que ver, pero su pieza del puzzle, rota, y la mía, entera, encajaban. Quise cumplir mi sueño en el cuerpo de otra persona, en la vida de otra persona.

Ambos escribíamos cartas sin respuesta. Nos alimentábamos de la vulnerabilidad del otro.


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No pegué ojo. Me eché en la cama con el CD de Mystical Key y escuché cada una de sus canciones. Entre todas dibujaban la figura del olvido, gris, turbada, difusa sobre un fondo totalmente blanco.

Pero una sobresalía, La chica del semáforo. Cuanto más la escuchaba más segura estaba de que se trataba de una epístola, una carta que pretendía llegar a ella. Nanako, ese podía ser su nombre.

Me sentía culpable. Como periodista, podía estar delante de una bomba, pero seguía siendo su compañera de piso, y nuestra relación rozaba todo lo incorrecto.

Conocía mi debilidad. ¿Y si Miyazaki tenía razón?, ¿y si debía decidirme y tomar cartas en el asunto? Amar a Makoto y fingir que podía soportar su compromiso era mentir; mentirme a mí y mentirle a él.


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Sin embargo, todo aquel lío con la postal no era el protagonista del viernes. El día siguiente llegó fuerte, era el esperado festival de las manzanas.

Tuve suerte y ese viernes coincidió con uno de mis días libres, o más bien uno de los días de mi supuesta entrevista e investigación con Miyazaki. Los sentía como vacaciones porque lo único que hacíamos era estar en casa, tratar de hablar, sin resultados, hasta que él saliese a despejarse con el resto del grupo. Improductivo, así era mi trabajo.

Pero ese día no era uno cualquiera, había una diferencia, y es que Miyazaki y yo estaríamos juntos por la noche. No en el bar de mi tía, en un festival.

Aún con esas, la mañana no distó mucho de lo que solía ser. Miyazaki y yo desayunando en lla mesa del salón-comedor, en pleno silencio, absortos en nuestros teléfonos: él con su tostada, café y huevos revueltos, y yo con mi arroz y pescado ensobrado recién calentado. Estaba claro que no era la más cocinillas del lugar.

—Oye —le oí llamarme.

Sorprendida, apagué la pantalla del teléfono y elevé la cabeza.

—¿A qué hora habíamos quedado? —me preguntó, removiendo los huevos con sus palillos.

—A las siete, ¿por qué?

Suspiró— ayer se me olvidó avisar a los chicos —tomó un sorbo de café y se reclinó en su silla— Kento y Kenichi suelen salir bastante tarde del gimnasio, pero Hideki puede que acabe rápido sus clases si le aviso.

Era la primera vez que Miyazaki me hablaba de sus amigos, a pesar de que ya los había conocido. —¿Clases de qué? —pregunté.

—De guitarra, imparte cursos en una academia.

—Vaya —murmuré, tomando un trozo de mi pescado. Sabía decentemente para ser la sobra envasada de hacía dos días—. Creía que vuestro único trabajo era la banda.

—Acabamos de empezar, ¿cómo crees que hemos sobrevivido hasta ahora?

Si bien era cierto que lo que decía tenía sentido, nunca había visto a Miyazaki ir a ningún trabajo.

Antes de poder seguir haciendo más preguntas, me interrumpió— por cierto —tomó la taza de café en sus manos— ¿por qué se llama El festival de las manzanas?

—¿Nunca has oído hablar de él? —entonces caí— claro, no eres de Tokio...

—Sí lo soy —estableció abruptamente— pero nunca había oído nada de un festival de verano sobre manzanas.

Sorprendida, me rasqué la nuca— ¿eres de Tokio?

Asintió— de hecho, antes también vivía en Shibuya —inesperadamente, siguió hablando— más o menos hasta que cumplí cinco años, después mis padres compraron un piso en Shinonome.

Pensé en encender el móvil y poner la grabadora, pero no fui capaz de hacerlo. Preferí mantener la conversación,

—¿Qué, acaso tengo pinta de pueblerino? —preguntó con una pícara sonrisa.

—No es eso —musité. Tomé el último trozo de pescado en mis palillos. Sonreí, recordando los brillantes faroles del festival— es por las manzanas caramelizadas.

Confuso, arqueó sus cejas— ¿manzanas caramelizadas?

—El festival, se llama así por las manzanas de caramelo —seguí dando vueltas al trozo en el plato —todos los puestos las venden como las mejores manzanas del mundo.

—¿Ah, sí? —preguntó vacilante, tomó el último sorbo de su café y dejó la taza en la mesa.

—Sí, pero no es solo eso... —observé como se acomodaba en su silla de brazos cruzados—. Hay una leyenda que dice que si compartes una manzana con tu pareja enfrente del río, al estallar los fuegos artificiales en el cielo, estaréis unidos para siempre. La única condición es que ambos mordáis la manzana al mismo tiempo que explotan los primeros fuegos.

—Suena a excusa para vender manzanas.

No me sentía orgullosa, pero todos los años en cada festival intenté cumplir esa única condición, siguiendo todos los pasos, pero en vano.

A mi cabeza vinieron esos intentos fallidos y suspiré— quién sabe —incluso sin éxito, atesoraba esos recuerdos—, Quizás encuentres a tu amor predestinado y una manzana os una para siempre.

—En eso te equivocas —burlón, Miyazaki se levantó, colocó la taza en su plato lleno de migas, lo tomó y se acercó a mí—, los amores predestinados no existen —susurró en mi oído.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, e incapaz de contestar, lo observé alejarse hacia la pila para dejar sus platos.


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Con un maquillaje sutil en tonos rosados y rojizos, recatado, me vestí en el yukata que había conseguido encontrar la noche anterior, y me peiné, decorando mi recogido, una media coleta baja, con una vieja horquilla en forma de flor de cerezo blanca.

Al acabar de peinarme salí del baño, y entré al salón, donde Miyazaki me esperaba. —Anda, pero si te has puesto un yukata —me acerqué, sorprendida.

Su yukata negro, con un sofisticado estampado de rayas verticales blancas, le iba como la mano a un guante. Por mucho que no quisiera admitirlo, su porte, atractivo, de cierta forma elegante, era innegable.

Al oírme, apartó la mirada del teléfono para analizarme minuciosamente de arriba a abajo— estás muy mona.

—¿Eh? —avergonzada, ladeé la cabeza— ¿en serio?

—Aunque no sé si a Gran rata le gustará.

Irritada, chasqueé la lengua, y caminé hacia el recibidor. Sabía que lo decía solo por molestar, pero había estado horas preparándome con la idea de sorprender a Makoto. Sabía que no debía, pero quería que me mirase.

Antes de que mi pie cruzara la puerta hacia el recibidor, noté su mano en mi cabeza— tranquila, solo era una broma —rió, apartándose.

Broma.

Paralizada, le observé en silencio mientras se colocaba sus sandalias, y al elevar la cabeza, nuestros ojos se encontraron. Una pequeña risa se escapó de entre mis labios, y él, sonriente, también rió.


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Ninguno pensó en que por mucho que el día anterior lo hubiéramos hablado, nada era seguro, pues tras una hora de viaje en tren, en la entrada del festival, la única persona que se encontraba ahí esperándonos era ni más ni menos que Makoto.

Megumi me había mandado un mensaje en el último minuto avisando de que tenía que terminar el papeleo en la oficina y llegaría tarde, poco antes de los fuegos artificiales.

Acabé de leer el mensaje y les miré— Megumi llegará tarde.

—Y Manami también —respondió Makoto, serio— tiene que cuidar de una niña. Al parecer sus padres aún no se han pasado por la guardería y no contestan a las llamadas —suspiró, cruzándose de brazos— y Reina, Miyoko y Minato tampoco dan señales de vida.

—Ya, pues los chicos tardarán en llegar, no han podido cancelar sus planes —añadió Miyazaki.

Sonreí, o más bien, forzosamente, esbocé un intento de sonrisa. El silencio volvió a caer, y por mucho que les miré esperando a que alguno rompiera el hielo, no pasó.

No, la tensión no se palpaba, la tensión era directamente nuestro oxígeno. El dióxido de carbono se convirtió en el odio y la repulsión que ambos se tenían.

—Supongo que esto ha sido mala idea después de todo —murmuró Makoto, desviando su mirada por los puestos que nos rodeaban.

—¿Tan malo es tener que estar conmigo? —preguntó Miyazaki, frunciendo el ceño.

—Chicos, parad, por favor —les pedí.

Por un pequeño instante se miraron, pensé que se escupirían, pero solo asintieron.

De nuevo el silencio se apoderó del ambiente, hasta que, Miyazaki, con los ojos abiertos como dos grandes platos, caminó detrás de Makoto— ¡Yuka! —gritó.

Tanto Makoto como yo nos acercamos hacia donde se había alejado: un grupo de chicas vestidas en yukatas de color blanco y rosa a juego, miraban los premios de un puesto de pesca.

Al oír su nombre, una de ellas, de pelo castaño muy claro, rozando un tono ceniza, se giró. La reconocí; sus ondas, el maquillaje cargado, pero pulido, y sus uñas postizas. No había duda, ante mí, se encontraba la misma chica que había encontrado un mes atrás, cuando volví a mi casa.

—Kazu, qué sorpresa encontrarte aquí —con un tono de voz calmado, suave, saludó a Miyazaki, sonriente.

—Lo mismo digo, hacía mucho que no nos veíamos —respondió Miyazaki.

Inédito. Lo normal en Miyazaki era acostarse con una chica y despedirse de ella al día siguiente para siempre. No solía volver a verle interactuar con la misma chica más de una vez, pero con Yuka parecía tener ya no solo una relación cordial sino una... ¿amistad?

La expresión de la chica se enturbió— han pasado muchas cosas, ya te contaré cuando tengas tiempo...

—¡Ahora está libre! —exclamó Makoto, interrumpiéndola— ¿No es cierto, Kazu?

Miyazaki, molesto, se dispuso a responder, pero al instante se detuvo. Se rascó la nuca y colocó uno de sus brazos alrededor de los hombros de su amiga— cierto, ahora es un buen momento.

—¿Estás seguro?, no creo que sea buena idea dejar plantados a tus amigos —preguntó la chica mirándonos a Makoto y a mí, preocupada.

Miyazaki negó con la cabeza— no son amigos, solo son fans, tranquila.

Pensé en responder, pero ver, oír su condescendencia, esa actitud de cretino, me crispó hasta el punto de preferir ignorarlo antes que empezar una discusión. Y, en silencio, así, lo observé alejarse hacia la multitud del festival junto a la chica, mientras Makoto se distraía con el puesto de pesca.

Mi enfado habría continuado si no hubiera sido por el pequeño e insignificante gesto de Miyazaki antes de desaparecer entre toda la gente: guiñarme el ojo.

—¿Qué? —pregunté por lo bajo, y Miyazaki, al ver mi desconcierto, señaló a Makoto con el pulgar.

Otra vez, me acababa de dejar a solas con él. Sentí los nervios apoderarse lentamente de mi estómago, y tragué saliva.

En ese mismo instante, Makoto se dio la vuelta y con un gesto cálido, familiar, se acercó. —¿Te apetece dar una vuelta, como en los viejos tiempos?

Si podía soñar, quizás también podía hacerlo realidad.

—Cla-claro —musité, ruborizada. Noté mi nuca arder, un escalofrío por la espalda. Tragué saliva, y caminé codo con codo al lado de él.


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Dimos vueltas por los puestos, rodeados de las brillantes luces de los faroles. Hablamos y recordamos entre risas todos nuestros festivales de antaño. Cuando éramos niños y corríamos en medio de la muchedumbre, nos perdíamos el uno al otro, y nos encontrábamos a la orilla del río, donde acababámos comiendo manzanas. O cuando éramos adolescentes y competíamos en todos los puestos, peleábamos, y nos disculpábamos compartiendo crepes y más manzanas.

Después de mucho caminar y hablar, terminamos por sentarnos en un banco para descansar y tomar un refresco. Traté de mantener mi mente limpia, pulcra, sin ideas románticas, pero fue difícil no pensar en besarlo, abrazarlo o pedir que me consintiera con tantas parejas a nuestro alrededor.

—Aún no te lo he dicho —rompió el silencio. Curiosa, dejé de mirar a la gente caminar al frente, y le observé, cruzando nuestras miradas—. Hoy estás muy guapa —concluyó.

—¿De verdad? —pregunté. Lo notaba, seguía sonrojada, y no podía esconder la sonrisa.

Asintió— aún me cuesta creer que tengas 24 años, ¿sabes? —se volvió hacia donde las parejas de adolescentes seguían caminando—. Algunas veces siento que el tiempo ha pasado demasiado rápido, que lo he perdido sin darme cuenta.

—Sí, te entiendo —bajé la cabeza—. Hemos estado huyendo tanto de este momento que ni siquiera nos hemos dado cuenta de que ya hemos llegado a él.

Rió por lo bajo— parece que fue ayer cuando me despedí de ti en la bahía.

No solía hablar de aquello, sus palabras volvieron a revolverme por dentro, aceleraron mucho, mucho más mi corazón. Por años la imagen de esa puesta de sol quedó grabada en mis retinas y no pude borrarla, ni su luz, ni su color anaranjado, ni la sensación de su meñique abrazando al mío, al sellar nuestra promesa.

De soslayo capté parte de su sonrisa. Feliz, acaricié el refresco en mis manos con el pulgar, y cerré los ojos, dejé que la brisa me meciera.

—Quién habría creído que llegaría el día en el que volvería a estar aquí, a punto de casarme —al instante, la felicidad desapareció.

Mis manos actuaron por su cuenta, apretando el refresco. Oí, sentí cómo el aluminio se doblaba.

—Pero me hace feliz poder decir que voy a casarme con alguien que me hace sentir completo. Con ella, todo irá bien.

Otra vez, volví a apretar.

Se giró hacia mí—Ayumi, yo... —me llamó, y le miré— me casaré el próximo año, en septiembre.

Mi piel dejó de notar la brisa. El calor, el calor agobiante se esfumó, se convirtió en frío, un sudor helado. Mi garganta se cerró con un tenso, gran y fuerte nudo. —¿Septiembre? —articulé a duras penas.

Asintió— y espero que estés ahí, a mi lado, después de todo... —sus dedos rasgaron la lata, lo vi. Él también estaba nervioso, a él también le incomodaba hablar de eso —para mí tú eres...

—No —pronuncié. Aunque temblaba, aunque el aire salía y entraba con dificultad en mis pulmones, y sabía que no debía cometer ni un solo error más, no pude seguir con la farsa. Él también debía estar harto.

—¿No? —preguntó, confuso.

—No quiero ser cobarde, como tú.

Se intentó acercar a mí— ¿de qué hablas? —pero me aparté.

Me levanté del banco— ¿no recuerdas por quién abandoné Tokio? —solté la lata al suelo, cabizbaja—. Quizá tenga razón y sea una cobarde y no me atreva a decirte cuánto duele estar a tu lado, porque nunca he dejado de quererte, de imaginarme que volverías a mí, pero —apreté mis manos en dos puños, traté de aguantar— pero —no tuvo efecto, sentí mi mejilla humedecerse y decidí mirarlo, encararlo, ser sincera— ¡¿pero de verdad crees que accederé a estar en tu boda?! —y grité.

—Ayumi... —me llamó, con su voz, la que no había cambiado, en un tono bajo, serio.

—Nunca has tomado mis sentimientos en cuenta, ¡solo te importa tu propia felicidad!

No pude soportar su silencio, su mueca incómoda, y di un paso hacia atrás, retrocedí. Y otro más, me mordí el labio, y volví a dar otro paso más. Pero ya no le veía sentido a seguir ahí, haciéndome daño. Sin pensarlo me di media vuelta y salí corriendo.

—¡Ayumi! —ignoré su grito.


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Makoto era egoísta. Yo también era egoísta. Mi felicidad dependía fervientemente de sus sentimientos; necesitaba que él me amara para poder ser realmente feliz. Y por una vez, solo por una vez, quise anteponer mis sentimientos, sin importar si eso me hacía la mala de la historia.

Me daba igual ser esa molesta persona que aparecía para separar a los protagonistas. Ese no era mi relato, no era mi artículo y definitivamente no era mi relación, pero era imposible no preguntarme qué tan malo era querer que lo fuera.

Corrí entre el tumulto, y mi corazón titubeó entre la culpabilidad y la envidia, hasta que alguien me tomó de la mano, parándome en seco.

Sabía que no era Makoto, aunque algo dentro de mí gritaba desesperadamente porque lo fuera, pero el rostro de la persona que sostenía mi mano no era el de Makoto. Su yukata, negro, de sofisticadas rayas blancas, y el porte gentil, elegante, no eran de Makoto. Eran de Miyazaki.

—¿Qué haces corriendo por esta multitud? Es peligroso.

Compañeros de piso, objetivo profesional, un cretino famosillo, eso era. Pero no me importó. Las palabras de Makoto relampaguearon en mi mente.

No dije nada, solo me lancé directa a él.

No hizo preguntas, prefirió acariciarme el pelo mientras hundía mi rostro en su pecho, entre quejidos.


☻☻☻


Cuando conseguí calmarme, le conté todo lo que había pasado con Makoto, la noticia de su compromiso y mi segunda declaración, mientras, arrodillados en el suelo, pescábamos en uno de los puestos.

Pero al acabar de hablar su reacción no fue la que esperaba, y en lugar de gritarme o consolarme, me pegó un suave golpe en la frente con sus dedos.

—Eres muy tonta, ¿de verdad crees que eso que has hecho no es propio de una cobarde?

—¡¿Y qué querías que hiciera?! —pregunté, avergonzada.

—¡Pensar en él! —exclamó, dejando su red en el suelo— debías enfrentarte a tus sentimientos y aceptar su compromiso.

Conmocionada, seguí escuchando atentamente.

—Sabes que amas a una persona cuando aceptas su felicidad ante todo, no cuando huyes de lo inevitable.

Crispada, chasqueé la lengua— pero... —murmuré.

—Has hecho bien al sincerarte con él, pero deberías haber pensado en si tus sentimientos realmente habían llegado hasta él —desvió sus ojos hacia el pequeño estanque de peces— sé que lo quieres, y sé que esto te cuesta, pero valdrá la pena.

—Sí cuesta —repetí en voz baja. Suspiré, y dejé la cabeza reposar en mis rodillas.

—Fuiste tú quien decidió que él fuera tu amor predestinado —soltó, se rió y me golpeó en la cabeza suavemente con su mano.

Lo miré— los amores predestinados no existen.

—¿No es tu amor predestinado? —rió entre dientes.

Sus ojos brillaban un poco más de lo normal, teñidos, iluminados, por el suave subtono naranja de los faroles.


☻☻☻


Al acabar de pescar nos dirigimos hacia uno de los puestos de manzanas, el mejor de la zona: el de mi tía Sumire, ubicado en la otra punta, para ser más precisos, la zona oeste del festival. Y al ser el mejor, una larga cola nos esperaba.

—Oh, es cierto —tras minutos de espera, Miyazaki se pronunció, golpeándose la palma con el puño— tu amiga Miyoko y los chicos ya tenían sus manzanas cuando los vi.

—¿Eh? —parpadeé, atónita— ¡¿ya están aquí?!

Asintió— los chicos llegaron hace una hora, al poco tu amiga Megumi se los cruzó, y se fueron juntos a comprar manzanas. Después, Miyoko, Ikeda y Yoshida aparecieron, y al final, todos juntos se encontraron en la cola al comprar manzanas.

—Ya veo —musité, desanimada. Me sentí culpable; no había podido estar con Megumi, a pesar de que se lo había prometido. No obstante, algo en la historia de Miyazaki no cuadraba. —Pero, si has estado con ellos, ¿por qué cuando me encontraste estabas solo?

Un tanto nervioso, Miyazaki evitó el contacto visual— verás, yo... —suspiró—. Te estaba buscando, por si acaso algo pasaba, ya sabes, hay mucha gente y...

Lo comprendí. Después de casi un mes y medio viviendo juntos, aunque no hablábamos pero discutíamos sin parar, estábamos en la misma cola, del mismo festival.

—Y somos amigos —acabé su frase inconclusa.

A juzgar por su expresión no se esperaba esa respuesta, y sorprendido, cruzó su mirada con la mía. Las comisuras de mis labios se curvaron solas y sin querer, sonreí.

—Se te ha corrido el maquillaje —me devolvió la sonrisa.

—¡¿Qué?!, ¡¿en serio?!

Riendo, asintió— pareces un mapache.

En pánico me toqué la cara, las mejillas, y, efectivamente, me manché los dedos de negro y rosa.

Sin darme tiempo a gritar, la mano de Miyazaki tomó mi barbilla y con un pañuelo limpió mi rostro. —No te preocupes, eres el mapache más gracioso que he visto en toda mi vida.

Muy posiblemente su propósito fuese ofenderme, pero, por alguna extraña razón, me sentí halagada.


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Por desgracia, por mucho que esperamos, al llegar al puesto, a mi tía solo le quedaba una única manzana caramelizada y, a regañadientes, accedimos a compartirla.

Mensajeamos a nuestros amigos y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos en la ribera del río, donde Megumi, Miyoko, Reina y Minato hablaban con los chicos de Mystical Key mientras Makoto y Manami mantenían otra conversación a escasos metros.

Al vernos llegar, los chicos saludaron a Miyazaki eufóricos y corrieron a acercarse. Pero antes de que llegaran, alguien se les adelantó, con tirria— ¿qué hacéis juntos? —preguntó Makoto.

—Espera —elevé la mano, lo detuve antes de que comenzara a discutir con Miyazaki. Vislumbré la figura delicada de Manami, en su yukata de color azul, y me acerqué a ella.

El pulso se me escapaba del pecho, mis manos temblaban, pero era mi última oportunidad.

Me incliné en una reverencia— ¡muchas felicidades por vuestro compromiso!

Al elevar la cabeza, hice mi mejor esfuerzo por sonreír, pero ella, conmocionada, se limitó a observarme en silencio.

A pesar de que no podía ver a Makoto, sabía que él también estaría igual de sorprendido.

—¡¿Boda?! —escuché gritar desde atrás, y al girarme lo vi— ¡¿quién se casa?! —Oosawa, uno de los amigos de Miyazaki, gritó eufórico.


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Finalmente, todos, Mystical Key y Megumi in, terminaron por felicitar a la feliz pareja. Rompimos el hielo, y, entre risas, mantuvieron una animada conversación sobre la boda.

Alejada, a pocos metros del río con Miyazaki, dejé que la brisa me refrescara.

—¿Sabes? Ser cobarde no es solo ser deshonesta.

Confusa, arqueé una de mis cejas— ¿de qué hablas?

—Ya sabes —sus ojos se dirigieron al agua— eres muy débil, tu vida se basa en las expectativas del mundo, deberías arreglar eso.

Incapaz de articular palabra, seguí escuchando su discurso.

—Una vez seas capaz de actuar por tu propia cuenta, podrás pasar página.

Irritada, le di un suave golpe en el hombro— ¿eso significa que vas a seguir llamándome cobarde?

—Es lo que eres —riendo, arrancó un trozo de la manzana, y me lo metió en la boca.

—¡Ya va a comenzar! —oí a Megumi exclamar.

Arrancó otro trozo y se lo llevó a la boca.

En el mismo segundo en el que mis dientes y los suyos masticaron por primera vez el caramelo de las manzanas, en el cielo estallaron miles de flores de fuego.

—¡Ah, la he mordido muy tarde! —Manami se quejó.

Si la leyenda era cierta, ¿estaríamos Miyazaki y yo juntos toda la eternidad?

Definitivamente estaba equivocada, el protagonista no era Makoto, ni Manami, ni su relación. El protagonista era Kazuhiro, Miyazaki Kazuhiro.

El milagro de la correspondencia

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