PRELUDIO
Cuestión del primer amor
Es difícil explicar lo que una persona siente cuando se enamora. El calor y el frío te atormentan hasta entumecerte la piel cada vez que, sin querer, esperas el roce. Una extraña sensación que reclama el placer desde el dolor, la quietud del barullo, la antítesis de la felicidad. Un cóctel de emociones que no sabes manejar, quizás por la edad, arrinconan tu corazón. Pestañeas tú, pestañea él, coges aire, y explota.
Pero después de tanto tiempo confluyendo en un mismo plano como dos líneas paralelas, de un instante a otro, dejáis de serlo. Las líneas convergen, se tocan. Se acarician, se besan, a lo lejos suena una orquesta y, ¡bum!, ha surgido el amor.
Cómo olvidar el momento en el que el plano desapareció. Caí en las garras del vacío, acogedor. En su rostro, una sonrisa incómoda.
—Ayumi... —pronunció mi nombre al terminar de leer mi carta— No sé cómo decirte esto... —suspiró, se frotó la nuca con una de sus manos y me extendió el trozo de papel. —Estoy prometido.
Reí. Una pequeña risa se escapó de entre mis labios— ¿qué? No, imposible —retrocedí cabizbaja.
La brisa nocturna me pellizcó la piel, pero el calor que desprendía mi cuerpo me hizo inmune a la fría sensación.
Alcé la mirada, su rostro, el que por tantos años había extrañado, estaba cambiado, pero su tono de voz no. Seguía igual, la recordaba igual.
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La voz que, frente a la puesta de sol de la bahía, me desgarró el corazón en un cerrar y abrir de ojos.
—Me iré a finales de este mes —sentenció en un tono seco.
Y aunque recuerdo que desde mis adentros me intenté obligar a mantener la calma, después de horas tratando de sonsacarle aquel horrible secreto, no pude controlarme. —¿Te vas? —pregunté.
No llorar por la única persona que había amado durante 12 largos años era imposible.
No recordaba ni un solo día antes de conocer a Makoto. Siempre estuvo a mi lado, había sido la única persona con la que había soñado casarme. Sus gestos me hicieron creer durante un largo tiempo, y hasta ese momento, que nuestros sentimientos finalmente, algún día, se corresponderían.
—¿Por qué ahora? —pregunté, ahogando el sollozo— ¿acaso no vas a luchar por quedarte?
Le oí chasquear la lengua— es algo que me vendrá bien, Ayumi.
A pesar de que estaba acostumbrada a su frialdad, aquella respuesta impactó con más fuerza en mis oídos. ¿Estaba siendo egoísta? Ni siquiera me había aferrado a su camisa, ni me había lanzado a sus brazos. Aunque quería hacerlo.
—Pero —el nudo se deshizo, noté mi voz quebrarse lentamente— ¡te voy a echar tanto de menos! —Avergonzada, me tapé la cara con las manos y dejé que el llanto fluyera libre.
—Y yo a ti —susurró, acariciándome el pelo.
Conseguí ver su sonrisa de soslayo mientras me secaba los ojos. Su actitud era tan injusta. Él era tan injusto.
—Pero volveré, a por ti y a por todos.
—¿Eh? —tragué saliva— ¿de verdad?
—De verdad —extendió su dedo meñique— es una promesa.
La calidez de la puesta de sol se hizo una con su sonrisa, tibia, acogedora, familiar, y sintiéndome un poco mejor, sellé la promesa entrelazando nuestros dedos.
Pensé que todos aquellos sentimientos, como el anhelo de querer ser monopolizada, quedarían enterrados en la arena de esa tarde de agosto, pero en su lugar, la esperanza de poder recuperar a mi persona más preciada invadió toda la playa.
Durante dos largos años cada fin de semana del octavo mes del año volví a la bahía y, sentada en la orilla, recordé esa promesa. Pero Makoto no volvió. Makoto no volvió hasta pasados 7 años desde su promesa.
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Tras dos semanas en las que nos habíamos vuelto de nuevo inseparables, temiendo que volviera a desaparecer de mi vida sin poder compartir con él todo lo que mi corazón llevaba escondiendo, había decidido que sería una buena idea escribir una canción a modo de carta en la que poder confesarme. Fue un error, no sabía lo que hacía.
—Pensaba que ya lo sabías, todos lo saben.
No sabía que mi amor nunca fue correspondido.
—Pero, ¿de verdad creías que aceptaría salir contigo? —riendo entre dientes, me acarició el pelo, descolocándolo— si sigues siendo una niña.
Seguramente para él aquellas palabras fueron inocentes juicios de un amigo. Para mí, fueron estacas que se clavaron una detrás de otra.
—Deberías pensar en madurar, dejar esos sueños de ser una estrella del rock, y empezar a pensar en el futuro —se apartó, suspiró y se giró, caminando hacia la puerta del bar—. Lo siento —murmuró antes de cerrarla.
Detrás del bar de mi tía, acababa de ser rechazada por primera vez en mi vida. En mis manos, la carta de amor que me había costado la amistad con mi mejor amigo se burlaba de mí.
Cabreada, arrugué la hoja en un puño y la tiré a la carretera.
Y aunque las luces de los semáforos y los carteles de la ciudad me cegaban, en mis ojos permanecía intacta la sonrisa de Makoto al prometerme volver.
—Si ibas a volver así... —saboreé la primera lágrima salada— ¡mejor que nunca hubieras vuelto! —gritando desconsolada, me desplomé en el suelo, escondí mi rostro entre mis rodillas y permanecí allí durante horas.
Al volver al bar, todos mis amigos se habían ido y mi tía limpiaba las últimas mesas junto a su compañera Mai. Entre las tres, aquella noche, sentadas en la barra, llegamos a la misma conclusión: Makoto tenía razón, debía madurar.
Durante años había estado mendigando atención de representantes y discográficas con la intención de triunfar sin éxito. No dejaba de ser rechazada, mi vida se había estancado. Todo por un sueño infantil.
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Pero lo hice, maduré. Busqué trabajo, hice uso del título en periodismo que había conseguido apenas unos años atrás, y conseguí un puesto en una revista. Así, a los meses me mudé a Osaka, donde logré convertirme en una persona seria, responsable y, lo más importante, madura.
Dos años después regresaba a Tokio, a mi ciudad, donde todo comenzó y donde todo debía acabar. Sin embargo, al abrir la puerta de mi piso había algo raro. Un fuerte y seductor aroma a colonia masculina, «habrá sido mi tía» pensé inocente.
El recibidor tenía muebles nuevos, «habrá sido mi tía» seguí repitiendo.
Pero al entrar en el salón, un rastro de prendas me recibió; un sujetador, una falda, un pantalón, unos calzoncillos; por el sofá, por el suelo, la alfombra, la mesa. «¿Habrá sido mi tía?».
A lo lejos, desde el pasillo, oí el agua de la ducha correr, hasta que, repentinamente, el sonido de pisadas lo encubrió.
«¿Qué?»
Su figura, únicamente tapada por una toalla atada a la cintura, caminó firme hacia mí. Pelo descolocado, el brillo de sus piercings me advirtió.
—¿Quién eres tú? —preguntó.
Paralizada, traté de asimilar la situación. Mi casa, ¿acababan de allanar mi casa?
«Nuestro encuentro no fue el idóneo.
La explosión no fue la planeada» .
—No, quién eres tú.
Es difícil explicar lo que una persona siente cuando se enamora. El impulso es incontrolable, viaja a la velocidad de la luz hasta encapsularse en un sistema aislado, donde el dolor, el placer, la mentira, el rencor; todo se ralentiza. Acorralado, cuando menos te lo esperas, el cóctel en tu corazón explota.
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