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-Décimo cuarto Acto: Raíles imaginarios-

Hipótesis del canto mudo

Sola, algo asustada, solía mirar el reloj de la estantería del salón, sentada en la mesa, esperando a que alguien llegara. Pero nadie llegaba.

Sin embargo, en aquellos días en los que aún llevaba el uniforme escolar con la falda un poco más corta que el resto, Makoto llegaba. Porque Makoto llegaba, siempre llegaba, y ya no tenía que soportar las puñaladas del segundero. Juntos, solos, cenábamos las sobras de tía Sumire, y al caer la noche discutíamos porque yo me negaba a estudiar para poder seguir tocando la guitarra.

Pero llegó el día en el que volví a esperar a alguien. Con la mesa a reventar de comida y un pastel a medio derretir. Al menos, él no me prohibiría tocar la guitarra.

Estar con Kazuhiro era como morder una dulce manzana, pero pasada de temporada, con un regusto amargo al final.

Estar con Makoto era como arrastrarme sobre los raíles de la estación, esperando a que un tren pasara sobre mí.

Su cuerpo solo quería mis dedos y su corazón gritaba hacia una puerta cerrada por la que un día yo también pasaría.

¿Qué debía hacer? Fingir que estaba dormida, esperar al semáforo.


☻☻☻


Dos años atrás, el día en el que decidí confesarme a Makoto, tras dos semanas desde su regreso a Tokio, al acabar mi turno en el Music Island, pensé en calmar los nervios subiendo al escenario y tocando con mis amigos. Toqué con ellos canciones de grupos que nos gustaban, mis propias canciones, y una sola canción del mejor grupo de rock que conocíamos: Takotsubo.

En medio de nuestro corto descanso de dos minutos, Miyoko me preguntó con qué seguir, y elegí First Time. Desenfrenada, su textura era áspera, oscilaba entre lo gentil y lo agresivo. Esos cambios de intensidad entre pre estribillo y estribillo me recordaban a la sensación de moder una cereza justo antes de que su jugo se disolviera y se expandiera por los labios. Era la canción perfecta para el beso perfecto con el chico perfecto.

Pero tras aquella noche no la volví a escuchar. Ni la volví a cantar, ni a tocar. Quedó opacada por el recuerdo de Makoto. Esa canción avecinó la tormenta, fue el preludio a la pesadilla.

Y tras dos años había vuelto a mí. Su ritmo, su melodía, su color y el recorrido del mástil habían vuelto a tocarme.

Quieta, miré mis manos. «¿Cómo es posible? Si la tocaba a todas horas» pensé. Mis comisuras se alzaron en una sonrisa. La nostalgia me abrazó.

Pensé en cuántas noches, al cerrar el bar, había tocado esa canción con mi vieja guitarra. La cantaba de vuelta a casa, después del instituto, y con Minato, Reina y Miyoko en los descansos, subidos a la azotea. Seguía viva, aún palpitaba. La nostalgia estaba viva.

Tomé una última calada de aire fresco, y dirigí mis ojos, vagos, hacia la luna.

«Debería dejar de sobrepensar todo». Después de todo, solo había sido un beso y solo había sido un rechazo. Solo era un compromiso, y, definitivamente, solo sería un año.

Me di dos palmadas en las mejillas, y con la mano bien arriba, extendiendo mis dedos anular, meñique y pulgar, grité— ¡solo un año! —antes de salir corriendo hacia la puerta.

Desde afuera se oía a mis amigos tocar junto a los gritos desafinados de Manami.


☻☻☻


La noche prometía. Cuatro locos cantaban en el escenario canciones melodramáticas de grupos muertos. Miyoko se balanceaba con su guitarra entonando, Reina, absorta, movía la cabeza con suavidad, pellizcando el bajo, y Minato, sentado a la batería, marcaba el ritmo, junto a Manami, quien, con una pandereta, luchaba por no perder la marcha.

Mystical Key nos volvió a abandonar. Encontraron una mesa mucho más acogedora, con cuatro chicas de pelo descolocado, grandes escotes, botas altas y grandes y vistosos pendientes.

Makoto, sentado en la barra, parecía ser mi única carta válida. Suspiré, y avergonzada, me acerqué a él, tomando la silla a su derecha.

Al darse cuenta de que había vuelto, preocupado, me tomó de los hombros para encararlo.

—¿Ma-Makoto? —pregunté, sobresaltada.

—¿Estás bien? Cuando te has ido estabas totalmente pálida —poco a poco me soltó— estaba preocupado.

Reí entre dientes y me dirigí hacia la persona que servía copas en la barra, Mai. —Una cerveza, por favor.

Asintió, tomó un botellín de abajo, lo abrió con ayuda de la llave de la barra, y me la extendió. —No te pases bebiendo —me advirtió, risueña, antes de volverse hacia los clientes que acababan de llegar.

—¿Y bien? ¿Qué tal te encuentras? —volvió a preguntar Makoto.

No quería hablar del tema, pero era consciente de que si seguía evitándolo, la situación solo empeoraría. No quería ser una cobarde, e, incluso así, no podía evitarlo. Caía, huía de Makoto, y huía de mí misma.

—Me he mareado, solo eso —tomé un sorbo — hoy ha sido un día agotador.

—¿Ha pasado algo? —siguió interrogándome.

—Kazuhiro —farfullé.

—¿Qué ha hecho ese imbécil? —enfurecido, se dispuso a levantarse, pero rápidamente coloqué mi mano en su hombro y le detuve.

—No me ha hecho nada, tranquilo —me aparté, y él, calmado, volvió a acomodarse en su asiento. Desvié los ojos hacia el botellín— han alargado el plazo de mi entrega, tendré que seguir con mi reportaje por unos meses más.

Confuso, se rascó la nuca— ¿cuántos meses?

Tragué saliva— un año.

—¡¿Qué?! —exclamó, espantado.

—Lo sé, lo sé —me volví hacia él— pero no puedo negarme. Lo más seguro es que esté conmigo casi todos los días.

Chasqueó la lengua— Ayumi, sé que no estoy en la posición más acertada para decirte a quién debes ver o no, pero —rasgó el papel que envolvía su botellín cabizbajo— me preocupo mucho por ti.

Su tono, decaído, y la expresión turbada en su rostro, frunciendo el ceño, pero tratando de mantener la sonrisa, me desgarró. No era justo, no podía preocuparse, mostrarme cariño.

—Siempre has sido lo más importante —continuó. Sus ojos volvieron a posarse en mí, y su mano se acercó, tomó mi mejilla— tengo miedo de que caigas en su trampa. Ese tío es un cerdo, tú te mereces más —y con su pulgar me acarició— dudo de que alguien sea lo suficiente bueno para ti.

Mi corazón, acelerado, retumbó en mis oídos. La mejilla que su mano estaba tocando ardía, él lo sabía. Pero a pesar de lo bien que se sentía, de lo cálido y gentil que era ese momento, seguía siendo desgarrador.

La persona que profesaba tanto cariño por mí, la que durante años trató de protegerme, era la misma persona que más daño me había hecho. Makoto era un hipócrita, hablaba de lo especial que era para él sin aceptarme.

—Para mí tú eres bueno —musité. Quise ser sincera, luchar, incluso si eso significaba correr tras un tren en marcha. —Para mí siempre has sido bueno.

—Ayumi, yo... —trató de alejarse de mi mejilla, pero lo evité. Coloqué mi mano por encima de la suya.

—Lo siento, no puedo corresponderte —musitó, cabizbajo. Con cuidado, tomó mi palma, la apartó, y se levantó. Recogió su chaqueta y se dirigió hacia el escenario.

Volví a quedarme sola. Reí por lo bajo. Quería correr detrás de un tren en marcha, pero ese tren ni siquiera existía. La posibilidad de siquiera entrar en el campo de visión de Makoto nunca existió.

Manami, al ver a Makoto acercarse, corrió a bajar por las escaleras de atrás del escenario, dando por finalizada su actuación. Sonriente, se acercó a él, lo abrazó, y él la correspondió.

Incapaz de seguir viendo la escena, aparté los ojos.

—Estoy harta... —berreé en voz baja, y tomé un sorbo de mi botellín.

—Hey —de repente, noté la mano de alguien en mi hombro, y, alterada, me giré. —¿Quieres hacer algo divertido? —me preguntó él, Kazuhiro, sonriendo, burlón.

Ya conocía el escozor de ese gesto; ya había pasado por eso, el calor en la nuca y el reflujo ácido, quemando mi garganta, y por eso, sabía que se calmaría si tomaba la mano que me extendía.

—Podríamos tocar algo juntos —sugirió.

Cuando el murmullo silencioso de los malos sentimientos, la envidia, el dolor, el rencor, y el arrepentimiento acechaban con oscurecer mi corazón, Kazuhiro los espantaba con su calidez. Siempre en el momento y en el lugar perfecto.

No lo dudé, y, decidida, tomé esa mano— vamos a arrasar con este antro.

Rió entre dientes— tú lo has dicho.

Necesitaba darle un cambio de perspectiva.


☻☻☻


Así, tras desalojar a mis amigos del escenario, Kazuhiro subió junto a sus acompañantes: Kenichi, batería, Kento, bajista, y yo, su guitarra rítmica, con la intención de incendiar el Music Island.

A mi lado, cansado, terminó de regular la altura del micrófono.

—¿Y qué quieres tocar? —le pregunté en un murmuro.

—Es tu noche, no la mía —asentó. Dejó el micrófono y se aseguró de que el amplificador de su guitarra estaba bien colocado.

«¿Mi noche?». Entonces, caí. —Kazuhiro —lo llamé.

—¿Qué pasa? —me miró de reojo.

—¿Has escuchado mi conversación con Makoto?

Volvió a bajar la mirada hacia su guitarra— si te refieres a si he oído cómo eras rechazada por Gran rata por tercera vez, sí.

Suspiré. preferí no decir nada y fingir que todo estaba bien, por el bien de la expectación del público, entre ellos, mis amigos y Hideki, quienes, sentados en nuestra mesa de siempre, me vitorearon. Pero no todos, pues, apartados, Manami y Makoto, charlaban por lo bajo.

Reprimí el instinto que me hacía querer dejar el escenario y correr, esconderme. Pero en el fondo, el deseo iba más allá; quería romper esa inmaculada y feliz imagen que, entre los gritos de mis amigos se escondía. Robarle a Manami la sonrisa de Makoto. Tragué saliva.

—Así que nadie es lo suficientemente bueno, eh —oí murmurar a Kazuhiro.

Recobré la compostura, me giré hacia él— ¿has escuchado toda la conversación?

No me respondió. Apartó su mano del cable del amplificador y en su lugar agarró mis dedos. Al segundo, los gritos del público se intensificaron, y hasta creí notar miradas asesinas de algunas de sus groupies, pero no pude apartarlo.

Aquella expresión seria, que trataba de engullirme en el inmenso mar de su lente acristalada, me paralizó. Me vi reflejada en el halo, la ola vibrante, de su pupila, y al instante, me perdí.

—Me da igual lo que toquemos —cabizbajo, acarició mis yemas— con tal de que seas tú quien toque conmigo.

—Kazuhiro...

Volvimos a cruzar miradas. Su expresión se relajó, esbozando una tenue y gentil sonrisa. Y el contraste entre la ternura del gesto en sus labios con la fuerza con la que apretó mi mano, mis dedos, magullados, consiguió volcarme el corazón.

No oí latidos retumbar en mis oídos porque dejé de sentir el pulso.


☻☻☻


Una vez decidido nuestro repertorio con los chicos el espectáculo dio comienzo. Codo a codo, cantamos en un dueto improvisado al vaivén de nuestras guitarras, mecidas en la histeria.

Kazuhiro me guió, y yo traté de completar sus frases, interpretando algunas canciones de su disco como La chica del semáforo, Black Flower o Recidivist. Palpé de primera mano la intensidad de la batería y del bajista, y en cada uno de sus solos, de sus puentes, de sus gritos, sentí trascender más allá del tiempo, del espacio, de la racionalidad. Me volví una con el humo de nuestra melodía, que enloqueció a todo el Music Island poniendo a todos en movimiento, bailando, meciendo sus melenas desordenadas.

Mis amigos cantaron, gritaron, marcando la cadencia con fuertes golpes en la mesa. Alzaron sus botellines y entonaron con nosotros a modo de coro.

Pero se perdieron, lejos, en lo efímero de mis alrededores, porque, ahí, en el escenario, toda mi atención caía en la figura de Kazuhiro, en sus dedos resbalándose sobre el mástil , y en su espíritu, desenfrenado, al agitarse de un lado a otro.

Mi riff comenzó nuestra siguiente canción, Run! y al instante, oí su grito gutural salir, marcando mi siguiente entrada. —¡Si todos tomamos su mano despreocupadamente, ¿podremos verlo?!, ¡la mano que aceptamos!

Él continuó la estrofa— ¡Fantasías, sueños, intenciones podridas corren juntas a un futuro materializado!

Cantando al lado de Kazuhiro, sentía que estaba donde siempre había querido estar. Nunca habíamos coincidido en el mismo escenario, pero se sentía como si hubiéramos nacido ahí, juntos. Como si nuestras almas estuviesen enraizadas en el mismo punto; en el mismo corazón; nuestra energía vital era una sola, eterna, pero en constante mutación, vulnerable al placentero contraste de nuestras voces. Llegaba al clímax en cuanto nuestro grito se encontraba y se fundía en uno solo.

Mirarnos de vez en cuando mientras cantábamos era caer en el encanto del compás; era inevitable.

¡Corre, corre frenético en el fin del mundo! —mi voz le llamaba.

¡Corre, corre frenético, la locura no te hará daño! —y él me respondía.

Arrullados por el coro del público, dimos las puntadas finales de guitarra y con un último rugido Kazuhiro y yo, pusimos fin a la composición. Arropados por aplausos, me quité la guitarra, y entre todos, nos inclinamos en una reverencia.

Pero, aunque se suponía que aquella sería la última canción, la gente pidió más. —¡Aún es pronto! —gritaron, erigiendo sus bebidas.

Me giré hacia Kazuhiro, y él se encogió de brazos. Kenichi y Kento me sonrieron sin saber qué decir. Desvié los ojos finalmente hacia mi tía, quien seguía detrás de la barra, a escasos metros de nosotros, limpiando vasos.

—Por una última no pasa nada —nos dijo.

Aliviada, asentí, antes de volver a colocarme la guitarra que llevaba en la mano.

—¿Con qué quieres terminar? —me preguntó Kazuhiro en un susurro, acercándose a mi espalda.

—Pues... —miré detrás de nosotros a Kento y a Kenichi, quienes esperaban ansiosos el nombre de la canción que tocaríamos y, sin poder ocultarlo, sonreí.

Coloqué mis manos en la guitarra y deslicé los dedos por los primeros acordes del riff de entrada.

Él, Kazuhiro, por un momento, se congeló, monopolizado, sorprendido quizás. Pero al poco tiempo, me siguió. Poco a poco, el sonido del bajo comenzó a sonar y Kenichi pegó el primer golpe en el Tom de piso.

A pesar de que habíamos comenzado lentos, el volumen subió, y el tempo se volvió cada vez más rápido. Al llegar al pre-estribillo, mi voz estalló.

¡Todas las cosas que viví contigo, y todas las cosas que descubrí contigo! —le di paso a Kazuhiro.

¡Todas esas cosas, fueron reales, ¿verdad?! —y él lo tomó. Progresivamente el sonido bajó su volumen— ¡Tranquila, ya lo entiendo! —y al oír su grito, volvió a subir.

¡Entonces, robaste mi aliento, pediste retroceder! —comencé la primera estrofa del estribillo.

¡¿Crees que estos sentimientos son restos de mi amor?!

¡El tiempo a tu lado se ha convertido en sudor!

No hizo falta mirarnos, no hizo falta caer en el encanto. —This ain't my first time, be gentle, my love! —gritamos al unísono.

Pero entre el bullicio, al elevar mi rostro, me percaté de la expresión turbada de Hideki. Sabía que algo no iba bien. Confusa, me volví hacia Kento y Kenichi, quienes, rodeados de un aura angustiosa, habían perdido el color en su rostro. «¿Qué pasa?»

Sin embargo, al desviar la mirada hacia Kazuhiro, él seguía alegre, cantando y tocando. No obstante, sí había algo extraño. No en su cara, ni en su forma de tocar; Kazuhiro no miraba la puerta, su mirada caía sobre el público. Sonreía.

Yo no lo vi, pero aquella noche alguien muy peculiar entró al bar.

Hipótesis del canto mudo

CONTINUARÁ

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