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-Segundo Acto: Semblantes y rostros-

La relatividad del sonido

Si algo había aprendido a mis escasos 24 años era a entender la perspectiva de las personas, a descifrar sus palabras.

Mi trabajo como periodista me permitía ver la relatividad intrínseca de la realidad de cada persona. No eran tontos, pensaban en cómo decir lo que decían sin decir más de lo que debían decir. La verdad solo eran juicios ambiguos contados a medias.

Algunas noches no dormía pensando en cómo habría sido todo si yo hubiera sabido entrar en la zona negra, oscura, prohibida, de la realidad de Makoto. Si hubiera conseguido entender su perspectiva, su relatividad.

La razón no era la razón, la realidad no era la realidad, y la relatividad es una máscara sonriente que esconde debajo la palabra "crítica".


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Estupefacta, miraba el suelo del salón. Me arrodillé y recogí el sujetador del suelo, lo examiné y finalmente asentí. Eran las 4 de la mañana, solo había una explicación: mi compañero de piso acababa de violar la regla número 22 estipulada en nuestro contrato de inquilinos.

—¿Cómo he acabado así? —suspiré.

Desde hacía tres semanas llevaba viviendo en mi antiguo piso junto a la recién descubierta estrella del grupo Mystical Key, Miyazaki Kazuhiro, porque, tras dos años de explotación y búsqueda existencial y profesional había vuelto a la ciudad que me había roto el corazón con la intención de seguir con la vida que el amor me había robado. Pero no conté con la existencia de un nuevo compañero de piso y, a pesar de que en un principio no acabamos de encajar, decidimos vivir juntos con la condición de redactar un contrato entre inquilinos.

No obstante, Miyazaki no paraba de romper las reglas. Dejaba su ropa y basura por todo el piso, me robaba comida de mi estante, traía gente sin mi consentimiento, tocaba y movía mis cosas y, cómo no, traía chicas con las que mantenía relaciones sexuales durante horas y horas.

Sí, había pasado de llorar por mi amor no correspondido a gritarle a un cretino famosillo.

Sin poder reprimir más mi rabia me levanté del suelo, apreté la ropa en mis manos con fuerza y corrí hacia la habitación de Miyazaki. Furiosa, abrí la puerta de una patada y, al verle dormido, acurrucado con una mujer desconocida, tiré el sujetador a la cama en la que dormían,—¡imbécil, qué te he dicho miles de veces!, ¡eres un desastre, horrible, horrible, horrible, horrible, horrible! —tomé aire— ¡muere! —ante mis repentinos gritos, ambos se despertaron.

La chica al verme se sonrojó, y rápidamente apretó las sábanas a su cuerpo cruzándose de brazos. Miyazaki, incorporándose, se limitó a esquivar mientras le seguía lanzando objetos que pillaba a mi alcance: su teléfono, zapatillas, pantalones, el mando a distancia, el joyero.

—¡22, nada de relaciones en casa sin avisar a la otra parte! —tiré uno de sus neceseres apuntando a su estúpida cara, pero en vano —¡tan difícil es entender eso?!

—No había tiempo, además, ¿qué haces volviendo a las 4 de la mañana? —preguntó rascándose la nuca.

Apreté los dientes apretando las manos en dos puños. —No intentes aparentar que te preocupas... ¡El trabajo es duro, ¿sabes?!

—Kazuhiro, yo... —la chica, esbozando una sonrisa incómoda, finalmente se dirigió a Miyazaki, quien, con una mirada indiferente, suspiró, tomó el sujetador de la cama y se lo extendió.


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Al llegar la mañana siguiente, corrí al baño con mi bolsa de maquillaje. Debía disimular mis ojeras como fuera; solo tenía media hora para llegar a la oficina.

Un maquillaje sutil, sofisticado, combinado con un recogido sencillo, me hacía la mejor en cuanto a presentación.

Repentinamente vi la puerta del baño abrirse en el espejo mientras me aplicaba el corrector. Y he ahí Miyazaki: vestía un traje desarreglado, con la corbata suelta, la camisa a medio abrochar y un chaleco abierto. Me saludó elevando la mano y yo, en respuesta, chasqueé la lengua y seguí difuminando con la yema de mis dedos.

—Por mucho que te pongas, nada te quitará años —le oí decir desde atrás, apoyándose en la puerta.

—Eres un año mayor, no creo que estés en la posición de hablar u opinar de mi edad.

—¿Y de tu apariencia?

—¿Quieres dejarlo?, ¡sigo enfadada, ayer fue la gota final! —irritada me giré hacia él. Solo recordar su cara de satisfacción al echar a la chica me hacía rabiar. —Ya son más de 10 veces en casi un mes, ¡suficiente!

—¿Acaso tengo yo la culpa de que no te acuestes con nadie? La envidia te corromperá, ¿sabes?

«Es idiota, ¿de verdad cree que ese es el problema?» pensé para mí. —Di lo que quieras, pero nada quitará el hecho de que no eres más que un niñato engreído.

De entre sus labios una pequeña carcajada se escapó. El movimiento de sus comisuras al curvarse, la despreocupación en su postura al esconder las manos en los bolsillos de su pantalón; todo en él me capturó en el pequeño brillo que su pupila dejaba entrever. Y es que, por primera vez en tres semanas, pude volver a ver la gentil sonrisa de Miyazaki, la misma que me saludó en el escenario. —Si me permites opinar sobre tu apariencia —se acercó— hoy estás preciosa —sus dedos acariciaron uno de mis cabellos más rebeldes.

Pero esas dulces palabras no me iban a engañar. Solo intentaba ligar, jugar conmigo. —Deja de mentir —aparté su mano y salí del baño a paso apresurado.

Antes de oír la puerta del baño cerrarse llegué a escucharle. —Si hay algo que deteste es la mentira.

Qué tipo de persona debía creer que era Miyazaki, si era tanto el antídoto como el veneno.


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De lo peor, debía creer que era clara y sencillamente del peor tipo de persona que podía existir.

Sentado frente a mi mesa se encontraba mi jefe de redacción, Yamada Hiroshi, junto al vocalista, guitarrista y estrella del recién estrenado grupo Mystical Key.

«No, esto no puede ser real... ¡Me niego!»

—Kougami, este es Miyazaki Kazuhiro, el líder, guitarrista y vocalista de MK, tu nuevo objetivo en nuestra sección Conociendo nuevos ídolos del rock —juntando sus manos me miró, serio. —Kougami, tu labor será realizar un intensivo análisis del cantante y grupo, por lo que espero que en unas semanas puedas proporcionarnos una entrevista magnífica.

—Pe-pero Yamada —nerviosa, les devolví la sonrisa— ¿No cree que sería mejor que otra persona especializada en la música trate a Miyazaki? Mi experiencia se limita a actores y modelos.

De reojo vi la enorme y burlona sonrisa de Miyazaki.

—Somos conscientes de esto, pero él ha insistido en querer trabajar contigo, aprecia mucho el esfuerzo que pones en tu trabajo.

Reprimí el instinto de querer gritar e insultar. Miyazaki, aún con su expresión vil, se inclinó en una pequeña reverencia. —Por favor, señorita Kougami, cuide de mí.

—Claro... —mascullé.

Justo entonces, en el límite de mi enfado, Miyazaki me sacó la lengua. Apreté los dientes, y las manos contra el escritorio.

—¡Buenos días! —pero toda la ira desapareció en cuanto escuché esa voz chillona. Megumi, maquetadora y fan de... —Ese es... —nada más verlo, se acercó corriendo a mi escritorio. —¡Mystical Key Miyazaki Kazuhiro!


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Conocí a Megumi en Raito Kiss, la revista en la que trabajé durante mi estancia en Osaka. No fue difícil hacernos amigas; en cuanto Megumi me vio llevando una camiseta de Sex Pistols, el piercing en la lengua y todos los agujeros en las orejas, comenzamos a charlar. Fue la primera amiga que hice.

Las dos nos hicimos inseparables, y, ante la oportunidad de regresar a mi ciudad natal, la gran capital, Megumi no titubeó ni un solo minuto antes de acceder a la propuesta y venir conmigo. Desde el primer día en que la conocí había sido un pilar fundamental en mi vida, una confidente a la que no le escondía nada, hasta que volví a Tokio.

Vivir con una estrella emergente trabajando en una revista anteriormente conocida por ser la cuna de los titulares más escandalosos de las últimas dos décadas no sonaba bien, nada bien. Vi la ruina de su carrera y la mía y decidí callarme, no decir ni una sola palabra a nadie relacionado con la revista.

Cuando descubrí que Megumi conocía la banda el miedo de ser descubiertos creció hasta el punto de evitar cualquier tema relacionado con la música. Pero todo había cambiado, Miyazaki estaría conmigo no solo en casa, también en el trabajo.

Al terminar de hablar y fijar la fecha límite para entregar mi artículo, ambos decidimos irnos a comer a la cafetería. Megumi, con la excusa de discutir el diseño, se acopló.

Mientras yo comía un sándwich de carne picada, caliente y aplastado, Megumi se sentó al lado de Miyazaki, muy seguramente haciendo el mejor de los esfuerzos por captar cada matiz de su colonia.

—Miyazaki, su primer álbum oficial sale a la venta a finales de este mes, ¿no es así?

—Así es, estoy muy impaciente y agradecido por esta gran oportunidad.

—¿Cómo fue exactamente su despego a la fama? Hace unos meses eran sólo un grupo callejero, ¿no?

Mientras Megumi interrogaba a Miyazaki, yo trataba de evadirme de la conversación, de la sala, de todo. Me sentía tal y como el relleno de mi sándwich: aplastada entre dos panes ardiendo.

Miyazaki, riendo entre dientes, se recostó en su asiento. —Bueno... La historia es larga, pero se podría resumir en que tuve suerte cuando nuestro representante nos descubrió en el bar Music Island.

Ay, me quemé.

—Ayumi, ¿ese no era el bar de tu tía?

Al oír a Megumi llamarme desperté del trance. —¿De qué hablas?

—Otra vez durmiendo despierta... —molesta, Megumi dio una fuerte y sonora palmada enfrente de mis narices. —¡Music Island, ¿no se llamaba así el bar de tu tía?!

Finalmente caí en lo que estaban hablando. Con miedo, desvié mis ojos hacia Miyazaki buscando un apoyo, pero lo único que encontré fue una cruel sonrisa pícara. Me ponía enferma. —Sí... Se llama así, está en Shibuya, a 10 minutos de la estación.

—¡Eso es increíble! —exclamó Megumi entusiasmada. —¡Mystical Key ha tocado en tu bar!

—No es mío... —murmuré.

—Pero no soy el mejor artista que ha tenido la suerte de tocar ahí —aclaró Miyazaki. Confusa, dejé el mordisco a medias y elevé la cabeza hacia el frente. —Hace unos años, cuando uno de mis mejores amigos rompió con su entonces novia, le llevé a ese bar, solo por ser el más cercano.

La intriga me empujó a seguir escuchando.

—Cuando vi el cartel de noche de micrófono abierto, pensé en cantar con él para olvidar las penas —por una fracción de segundo se calló. Dejó de mirar a Megumi, agachó la cabeza y sus ojos se posaron en los dedos que sujetaban mi sándwich. —Pero esa noche no cantamos.

—¿Qué? —preguntó Megumi— ¿por qué?

Lentamente su mirada hizo su recorrido por todo mi cuerpo. Analizó mis codos, mis hombros, mi cuello, mis labios, hasta llegar a mis ojos. El color en su cara no era conocido, su sonrisa no era familiar. La gentileza que emanaba su semblante parecía cargar melancolía, aunque cálida, era una mueca triste. —Esa noche una persona cantó, era muy buena, tanto que daba miedo subir y estropear el ambiente. Por eso nos limitamos a escuchar.

Odiaba aquellos momentos en los que Miyazaki me enseñaba una expresión que nunca había visto antes. Y los odiaba incluso más cuando la expresión no era cruel.

Megumi, confusa, apoyó la mejilla en una de sus manos y se rascó la cabeza. —Pero entonces, ¿cuándo cantaste?

Miyazaki, volviendo a su usual expresión taimada se volvió hacia Megumi. —La última noche en la que la escuché.

Noté un nudo en mi garganta. Tragué, tomé un muerdo de mi sándwich, y volví a tragar.

—¿Eeeeeeeh?—soltó Megumi, aparentemente decepcionada.

No entendía hacia quién iban dirigidas sus palabras y, desconcertada, preferí no preguntar.

—Pero eso es otra historia —concluyó Miyazaki, apoyándose en la mesa con sus codos— después de todo, esto solo está comenzando.

—Cierto, vuestro futuro es incluso más brillante que ahora —le apoyó Megumi.

Su expresión se fue deformando hasta permanecer serio. Y con su sonrisa disipada en el aire, el sonido de las risas de Megumi.

La noche sería larga, nos estaban esperando.


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Al terminar mi turno de trabajo, hacia las 6 de la tarde, Miyazaki y yo nos dirigimos al bar de mi tía, donde Miyoko, Reina, Minato, y la mejor amiga de mi tía, Mai la camarera, esperaban.

Durante un mes había evitado ir al bar por la noche con la intención de no cruzarme con Miyazaki, pero ya no tenía sentido ocultarlo. Necesitaba contárselo a mis amigos.

Nada más vernos entrar juntos a la hora en la que el sol desaparecía, estupefactos, nos acribillaron en la barra a preguntas. Mi tía Sumire se encargó de explicar todo.

—Así que vivís juntos... —musitó Miyoko, perpleja.

—Shh —me cubrí la boca con el dedo índice. —Esto es un secreto, solo vosotros lo sabéis.

—Vosotros, mi manager y la banda —aclaró Miyazaki.

Minato, sin embargo, no parecía estar tan sorprendido como feliz, disfrutando de aquella pintoresca escena. Y, riéndose, abrazó mis hombros con su brazo. —¡¿Pero no es increíble?!, ¡¿quién podría imaginarse que cuando volvieses al Tokio que te rompió el corazón tendrías un nuevo compañero de piso?!, ¡y no cualquiera, una estrella del rock!

Una voz en mi interior balbuceó el nombre de mi tía. Mi tía lo sabía.

Los tres, mi tía, Miyazaki ,y yo, nos miramos. Habíamos sido víctimas de los juegos de Sumire Kougami.

No obstante, todo aquel ambiente festivo desapareció en cuanto Reina se pronunció. —Chicos —con teléfono en mano— me acaba de llegar un mensaje. Makoto viene esta noche.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo entero. Todos se giraron hacia mí. Sus miradas, cargadas de preocupación, condicionadas por el ceño del cariño o quizás el de la lástima, me volvieron pequeña ante el mundo que se erigía frente a mí. El mundo, atrapado en un vaso de té helado, con su hielo a medio derretir.

—Eres despreciable,

No, no se iba a derretir. La realidad tenía que hacer lo suyo y darme un poco de coraje. Miyazaki tenía que hacerlo.

—¿Perdona? — ofendida, lo miré.

Cruzado de brazos, se echó hacia atrás, dejó su espalda apoyada contra la barra. —Sigues atemorizada por lo que piense otra persona, es despreciable.

Él no era esa persona. Él no era nadie. —No sabes cuánto he sufrido —le recriminé.

—¿Estás segura? Tal vez tu único problema es no saber afrontar los problemas, te haces daño a tí misma. —Escocía, cada palabra que decía se sentía peor que la quemazón del alcohol por mi garganta cubierta de sal. —¿Por qué no intentas darle un cambio de perspectiva a esos sentimientos negativos tuyos? Si lo haces quizás entiendas lo relativos que son al caminar adelante y reír.

Todos, atónitos, guardamos silencio. Y su mirada se volvió áspera de nuevo. —El llanto también puede reírse.

Había una regla aparte, la más importante del contrato. La regla que Miyazaki decidió poner como primera, resaltada, escrita con letra negrita.

«1. Está terminantemente prohibido enamorarse».

Y en ese instante me prometí que nunca la romperíamos. Sin importar el qué, sin importar cuándo, y sin importar por qué.

—¡Tú no sabes nada! —aunque en el fondo sabía que eso no era cierto. Estaba enojada y no quería seguir escuchándolo.

Me levanté, lista para marcharme.

Sus palabras, sinceras, dolieron más que imaginarse a Makoto, y mientras caminaba hacia la puerta me pregunté si verlo sería el triple de doloroso.

Ver su pelo oscuro, su mirada profunda, sus tiernos labios. Oír su voz pronunciar mi nombre. Me pregunté cómo se sentiría ver a Makoto.

—Makoto... —No tardé en averiguarlo, porque la persona que acababa de dar un portazo al entrar era mi primer y único amor.

Su pelo había cambiado, engominado y peinado. Trajeado, con un maletín, como un adulto. Makoto había cambiado.

—¿Ayumi...? —pero su voz no.

La relatividad del sonido

CONTINUARÁ

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