SÉPTIMO ACTO: Los cobardes se aíslan
Principio del tiempo devorador
Al principio de mi convivencia con Kazuhiro no me interesé por su vida. Lo saludaba, lo reñía y, sobre todo, lo evitaba. Como quien ve a su depredador y lo estudia minuciosamente desde la distancia, traté de entender su forma de pensar. Busqué una razón que explicara su inusual comportamiento.
A diferencia de Makoto, Kazuhiro parecía moverse por el más impuro, contaminado, y vicioso hedonismo. Le gustaba que todo fuera emocionante, vívido, valioso. Es posible que una parte de mí envidiara esa despreocupada filosofía y, como consecuencia, mi desprecio hacia él se viera acentuado.
Después de todo, yo seguía siendo una cobarde, un corderito que, una vez perdido con el lobo, temblaba sin atreverse a decidir, a hacer, a hablar. El tiempo se agotaba, no quedaba mucho para ser devorada.
Irónico que el devorador no fuera otro sino el mismo tiempo.
☻☻☻
Durante esa semana Miyazaki, por alguna razón, volvió a encerrarse en su coraza rebelde, resistiendo cada una de mis preguntas: las esquivó, huyendo de nuestras quedadas y obligándome a jugar a juegos de mesa mediante engaños y chantajes.
Cada vez que me prometía a mí misma ir a quejarme a mi jefe, Yamada, para pedir que me sustituyeran, el miedo y la vergüenza se apoderaban de mí, e incapaz, tragaba para así volver a intentar que Miyazaki cooperara, sin éxito.
No pude tampoco darle la espalda a mis otras obligaciones y, atormentada, agotada, cada noche me quedaba una, dos, incluso tres horas más. Megumi trató de darme ánimos entusiasmada por el festival del viernes, pero solo consiguió estresarme.
Por suerte o por desgracia, llegó el jueves, preludio del gran día. Sí, llegó. Después de horas encerrada en mi oficina, pude regresar a mi hogar hacia las 8.00 de la tarde. Era pronto para lo que solía tardar en salir del edificio de Cinderella, pero tarde para lo cansada que estaba.
Tras descalzarme en la entrada, caminé con los párpados a medio cerrar, entré en el salón sin siquiera prender la luz y me lancé al sofá. El pasillo se encontraba también a oscuras, por lo que deduje que no habría nadie en casa y decidí aprovechar para dormir un rato y ya después ducharme.
—¡Ayumi! —escuché. Abruptamente la luz incandescente del techo chocó contra mis párpados. Luchando por no quemarme las córneas, fui abriendo lentamente los ojos. Frotándome los ojos, me recompuse hasta sentarme y traté de enfocar a la persona que se encontraba al frente.
Pelo violeta, facciones duras, marcadas aunque femeninas, una nariz recta y labios carnosos rojos. Vestía una camiseta grande, holgada. Sus enormes pendientes en forma de estrellas brillaban. —Miyo... —al reconocerla, pegué un brinco— ¡¿Miyoko?!
Reconocí la camiseta que llevaba, negra, con la frase Rock and fest bordada en rojo; era uno de los pijamas de Miyazaki, estaba segura. —No, no es posible... —tragué saliva— ¿qué haces aquí?
—Bueno... —el quejido en su voz delató su nerviosismo. Sus manos apretaron el final de la camiseta, tratando de cubrir sus piernas, al desnudo— Kazuhiro y yo habíamos quedado y, cuando llegué...
—¡Basta! —exclamé—. No quiero detalles, gracias —suspiré.
Sentí la rabia crecer y crecer, hasta notar una punzada ardiente apuñalar mi nuca. Agobiada, me solté el recogido y, al segundo, me levanté, esquivé la mirada de Miyoko y me dirigí hacia la habitación de Miyazaki.
Sin siquiera llamar a la puerta, entré pegando un portazo al cerrarla.
Sin camiseta y despeinado se volvió hacia mí— ¿qué haces aquí?
—¡Regla 22, nada de relaciones sin avisar a la otra parte!
—¿Qué?
Desesperada, me apoyé en la puerta, me pasé una de mis manos por la frente y volví a tomar una bocanada de aire antes de volver a gritar— ¡¿cómo que qué?!, ¡¿crees que estoy ciega?!, ¡te has acostado con Miyoko sin siquiera avisarme!, ¡¿sabes lo incómodo que habría sido si os llego a pillar?!
Inerte, Miyazaki pestañeó varias veces— ¿me he acostado con Miyoko?
—¡No intentes negarlo! —grité, apuntándole con el dedo índice.
—Ya, ¿y quién te ha dicho nada de que ella y yo hayamos hecho algo?
Apreté dientes, mandíbula, mis manos en dos puños. Saber que me estaba tomando por una estúpida loca histérica, incapaz de ver lo evidente, me irritó más que el hecho de que se hubieran acostado. —¡¿De verdad piensas que no tengo ni dos dedos de frente?!
Suspiró, sin darme tiempo a seguir con mi desquite, tomó una carpeta de su escritorio y me la lanzó.
—¿Qué? —la tomé en el aire con mis palmas, evitando que se estrellara en mi cara.
—Es un portfolio —contestó. acercándose con las manos en los bolsillos. —Tu amiga y mi grupo llevamos desde la semana pasada trabajando en pósteres.
Estupefacta, abrí la carpeta. Reticente, pasé las hojas y, efectivamente, comprobé que se trataban de fotos de los integrantes de Mystical Key en distintas poses; con instrumentos, sin instrumentos, con fondos en blanco, en llamas y en negro.
—Mi agencia examinó algunos de sus trabajos y dio el visto bueno hace unos días. Eso solo es un borrador —le oí hablar de fondo mientras seguía examinando las fotos.
Pero, entonces, recordé su vestimenta. —Espera —encarándolo, cerré la carpeta—. Miyoko lleva una de tus camisetas, y tú estás aquí, con ese pelo y medio desnudo.
Se rió por lo bajo— acabo de llegar del ensayo. Justo antes de entrar a la ducha, tu amiga ha aparecido con el portafolio —se rascó la nuca—. Tranquila, ya me he duchado, pero te aseguro que no he sudado por lo que crees.
Nerviosa a la par que incrédula, fruncí el ceño. Sí, lo que decía podía servir de coartada para explicar sus pintas, pero ¿y ella?
Volvió a suspirar elevando la cabeza hacia el techo. Suspiró largo y tendido— ¿de verdad hay que explicar todo? —me miró, pero no respondí. Asintió, fastidiado—. Al llegar, le he ofrecido un té y se lo ha derramado encima. Su ropa se está secando en la terraza, no sabía si era buena idea entrar en tu habitación sin permiso, así que le he acabado dejando una de mis camisetas.
«Quizás haya patinado un poco» pensé, arrepentida. De nuevo, parecía que me había precipitado al juzgar, no solo a Miyazaki, también a Miyoko.
—Tranquila, nunca tendría nada con amigas tuyas —me aclaró, como si acabase de leerme la mente. Se dio media vuelta y caminó hacia su mesita de noche.
—¿Eh? Pero si dijiste que estabas interesado en Miyoko.
No se giró. —Yo solo dije que intentaría acercarme a ella, que tu mente se haya hecho sus suposiciones es otra cosa distinta —declaró y siguió caminando.
No supe qué responder. Recordaba sus acercamientos en el bar, pero dudé de las interpretaciones e inferencias que había sacado hasta ese mismo momento. Entumecida por el desconcierto, le miré rebuscar en uno de los cajones.
—Ayumi, Kazuhiro —oí detrás de mí, y, confusa me giré hacia la puerta. Miyoko, cambiada en un vestido y con la camiseta en sus manos acababa de entrar en la habitación de Miyazaki. —Creo que será mejor que me vaya ya, aunque... —tomó aire— iba a pasarme por el Music Island, por si os apetece venir.
Tanto Miyazaki como yo nos miramos. Su sonrisa, pícara, era clara, no hacían falta palabras.
Por mi parte, a pesar de que el ambiente con Makoto seguía siendo difícil de sobrellevar, quería ir. Necesitaba respirar su aire.
—Claro, vayamos todos juntos —respondí, soltando la carpeta en la cama.
—¡Genial! —exclamó Miyoko dando una palmada— oh —al caer en lo que llevaba en las manos, se acercó a Miyazaki, y le extendió la camiseta—. Gracias por prestármela —se inclinó en una corta reverencia.
—No ha sido nada —Miyazaki tomó su camiseta— ahora olerá mejor —le guiñó un ojo, y la guardó en el cajón de su mesilla de noche.
Miyoko, riéndose, le dio un suave golpe en el brazo— ¿tú crees? —ladeó la cabeza.
En silencio, observé su interacción. Me sentí desplazada. Por algún tiempo, corto, pensé que, a pesar de que mi relación con Miyazaki no era la mejor, sí era especial.
El episodio en la playa de la bahía no aún no se había borrado de mi mente y dudaba de si él lo seguía recordando. Pero ver cómo flirteaba con Miyoko aclaró mis dudas: no significó nada para él, estaba acostumbrado.
Sigilosa, abandoné su cuarto. Volví al salón, me agaché y recogí mi coletero del suelo.
En mis oídos un sonido se había quedado grabado: la voz de Miyoko pronunciando su nombre, Kazuhiro.
☻☻☻
Al cabo de unos minutos llegamos al bar y, una vez ahí, a las 9.00 de la noche, la atmósfera ya se estaba empezando a caldear. Había mesas llenas, pero quedaba mucho espacio, la velada aún no llegaba a su auge.
Nos acercamos a nuestra mesa de siempre, la más grande de todas, donde nuestros amigos charlaban y bebían. Minato y Reina, vestidos en sus trajes de oficinistas, al lado de Makoto, también trajeado, con el pelo engominado, pero sin Manami a su lado.
Quise preguntar, pero preferí no hacerlo. Les saludamos y tomamos asiento.No me quedó de otra que conformarme con el espacio vacío entre Makoto y Miyazaki.
—¿Cómo es que venís los tres juntos? —preguntó Reina.
—Nos hemos cruzado por casualidad —respondió Miyoko.
Sentada a la vera de Miyazaki y Reina, la observé de soslayo. Se mantenía serena, como de costumbre. No era una mentira, solo una verdad contada a medias.
—La verdadera pregunta aquí es, ¿dónde está Manami? —irrumpió Miyazaki en la conversación.
Makoto, irritado, se cruzó de brazos— no es de tu incumbencia.
—¿Tan terco eres que ni siquiera puedes responder a una pregunta inocente? —le respondió Miyazaki, apoyando sus antebrazos en la mesa.
—No entiendo por qué debería responder a escoria como tú.
En medio de ambos, la presión me estrangulaba con más fuerza. El agobio creció a la par con su hostilidad. Al frente, pude ver a Minato, serio, sin ninguna sonrisa en su rostro. Conocía esa expresión vacía, oscura. Se estaba empezando a enfadar.
Oí a Miyazaki reírse entre dientes— ¿escoria?
—Escoria entrometida —siguió contestando Makoto.
Estaba claro, Minato, cada vez más cansado de la situación, explotaría en cualquier momento.
—Tranquilo. no está en mis planes robarte a Manami.
—¡Serás...!
—¡Ya, suficiente! —pero mi voz los detuvo antes de que Minato pudiera hacer nada, y, de pie, con las manos sobre la mesa, decidí terminar la escenita—. Ambos sois insoportables, fin. —Traté de enfriar mis nervios, pensar con claridad. Solté aire —lo miréis por donde lo miréis, estáis discutiendo por discutir , y, lo siento, pero me niego a aguantar vuestras peleas.
Me volví a sentar, admiré de reojo la figura de Makoto. Tragué saliva. —Por favor, mañana, comportaos, solo hasta el final del festival aguantad y no os matéis — me giré hacia Miyazaki, quien, claramente mosqueado, asintió.
—Vamos, vamos, fuera mal rollos —sugirió Reina.
—Estoy de acuerdo —lo secundó Miyazaki— ¿Qué tal si subimos y tocamos?
Ni siquiera habíamos pedido nada para beber, pero ya nos estábamos preparando para tomar el escenario. Faltaba mucho para la madrugada.
☻☻☻
Miyazaki terminó por subir al escenario con Minato, Miyoko y Reina. Era la primera vez que les veía tocar con otro vocalista y guitarra líder. Lo normal habría sido preocuparme por la compenetración entre Miyoko y Miyazaki para poder complementarse bien; que sus guitarras no se pisaran la una a la otra, que la melodía pudiera seguir al ritmo y viceversa, pero no lo hice. Sabía que no tendrían problema.
Reconocí los acordes de la introducción de la primera canción de la noche. Era una de Takotsubo, Good Night.
—En un momento puro pero impuro, ¿lo verás? —la batería de Minato dio comienzo al estribillo— en la ciudad nocturna, al final de mi niñez, y sin dinero, ¿a dónde debería ir a jugar?
Con botellín de cerveza en mano, observé y escuché atenta su show. La voz de Miyazaki y su guitarra sonaban tan bien. El anhelo de dejarme atrapar y contaminar por su sonido era tentador. La idea de querer ser enredada entre sus cuerdas era tentador.
—Solías cantar mucho esa canción —oí susurrar a Makoto. Sonrió, abrazando el cuello de su botellín.
—Aún te acuerdas —le respondí en otro susurro.
—¿Cómo olvidarme?
Sus palabras me hicieron feliz. Solo por un minuto, quise que la canción fuera eterna. Deseé, desde lo más profundo de mi corazón, que esa melodía alimentara su cabeza de mí. Solo de mí.
El bar se unió poco a poco al coro de la banda, y todos juntos entonaron en sintonía el estribillo, guiados por Miyazaki.
—Manami no ha podido venir porque no encuentra su yukata y ha tenido que ir a comprar uno nuevo para mañana —pero mi deseo no se cumplió. Makoto lo destruyó.
—Ya veo —musité, agachando la cabeza. Bruscamente, mi uña arrancó un pedazo de la etiqueta del botellín.
Suspiró— lo siento por lo de hace unos días.
Sorprendida, le miré, de soslayo— ¿lo de hace unos días? —y fingí no acordarme de nuestra conversación.
—Sí... No pretendía sonar condescendiente. Eres una adulta, sé que no debería ser tan intrusivo. Es tu vida, sabes cómo vivirla —por un pequeño instante, cortos segundos, su sonrisa trajo el recuerdo de aquella expresión risueña que solía dibujar en su rostro al consolarme. —Pero me gustaría que me entendieras, para mí, nunca habrá nadie que te merezca.
Sonrojada, evité el contacto visual, clavando los ojos en el fondo de mi cerveza.
—La Ayumi que conozco es fuerte, es inteligente, es divertida, es amable, es... —se detuvo, me acarició la cabeza— es imposible de superar.
El calor se apoderó de hasta el último centímetro de mi cuerpo y recé, supliqué, porque no se escuchara lo fuerte que latía mi corazón.
—Espero que algún día podamos volver a ser como antes —con aquella última declaración se apartó.
No entendía sus gestos, no fui capaz de comprender la lógica detrás de sus palabras ni mucho menos de sus acciones, pero, sí sabía que yo no quería que nada volviera a ser como antes.
No quería pasar noches en vela pensando en él porque nunca podría soportar una vida en la que él no pasara noches en vela pensando en mí, y sabía que eso no ocurriría.
Llevaba un anillo de compromiso porque, en casa, le esperaba Manami, su prometida.
Elevé la cabeza hacia el escenario, donde Miyazaki cantaba balanceándose suavemente con su guitarra. Nuestras miradas se encontraron, y, con disimulo, con su tan odiosa pícara expresión, me guiñó el ojo. Yo también tenía a alguien esperándome en casa.
☻☻☻
Tras dos canciones más, todos acabamos de planificar el día siguiente, el festival. Ya que Miyoko, Reina, Minato y Makoto seguían teniendo trabajo, seguramente tendríamos problemas para encontrarnos al contar con horarios tan dispares, pero una vez atados los cabos sueltos (más o menos), nos despedimos.
Así, una vez en casa con Miyazaki, pensamos que sería buena idea comer algo rápido antes de irnos a la cama.
Sentados en el sofá del salón cenamos dos boles de fideos instantáneos.
—¿Te sirvió de ayuda la interrupción para hablar con Takagi?
Confusa, alcé una de mis cejas— ¿interrupción?
—Ya sabes, la distracción —sorbió— me debes una.
—Espera —dejé el bol en la mesa— ¿te subiste al escenario por mí?
Asintió.
—¿Para ayudarme?
—Se podría decir —tomó otro sorbo de sus fideos. —La última vez que hablaste con él terminaste pidiéndome volver a casa juntos. No soy tonto, me utilizaste para cabrearle, ¿o me equivoco?
Noté un nudo en la garganta.
—Lo intuía —suspiró— ¿Y bien?, ¿qué tal? —preguntó antes de volver a sorber.
Me aparté un mechón colocándolo detrás de mi oreja. El calor del tacto de la mano de Makoto sobre mi pelo aún no había desaparecido. —Es complicado.
—Porque sigues colada por él.
Callé, avergonzada.
—¿No lo vas a admitir?
No quería decirlo en voz alta, porque si lo decía corría el peligro de hacerlo realidad.
—Poco honesta —dejó su bol, vacío, en la mesa. —Por eso eres cobarde, te niegas a aceptar lo que de verdad sientes, pero tampoco eres capaz de ser consistente y dejar ir lo imposible —con aquel último juicio, el silencio se apoderó del salón.
Su mano tomó la mía, acariciando mis dedos, sin mirarme a los ojos, únicamente a los dedos.
—¿Cómo alguien con tanto talento puede ser tan desagradable?
«¡¿Perdón?!» me dolió.
Traté de apartarlo, pero el calor de sus dedos, rozándome, me impidió moverme.
—Deberías decidirte. Si vas a olvidar, olvidarte; si vas a luchar, luchar, pero no esperar —y, finalmente, se dignó a mirarme—. O correrás el riesgo de que el tiempo te devore. Te arrepentirás.
Sus palabras no llevaban remitente ni destinatario, estaba segura de que no significaban nada.
—A lo mejor él no sabe lo que realmente eres capaz de hacer, pero yo sí.
Aunque deseé que sí significaran algo.
En un impulso, cerró los ojos y llevó la punta de mis dedos a sus labios. Los besó, besó mis dedos con delicadeza, estremeció mi cuerpo, y, al alejarse, me sonrió— deberías valorar más tus garras.
El calor en mis mejillas se mezcló con la sensación eterna, inmutable, de un escalofrío en mi espina dorsal. Temblaba, roja, colorada, temblaba, y oía mi corazón retumbar en mis oídos más fuerte, mucho más fuerte que en el bar.
Grabé su discurso. Pensé en lo genial que sería si realmente iba dirigido a mí, si era para mí, si era algo pensado solo para mi persona. Era egoísta.
☻☻☻
Aquella noche busqué mi yukata subida en la silla del escritorio, entre las cajas de plástico del estante más alto de mi armario. Fue en una de ellas, en la que, al bajarla, encontré una postal encima de la tapa, cubierta de polvo. Una postal con un sello de Kyushu.
«Es imposible que esto sea mío», curiosa, salté al suelo con cuidado. Y, leyendo su reverso, me senté en la silla.
No me he olvidado de todo lo que me has enseñado y sé que llegará el día en el que deje de ser una cobarde. Hasta que ese día llegue, por favor, no te olvides de mí, Miyazaki. Gracias por cuidarme.
Hasta que nos volvamos a ver, Ichimura Nanako.
Sin articular sonido, con la mente en blanco, guardé la postal en uno de los cajones de mi escritorio. Sabía que debía guardarla. Y esperé.
Principio del tiempo devorador
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen2U.Com