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-Décimo séptimo Acto: El ego, yo misma y yo-

El disfraz de la cortesía

Años atrás solía combatir el insomnio con la música. Buscaba entre mis discos, o escuchaba mi viejo mp3. Algunas veces incluso componía con mi vieja guitarra, con cuidado de no despertar a mi tía.

El insomnio se fue en cuanto me mudé a Osaka. Se convirtió en un lujo; debía dormir para poder rendir bien en el trabajo.

Y entonces, como por arte de magia, volvió. Dejó de llamarse "Makoto", para llamarse "Kazuhiro".

Cantábamos juntos. Bailábamos juntos. Reíamos juntos. Comíamos juntos. Cenábamos juntos. En el mismo espejo de cada mañana, nos preparábamos para salir y trabajar, juntos.

Kazuhiro y yo éramos amigos, del tipo que dormían en el regazo del otro.

Con el tiempo la noche se volvió un lugar inhóspito, pero reconfortante. El limbo en el que me dejaba enredar en los dedos de Kazuhiro.

Mi pelo largo siempre le gustó.


☻☻☻


De dulce y entrañable sonrisa, así era Ichimura Nanako. Aunque intimidante por la cantidad de piercings que llevaba, su expresión, risueña, la envolvía en una luz única.

Preciosa. De pies a cabeza, Ichimura era la belleza que ya me esperaba encontrar, solo que mucho más macarra. La imagen que mi mente construyó de ella, indefensa, vulnerable, tímida y reservada, no concordaba con la de la chica que me acababa de abrir la puerta.

La sorpresa me paralizó.

—¿Puedo ayudarla en algo? —volvió a preguntar.

Pestañeé. Tomé aire, lo exhalé y asentí. Rebusqué en el bolsillo de mi chaqueta y le extendí mi tarjeta de contacto, inclinándome en señal de respeto. —Soy Kougami Ayumi, periodista de la revista Cinderella City — me erigí— en este momento me encuentro en medio de una investigación sobre Miyazaki Kazuhiro, vocalista de Msystical Key.

—Miyazaki... —la oí murmurar, tomando la tarjeta de mis manos.

—Quisiera hacerle algunas preguntas, para mi artículo.

Su expresión, turbada, se oscureció por debajo del flequillo. Pero noté el sonrojo en sus orejas. Se extendió con disimulo por sus mejillas.

Avergonzada, asintió, agachando la cabeza— pase, por favor —y se apartó de la puerta.

Conseguir que me escuchara fue mucho más fácil de lo que pensé que sería. Por un momento, dudé de la decisión que había tomado al ir hasta su apartamento.


☻☻☻


Nada más entrar en su piso, me percaté de la enorme colección de guitarras que decoraba cada una de sus paredes, junto a discos y vinilos de grupos enmarcados. Su vestimenta no era una fachada. Esa chica vivía el rock como lo viví yo una vez, años atrás, estaba segura.

Tras preparar un té lo sirvió en una taza para cada una, dejó la tetera en la mesa y se sentó a mi lado, en el sofá de su salón.

Saqué la grabadora de mi bolso, y, sin dudarlo, apreté el botón— ¿cuál es su relación con Miyazaki?

Conmocionada, tragó a duras penas y, tosiendo, colocó la taza en sus rodillas. Carraspeó— ¿y-ya empezamos con la entrevista?

—No veo por qué irnos por las ramas. ¿Y bien?

Suspiró— yo... bueno, él y yo, en este momento, no tenemos relación— habló en voz baja. Decaída, sus hombros se relajaron, y, tratando de evitar mi mirada, fijó los ojos en las suaves olas del té. —Perdí contacto con él hace aproximadamente cuatro años.

—Cuatro años —murmuré— ¿y por qué perdieron contacto?

Sibilina, sorbió de su té, seguramente pensando en cómo esquivar la pregunta o cómo no desvelar más de lo que quería decir. —Dejó de escribirme.

—¿Escribir? —apagué la grabadora—¿cómo que dejó de escribir?

A pesar de que su expresión la delataba, Ichimura se forzó a curvar las comisuras de sus labios. Sus ojos, apagados, lucharon por sonreír. Dejó la taza en la mesa, volviéndose hacia la pared de la izquierda, donde colgaba una brillante guitarra azulada— Miyazaki fue una gran inspiración para mí. Fue mi mentor, y me ayudó a crecer. Soy consciente de que llegó a despreciarme, pero siempre me animó a perseguir mis sueños, y a confiar en mí misma. A pesar de fracasar muchas, muchas veces, él no dejó de apoyarme —sus manos, temblorosas, se cerraron en un puño.— Tuve que abandonar la ciudad, pero prometimos seguir hablando. Nos llamamos y enviamos cartas con frecuencia.

«Pero Kazuhiro...» confusa, traté de recordar su relato. Omitió decirme que habían mantenido contacto durante algún tiempo, pero no logré entender por qué.

—Con el tiempo, sus amigos, Sakamoto y Oosawa me dijeron que Miyazaki había comenzado una relación con una compañera de su universidad, y me di por vencida.

—¿Darse por vencida? —pregunté, anonadada.

Al caer en sus palabras, elevó el rostro, y ruborizada a la par que inquieta, negó con la cabeza— no, yo...

Pero no había sentido en ocultar lo evidente. El color no mentía, ni el temblor en su voz.

—Por favor, no incluya nada de esto —farfulló. Rió entre dientes, cruzándose de brazos— Miyazaki fue mi amor no correspondido por largos años.

Aquella expresión, no correspondido, me congeló. Desconcertada, sorbí del té.

—Me habría gustado decirle lo que sentía en aquel tiempo, pero —se paró, suspirando— tenía miedo. Miyazaki me daba miedo. Malinterpretar sus amabilidad, o desenamorarme por su insensibilidad; ambas cosas me aterrorizaban por igual. No quería ser rechazada.

—Y por eso nunca se declaró —asenté.

—No —se levantó— de hecho, más o menos, lo hice—dijo, caminando hacia la pequeña estantería de pie, al lado del sofá.

Confusa, la seguí con la mirada. Buscó entre carpetas, hasta sacar una de ellas, de color azul. La abrazó contra su pecho, se volvió a sentar en el sofá y sacó de ella múltiples partituras en la mesa.

El subrayado, rojo, neón, me deslumbró. Entre tantas canciones, reconocí la melodía que durante tanto tiempo me había torturado; por la que me encontraba ahí sentada en ese mismo momento.

Mis manos corrieron a tomarla, El chico del semáforo. Su letra no cargaba melancolía ni arrepentimiento, tampoco dicha ni alivio. Era solo un pensamiento interno, una petición egoísta. Pura, humana, pero rastrera.

Concentrada, traté de tararear en mi mente la escena del cruce, capturada en una fotografía auditiva, bulliciosa. Caminabas solo a mi lado, con las manos en los bolsillos, tú y yo lado a lado. El semáforo reflejó su color en tu rostro, y en ese momento, pedí que no fueses feliz sin mí. Por favor, no lo hagas, solo eso te pido con anhelo.

«Ichimura escribió esto para Kazuhiro» tragué saliva.

—Cada vez que componía una canción, Miyazaki me la entregaba, y yo escribía su respuesta —dijo, sentándose en el sillón de al lado— era nuestra forma de establecer un diálogo entre su música y la mía. Solo así podíamos ser sinceros.

Fue triste. Su forma de hablar del pasado con Kazuhiro hacía escocer mi nuca.

El sentimiento, distante, de cada una de esas partituras me hizo recordar todas las melodías y acordes rotos que, una vez, tuve en mis manos. Se habían convertido en una memoria efímera. Las canciones de Makoto. La canción, la última y más sincera canción de Makoto, ya no existía. Pero, yo también había sido rechazada, no correspondida.

Reí por lo bajo. Leer sus canciones dejó un regusto agridulce en mi paladar. Quería fingir que no sabía nada, y que mi intención era pura de corazón, pero era consciente de que nada de lo que estaba haciendo era por Ichimura ni por Kazuhiro.

—Señorita Kougami —seria, Ichimura me llamó— ¿puedo hacerle yo una pregunta?

Sorprendida, elevé la cabeza.

—¿Qué relación hay entre Miyazaki y usted? —su mirada pellizcó mis retinas. Calmada, continuó hablando— los vi, a los dos, cantando en un bar.

Alterada, traté de relajarme, o, por lo menos, encubrir los nervios. Hice el mejor esfuerzo por pensar en una respuesta lógica, creíble. Pero, al ver las canciones en la mesa, me di cuenta de que ambas habíamos cruzado la frontera.

Yo no era Kougami Ayumi, su entrevistadora.

—Somos amigos —respondí, tajante.

—Amigos —suspiró— has dicho que solo sois amigos.

Asentí, extrañada.

Su expresión se oscureció, sus cejas se fruncieron. Molesta, chasqueó su uña del dedo pulgar con la del índice. —Miyazaki nunca canta con nadie —dijo, crispada —nunca le he visto cantar con otra persona, en el mismo escenario. No me creo que se preste a hacerlo con una amiga cualquiera.

Perpleja, no fui capaz de contestar. Creí que le estaba dando demasiadas vueltas a algo tan tan tan pasajero, común, banal. Solo habíamos compartido escenario.

Repentinamente, oí una tímida risa emanar de sus labios.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Exhaló una bocanada de aire, y calmada, se acomodó en su asiento— solía discutir con Miyazaki por eso, y ahora, saber que canta con amigos... —volvió a reírse— ha sido reconfortante.

No entendí el trasfondo de sus palabras, pero intuí, por su risilla, que se había quitado un peso de encima. Su felicidad me hizo devolverle la sonrisa.

—Entonces, ¿hemos acabado? —me preguntó, colocando las manos en sus rodillas.

Dejé la partitura en la mesa. —Tengo una última pregunta —cruzamos miradas.

—¿Sí?

—Sigue enamorada de Miyazaki, ¿no es cierto?

Por un corto segundo, empalideció, pero al instante el radiante color rojizo en sus mejillas volvió. Asintió.

Conforme, recogí la grabadora en el bolso.

—Le guardo mucho cariño —contestó.

Curiosa, me volví hacia ella— ¿el cariño suficiente como para volver a Tokio?

—No todos los días descubres que tu primer amor ha firmado con una productora de talla nacional —se pasó un mechón por detrás de la oreja. —Él creyó en mí, y yo creí en él.

Podía ver a través de sus palabras. El cariño en su gesto no era una ilusión, estaba convencida de que su vínculo era especial. Un milagro, puro, no había perecido a manos del rechazo. Era un sueño hecho realidad.

Coloqué el bolso en mi hombro y me levanté— esta noche, a las siete, me gustaría verla en ese mismo bar, señorita Ichimura.

Confusa, ladeó la cabeza— ¿eh?

Necesitaba que, por una vez, todo saliera bien.


☻☻☻


Me pasé el día dando vueltas por toda la ciudad, mirando ropa y disfrutando de toda la comida apetecible que vi en los escaparates de Roppongi.

Hablar con Ichimura y con Kazuhiro había vuelto a abrir mi herida. La cicatriz nunca fue real, seguía viva, latiendo, sin piel ni costra, húmeda.

Sabía que no tenía porqué haber ido al piso de Ichimura y es que, aunque me había intentado meter en la cabeza la idea de que lo estaba haciendo por Kazuhiro, la verdad era que Kazuhiro no era el mismo Kazuhiro.

Pero así es el altruismo de los adultos. La filantropía, o la amistad, solo era una excusa. Kazuhiro y yo, estaba segura, éramos la misma clase de persona.

Ambos queríamos concebirnos y morir en la corriente eléctrica de la guitarra que llevábamos al cuello. Desesperados. Estábamos desesperados por terminar el sinsentido del mundo con nuestro grito. Los dos viajábamos en el mismo plano, persiguiendo líneas diferentes.

¿Y qué pasaba si Kazuhiro perdía su línea?, ¿y si nunca llegaba?, ¿y si no se tocaban?, ¿y si la línea que por tanto tiempo había perseguido rozaba la línea de otra persona?, ¿y si Kazuhiro perdía a Ichimura?, ¡¿tendría que decir adiós a Makoto?!

No, eso no pasaría. No podía pasar. No dejaría que pasase.

Mi egoísmo me empujó a zambullirme en un sueño en el que todo era correspondido, podía ser correspondido, y debía ser correspondido. Una ley universal, la ley de la correspondencia, un conjunto igual a otro conjunto. Si Kazuhiro conseguía estar con Ichimura, yo también lo haría.

Entre el malestar de mi propio narcisismo, me reconfortó la idea de ayudar a Kazuhiro y a Ichimura. No era desesperación vacía. Solo un movimiento inocuo, inocente.

Así, tras horas dando vueltas por toda la ciudad, terminé en el bar de mi tía. Eran las cinco de la tarde, y no había nadie.

Estupefacta, al encontrar únicamente a Mai y tía Sumire limpiando la barra, dejé la puerta cerrarse, y me acerqué.

—¡Hey, mi chica favorita está aquí! —me saludó mi tía Sumire, enérgica.

—Yo estoy, pero... —miré alrededor— ¿y los demás?

—Minato, Miyoko y Reina estarán de resaca por su noche de Halloween, y Manami ayer nos avisó de que hoy prepararía una cena romántica para Makoto— respondió Mai.

Las palabras cena romántica me crisparon. Chasqueé la lengua, solté aire, y me acerqué a la barra, donde dejé caer mi bolso antes de desplomarme sobre el taburete.

Mi tía no tardó en notar mi humor de perros y, sonriente de oreja a oreja, me señaló el escenario con el pulgar— ¿quieres ser la primera?

Le devolví el gesto, arremangándome— prepárate, ¡voy a estallar Shibuya!


☻☻☻


Con la ayuda de un instrumental barato que mi tía conectó a los altavoces por la falta de músicos que me acompañaran, subí con mi guitarra y lentamente llamé al público que necesitaba para celebrar el día, gris.

Estuve alrededor de dos horas enteras cantando, atrayendo visitantes a la isla del rock. Fue divertido, hasta que, durante mi descanso, mientras bebía agua, sentada en un taburete del escenario, mis ojos captaron su figura frenética entrando por la puerta; Kazuhiro.

Enfadado, nada más divisarme, corrió hacia el escenario, haciéndose paso entre la muchedumbre.

Me apresuré a levantarme, dejé la botella en el suelo y bajé por las escaleras a toda prisa. Con cuidado, traté de hacerme un camino hacia la barra entre los clientes.

Pero, entonces, me choqué con su regazo, y al elevar la cabeza, le vi, frente a mí.

—¡¿Dónde te habías metido?!, ¡¿a qué venía esa estúpida nota?! —gritó Kazuhiro, enfurecido.

Su reacción no me sorprendió en lo más mínimo. Calmada, suspiré, le di una suave palmada, sonriente. A pesar de que parecía querer estallar en cualquier momento, fue capaz de calmarse. Se rió, masajeándose la frente.

—Ayer, Kento...— comencé a hablar, pero no pude continuar, pues, al fondo del bar, vi la puerta cerrarse, y la figura de una pequeña chica de pelo anaranjado, acaramelado, entrar.

Suspiré —no puedo dejar que pase más tiempo. Sé que esto te cabreará ahora, pero dentro de un tiempo me lo agradecerás.

—¿De qué estás hablando...?

—Fui a ver a Ichimura —le interrumpí.

—¿Qué? —preguntó, atónito.

—Y la invité a venir hoy, aquí. —Decidida, tomé el brazo de Kazuhiro, le di media vuelta y la señalé con el dedo índice— ella también quería verte. No lo pienses más, y aprovecha esta segunda oportunidad para hacer las cosas bien.

—Ayumi, no creo que... —trató de volverse hacia mí, pero lo evité, empujándolo hacia el frente.

—¡A por todas! —fueron mis últimas palabras de aliento antes de salir corriendo hacia las escaleras del escenario, de nuevo.

Entre el tumulto, le vi girarse, buscarme, y rendirse. Cabizbajo, caminó hacia ella con las manos en los bolsillos.

Alegre, sonreí. Volví a subir, y desde lo alto, les observé acercarse, incómodos, el uno al otro.

Avergonzada, se inclinó en una reverencia. Él se rió, asintiendo.

La pesadez en mi pecho creció. En mi garganta, el escozor del alcohol se propagó.

Daba igual cuánto mirara, no podía sentirme del todo feliz. Volví a pensar en los títulos de las entradas para el artículo de Kazuhiro: ¿podría ser uno La historia de Miyazaki Kazuhiro, el amor que resurge incluso desgastado?

Kazuhiro no era yo. Ese artículo no era el mío; Ichimura no era Makoto.

Me até la guitarra al hombro, me giré hacia mi tía, quien seguía en la barra, y asentí, a lo que ella reprodujo la siguiente pista de audio.

Miré al público— La ciudad del ruido, gracias —agaché la cabeza, y rasgué la guitarra. —Debajo del sol, radiante, incandescente, abriste los ojos —me acerqué al micrófono, sin despegar los ojos de la pareja del fondo, continué— tus ojos cálidos parecían inhalar el azul del cielo —el punteo de mi guitarra avecinó el pre-estribillo— atrapada en tu bolsillo, estrechando el futuro, vayamos ahí juntos.

Autoconvencida de que había hecho lo correcto, los observé, y, sin querer, imaginé un escenario hipotético en el que Makoto y yo también nos pudiéramos volver a encontrar. Uno en el que él aceptara mis sentimientos, y yo los suyos.

Y entre mis fantasías, me pregunté qué pensaría Kazuhiro de mí si supiese que aún no había dejado ir a Makoto. ¿Lo entendería?, ¿sería comprensivo?, ¿o quizás se decepcionaría?, ¿actuaría hostil?

¡Arrastramos sueños y esperanzas efímeras y los dejamos caer en la ciudad ajetreada! —pero mientras cantaba junto a mi público, y arropaba con ellos a la pareja del fondo, entendí que, para él, yo no era más que una banda sonora, fundida con el paisaje. Su campo de visión únicamente incluía a Nanako. —¡Algún día sé que esos sueños y esperanzas efímeras conseguirán encontrar su propio lugar!

Inesperadamente, lo agridulce en mi paladar se neutralizó en cuanto conseguí captar en persona, lejos, pero ante mis narices, la cálida sonrisa de Kazuhiro, incluso si no iba dirigida hacia mí. Me alegré de ser su banda sonora.

¡Porque dime, ahora, vamos, ¿por qué y para quién respiras?!

Mis dedos se llenaron de ampollas.


☻☻☻


Tras una hora de cantar sin descanso y animar a todo el bar, decidí bajar del escenario, hecha polvo. Kazuhiro, sin embargo, continuó hablando con Ichimura en una de las mesas del fondo.

Por otro lado, mi tía, como la persona que mejor me conocía, al verme, supo que estaba pasando por un mal momento y, justo por esa razón, me dejó reservada una preciosa silla en la barra, que, agradecida, tomé, junto a un botellín.

—Tienes una cara horrible —comentó dejando el vaso que acababa de limpiar con la bayeta en la barra.

—Creo que es lo mejor que me han dicho en todo el día.

—Pues sí estás mal, sí.

Harta, dejé la cabeza reposar en la barra.

—Di, ¿qué ha pasado ahora? —me preguntó.

La miré con la cabeza aún recostada en la superficie de la barra— ¿has visto a Kazuhiro y a la chica con la que está?

—Sí, tiene buen estilo y es muy guapa.

Tragué saliva. —Ya, ya, ya sé que es guapa —suspiré— me contó que estuvo colgado por ella durante años, pero nunca llegaron a salir juntos. Hace poco volvió a la ciudad, y yo, como la maravillosa persona que soy, le he ayudado a reencontrarse con ella.

Mi tía asintió— años sin verse, un amor inconcluso, ¿de qué me suena a mi esta historia?

Avergonzada, tragué saliva.

—¿Y qué es lo que te molesta de toda esta situación? Has ayudado a un amigo, ¿no es cierto?

—No estoy segura —cerré los ojos.

—¿Por qué?

Sonreí— siento que no lo he hecho de corazón, más bien, siento que mi intención no era pura.

—Déjame adivinar: Makoto.

Molesta, abrí los ojos, levantando la cabeza con brusquedad. Sumire tomó otro vaso de la barra y escurrió la bayeta en su interior.

—Conociéndote, estoy segura de que te has sentido identificada con Kazuhiro o su amiga, y hayas pensado en que si él consigue salir con esa chica pese a todas las trabas que hayan tenido, quizás a tí también se te presente la oportunidad.

—Tía Sumire —pestañeé, conmocionada— creo que tienes poderes sobrenaturales.

—Ya me gustaría.

Lo medité en silencio por unos minutos. Le di vueltas, pero no conseguí respuestas claras. Derrotada, la volví a mirar— ¿es detestable que esas sean mis razones para ayudar?

Negó con la cabeza, y volvió a colocar el vaso en la barra— creo que más que detestables, son tristes.

—¡Eso no me anima!

—Eso es porque no te quiero animar —se apoyó en la barra con las manos. Seria, acercó su rostro al mío— llevas años detrás de un hombre que solo te ha dado la espalda —su tono se endureció.

—Pero...

—Esa chica no está prometida, ni tampoco Kazuhiro. Ni su pasado ni su presente tienen nada que ver con el tuyo y el de Makoto. Olvídate de esas esperanzas vacías —se apartó.

—Tía Sumire, conozco a Makoto y sé que Manami...

—¿Crees que Makoto es el mismo de hace años? —me cortó. —¿Crees que Makochan sigue existiendo? No Ayumi, acepta de una vez por todas que Makoto se fue hace mucho tiempo, y que ahora se quiere casar con alguien que no eres tú.

Me pitaron los oídos. Un nudo me dificultó tragar, pero lo conseguí.

El golpe fue lo suficientemente duro como para romper la fantasía. Mi tía raramente era irascible, no obstante, tenía razones para serlo en ese momento: estaba en lo cierto. No dejaba de gritar una y otra vez el nombre de Makoto sabiendo que no era correspondido.

—Soy imbécil... —murmuré.

—No deberías ser tan dura contigo misma —al oír esa voz característica me giré y le encontré riéndose, Hideki, frente a mí. A su lado, Kento y Kenichi, me saludaron alzando la mano.


☻☻☻


Al final todos acabaron por sentarse conmigo en la barra. En un sándwich entre Hideki y Kenichi junto a Kento, les expliqué todo lo que había pasado con Kazuhiro en las últimas veinticuatro horas, y, con disimulo, les señale la mesa en la que Ichimura y Kazuhiro estaban hablando.

Aliviado, Hideki soltó un suspiro— menos mal... Pensaba que Nanako nunca accedería a venir a ver a Hiro.

—¿Eh?, ¿cómo? —pregunté extrañada.

Se miraron, cómplices. Sonrientes, se volvieron hacia mí.

—Cuando descubrimos que Kazuhiro había estado buscando a Ichimura intentamos ayudarlo, pero no se atrevió a entrar en su piso, y acabó por ir a ver a Yuka —me esclareció Kenichi.

—Pero nosotros sí entramos en la casa de Nanako —continuó Kento— a pesar de que intentamos convencerla, se negó a ver a Kazu y nos echó de su piso.

—Creímos que habíamos perdido toda oportunidad de juntarlos —chasqueó la lengua Hideki— esos idiotas siempre han sido un desastre.

—Pero... —algo fallaba. Conseguir que Ichimura viniese fue demasiado fácil para mí. —¿Por qué no quería ver a Kazuhiro?

Volvieron a mirarse, tensos. Kenichi tomó un sorbo de su cerveza y me encaró. —Creía que Kazuhiro estaba saliendo contigo.

—¿Qué? —pregunté. Me volví hacia cada uno de ellos repetidas veces, buscando una mirada que ellos, escurridizos, evitaron— ¡¿salir conmigo?!

—Sí, sí —murmuró Hideki— dijo que no quería estorbar ni romper una relación y nos terminó echando.

—Ella... —No pude dejar de repetir la imagen de su rostro al verme delante de su puerta, risueña.

—Ya que a nosotros nos echó a patadas —la voz de Kento me devolvió a la tierra. De manos cruzadas continuó hablando— pensé que si ibas tú y le explicabas la situación, todo se arreglaría.

—Pero incluso así —irrumpió Hideki, quien, cabreado, frunció el ceño— no hiciste bien.

—¡Solo quería ayudar!, ¡por el bien de Kazu! —se defendió Kento.

—Da igual, no puedes mezclar a personas ajenas en nuestros problemas —concluyó Hideki.

«Ajena...» repetí para mí.

Siguieron discutiendo, de fondo. Mi mente se ausentó. Viajó lejos, muy lejos de él. Ajena a Kazuhiro.


☻☻☻


Kazuhiro e Ichimura estuvieron hasta poco más de las 10.00 de la noche en el bar, y después se fueron. Mystical Key hasta las 10.30, y los juerguistas hasta las 3.00 de la mañana.

Incluso tía Sumire se fue junto a Mai.

Pero yo seguí ahí, sentada en nuestra mesa de siempre, con una cerveza en mano, pasé las fotos de uno de los álbumes que mi tía guardaba en el almacén.

«Makoto se va a casar».

Las fotos en las que Makoto y yo íbamos cogidos de la mano hacia nuestro primer día como estudiantes de primaria guardaban la risa de alguien que ya no estaba a mi lado. La persona con la que jugaba en la arena del parque cuando seguía en el parvulario ya no existía.

Durmiendo juntos en mi cuarto, en las funciones de teatro del instituto y las barbacoas en el jardín de la casa de Makoto. Se había evaporado con cada lluvia de agosto, y de él, solo quedaban restos en la bahía: un recuerdo nada tangible.

Tras cada foto, más me aferré a la idea de recuperar al Makoto que me tomaba de la mano sin importar cuántos años tuviéramos porque, para él, yo era la misma Ayumi. Y cuanto más me aferraba, más me dolía saber que no podía retroceder.

Al llegar a la última foto, la foto de nuestra graduación, en la que, alzando mis dedos en el símbolo de la victoria, sostenía en mi mano libre el diploma, junto a él, quemada, me desplomé en la mesa.

Cerré los ojos, y, por un segundo, sentí la brisa acariciar mis mejillas, inundándose en el aroma primaveral de los cerezos en flor, y dejando tras de sí el murmullo del viento.


☻☻☻


Hacia la mitad de mi sueño me desperté. Devolví el álbum de fotos a la estantería del almacén y cerré el bar con mis llaves.

Caminé cansada por la nocturna Tokio que tanto había extrañado, y al llegar a casa y pasar al salón, me encontré con una sorpresa: Kazuhiro dormía en el sofá de nuevo. Esta vez con una pequeña diferencia, pues en la mesa asomaba una hoja de papel, y a pocos centímetros de ella, el bolígrafo con el que la habría escrito.

Gracias, lo siento por haberte gritado. Espero que te guste.

«¿Gustarme el qué?» me pregunté.

Sacudí aquel tonto pensamiento, caminé hasta la estantería, saqué la manta del cajón, me acerqué a él, y le arropé, con cuidado de no despertarlo.

Caminé por el pasillo en zig zag, levemente adormilada, y entré en mi habitación, bostezando. Al prender la luz la vi, recostada en mi cama: roja, brillante, de cuerdas metálicas relucientes y un mástil lustroso.

«No es posible que él...» caminé hacia ella. La tomé en mis manos. Sin quererlo, una delgada, salada, y cálida lágrima me acarició el labio superior.

—¿Eh? —me llevé la mano hasta mi ojera, húmeda.

Me da igual lo que toquemos, con tal de que seas tú quien toque conmigo.

Sonriente, abracé la guitarra. Olía a Kazuhiro.

El disfraz de la cortesía

CONTINUARÁ

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