-Trigésimo Acto: Propuestas imaginarias-
Conducción, convección, radiación
Un futuro con Makoto. Pasar por el altar, despertarnos el uno al lado del otro cada día, y en nuestra pequeña y acogedora casita en un área residencial, formar una familia. Todo eso, solo fueron ilusiones; recuperarlo era imposible.
A mis 22 años mi meta no era vivir esa aburrida vida en los suburbios, sino aparecer en las pantallas de Shibuya, con mi guitarra. Pero entonces, Makoto llegó, me recordó cómo se sentía estar a su lado. Él, Takagi Makoto, destruyó mi sueño.
No era momento de pensar en grandes escenarios. Era momento de plantearme, de una vez por todas, a dónde iba mi vida; ¿hacia dónde estaba corriendo? Qué era lo que de verdad estaba persiguiendo.
Y decidí perseguir a Kazuhiro.
Destruí el sueño de Nanako. Recogí todo, y corrí tras el enemigo para quemar hielo en el regazo del otro. En las cicatrices del otro, bajo la nieve.
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Durante los últimos 4 meses de mi vida, había estado conviviendo con lo que, al poco, denominé un lobo. Solitario, cazaba noche tras noche una presa distinta a la que devoraba, sin temer las represalias de su compañera de piso. Sí, Miyazaki Kazuhiro, líder de Mystical Key, era único en su especie: tosco, bruto y arrogante, de vez en cuando mostraba su lado más comprensivo, e incluso vulnerable. Y pese a haber convivido con él durante tanto tiempo, no podía decir que lo conocía.
Lo único de lo que verdaderamente estaba segura era de que, sin lugar a dudas, nunca pasaría por el altar. No, Kazuhiro no estaba hecho para el compromiso. Sin embargo, se había comprometido.
Encalada en un sándwich, el pan, ardiente, pretendía dejar rojeces, quemaduras de tercer grado, sobre mi piel.
Nada más tomar la tostada en mis manos la solté— ¡ouch! —grité. Adolorida, me soplé en la punta de los dedos.
Kazuhiro, riendo entre dientes, removió sus huevos revueltos.
Aprovechando que me había despertado unos minutos más temprano de lo habitual, me vestí y maquillé rápidamente para poder preparar el desayuno. Por desgracia, terminé quemando mi tostada, ahora trozo negro de puro carbón.
—¿Cómo eres capaz de hacer los huevos revueltos bien y no saber usar una tostadora? —me preguntó, sonriendo, burlón.
—Eso me gustaría saber a mí —farfullé.
Suspiró, dejó sus palillos sobre el plato, se levantó y tras remangarse, chasqueó sus dedos en mi frente.
—¡Oye! —me quejé, acariciándome.
—La próxima vez, en lugar de ponerte a jugar a las cocinitas, despiértame — tomó mi tostada, se acercó al cubo de basura, al lado de la isla de la cocina, y la tiró.
Abrió el armario, y estirando la mano, tomó la bolsa de pan del último estante. Obnubilada por el movimiento de su brazo, marcado, seguí la linea hacia su nuca, y al bajar al cuello de su camiseta, reconstruí, inconscientemente, la imagen de su espalda al desnudo.
«¡Ayumi!» me grité, sacudiendo la cabeza. «Céntrate, tiene novia».
—Oye —colocó la rebanada en el hueco de la tostadora y, tras apretar el muelle, se giró hacia mí— ¿sabes dónde hemos quedado con Manami y los demás?
—Ah —tragué saliva— creo que delante del 109.
Pues, efectivamente, aquel era el segundo día de la búsqueda del vestido de novia de Manami.
Recordé la charla de la noche anterior, cuando la novia de Miyazaki Kazuhiro, el hombre más alérgico a las relaciones monógamas sobre la faz de la tierra, se le lanzó encima casi proponiéndole matrimonio. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Kazuhiro —tragué saliva— ¿estás seguro de querer ir a ver vestidos de novia con Nanako?
—Hablas de... —hizo un parón. Trató de disimular su expresión, turbada, esbozando una forzada sonrisa— ¿lo que pasó ayer?
Asentí.
Se pasó una de sus manos por la nuca— imagino que fuese cosa del momento. No creo que Nanako esté realmente pensando en comprometerse— se giró de nuevo hacia la tostadora, esperando a que saltara.
—Pero habló de conocer a sus padres la semana que viene. ¿Acaso eso no te parece un indicativo de que sí está pensando en comprometerse?
Nervioso, carraspeó. —Me da igual, no pienso renunciar a ella.
Me esperaba su respuesta, su continuación, «la quiero demasiado, o quizás la necesito, puede que sea porque lo que siento por ella es mucho más fuerte».
—No después de todo lo que has hecho por mí —concluyó.
—¿Eh? —perpleja, esperé a que se girara, pero no lo hizo. Y aún así, sin conocer a ciencia cierta su semblante, sabía que, seguramente, estaría sonriendo, porque su tono de voz sonreía.
—No puedo dejar que tus esfuerzos se vayan a la mierda —se apoyó en la encimera con la palma de sus manos— por ahora, hablaré con ella para hacerle entender que aún es muy pronto para conocer a sus padres.
A pesar de proyectar seguridad, sabía que incluso el mismo Kazuhiro dudaba de sus propias palabras. Pues, en mi mente perduraba el recuerdo del Kazuhiro pálido, petrificado, al lado de Nanako.
—¿Recordabas así a Nanako?
La tostada saltó y él, tras tomarla, colocarla en un plato y dejarla sobre la mesa, volvió a sentarse frente a mí.
—Gracias —murmuré.
—¿Así cómo? —preguntó.
—No sé, tan... ¿Insistente? A juzgar por sus pintas...
—No —me interrumpió— Nanako en el instituto no llevaba esos pendientes, ni tenía el pelo teñido —rió entre dientes— era más bien recatada, tímida y discreta.
—Bueno, creo que sigue siendo tímida —tomé un mordisco de la tostada.
—Antes lo era mucho más —pensativo, dejó caer su cabeza sobre su mano— nunca se habría atrevido a subir al escenario, ni mucho menos a entablar una conversación con un hombre.
—Ah, cierto —dije, recordando nuestra cita en el acuario— dijiste que no se llevaba bien con el club de kendo, ¿no?
—Sí, le costaba un poco— vi su mueca deformarse en una sonrisa pequeña, disimulada. —Venía de una escuela media únicamente femenina, y los únicos hombres con los que había tenido relación habían sido los del dojo de su padre. Por suerte, superó parte de su miedo cuando comenzamos a quedar después de los entrenamientos del club de kendo —al momento, su sonrisilla se tensó— a los meses empezó a salir con mi junior.
No fui capaz de desviar los ojos de aquella expresión melancólica. Una sonrisa incierta que se dibujaba en su rostro cada vez que cantaba esa canción, y cada vez que pasaba por delante del estanque de los pingüinos. Cada vez que recordaba a Nanako.
—Pero —continuó— nunca pudo librarse de su extraña aversión hacia Hideki.
—¿Hideki?
Asintió— siempre ha sido así, desde el principio. —Separó la mano de su rostro y abrazó la taza de café. —Ninguno de los dos encajan, ni él la soporta a ella, ni ella a él.
—¿Y trabajan juntos?
Una suave carcajada se escapó de entre sus labios— supongo que, en el fondo, se aprecian a su manera.
Algo no cuadraba. Lo sabía, pero no quería decirlo en voz alta. Preferí sorber un poco más de café.
—Quizás debería decirle a Hideki que me acompañe en caso de que Nanako insista en ir a conocer a sus padres —dijo, burlón— podría utilizarlo como método de distracción.
—¿No es eso huir?
—Depende del enfoque que le quieras dar.
—Kazuhiro —deje la taza en la mesa, cruzando las manos— estos son uno de los gajes de la monogamia.
—¿No decían que el amor era libre?
Nos miramos, en silencio, para al cabo de unos segundos reírnos. Sin prestar atención al muelle, caliente, de la tostadora, dejamos que los minutos continuaran. Mis dedos, sin embargo, seguían quemando.
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Caminando por Shibuya, noté mi bolso mucho más liviano, y es que, por primera vez en mucho tiempo, no llevaba ni la cámara ni la grabadora. Era, oficialmente, un día libre.
En menos de 10 minutos llegamos a nuestro punto de encuentro, el edificio 109, frente al cruce de Shibuya, donde, inesperadamente, mis amigos esperaban. Nada más divisarnos, Miyoko, su hermano, y Reina, alzaron las manos, balanceándose por el aire.
—¡Ayumi, Kazuhiro! —exclamó Miyoko.
—Buenos días — les devolví el saludo.
Minato, juntando las manos en señal de disculpa, agachó la cabeza— ¡perdón por no ir a verte ayer!
—Sí —suspiró Miyoko, cruzándose de brazos— Minato y Reina estaban hasta arriba de papeleo, y a mí surgió un imprevisto en el estudio.
Reina, tambaleándose de un lado a otro, trató de asentir con la cabeza— solo he podido dormir ocho de mis dieciséis horas de sueño diarias.
Reí, acariciándole el hombro— duermes demasiado, te viene bien descansar del descanso.
Ella, en respuesta, chasqueó la lengua, dándose media vuelta.
Vislumbré a Manami a pocos metros de nosotros, perdida en la pantalla de su teléfono.
«Allá vamos» tomé una gran bocanada de aire, apreté las manos en dos puños, y me acerqué a ella— buenos días, Manami.
Elevó la cabeza, haciendo el mínimo esfuerzo por curvar las comisuras en un intento de sonrisa— parece que solo nos falta Nanako.
—¡Ca-casi estoy! —un fuerte, agudo, y chillón grito nos sobresaltó. Confusos, nos volvimos hacia el final del cruce, donde la vimos, haciéndose paso entre la multitud. Su melena rizada, anaranjada, como de costumbre, la hizo destacar.
Al segundo de entablar contacto visual con Kazuhiro, aceleró, tirándose hacia sus brazos. Sorprendido, al ver que no se despegaba, se rió por lo bajo, apretándola contra su pecho.
«Literalmente os visteis ayer» pensé. Por el rabillo del ojo, encontré a Manami, quien, ladeando la cabeza, me invitó a acompañarla en silencio, en su camino hacia la estación.
—Esos dos... —murmuró— son insoportables, ¿verdad?
—No hace falta que lo jures —le respondí.
—¡Hey! —escuché a Minato gritar por detrás, antes de apresurarse hacia nosotras, junto al resto.
Entre el barullo de sus voces, logré distinguir la de Kazuhiro— estás muy guapa —fueron las palabras que terminaron por encogerme el corazón. Adolorida, mi garganta se secó.
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Durante nuestro trayecto, el silencio nos acompañó por todo el viaje. Minato y Reina consiguieron refugiarse con Miyoko en un extremo. Manami fue más rápida que todos y se hizo con una esquina al lado de la ventana. Pero nosotros, Nanako, Kazuhiro y yo acabamos agrupados entre maletines.
«Siento que me voy a ahogar» pensé para mis adentros, tratando de contener la respiración. La gente se apretaba cada vez con más fuerza, y por un momento, sentí algo frío rozar mis piernas, «¿eh? no es posible...», pero antes de poder hacer nada, desapareció de golpe.
Confusa, al girarme, me encontré con Kazuhiro, malhumorado. —Te dije que tuvieras más cuidado— susurró, con los ojos fijos en un punto concreto de la muchedumbre, hacia mi derecha.
Traté de identificar aquello que estaba observando, pero no logré discernirlo.
Nanako, a escasos metros de nosotros, permaneció quieta, seria, observándonos.
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Ligeramente asfixiados, salimos del tren. En el segundo barrio más lujoso de todo Tokio, Omotesandou, dimos vueltas por algunas de las boutiques que Manami había previamente seleccionado en su planning.
Se probó vestido tras vestido: con palabra de honor, sin palabra de honor, con vuelos, sin vuelos, corte princesa, y de sirena, y en su viaje, pasó por numerosas crisis nerviosas que nos arrastraron a todos, hasta que, finalmente, tras desechar montañas de vestidos, acabamos por entrar a la última tienda que había marcado en la libreta de su teléfono.
Las recepcionistas nos guiaron hacia la sala de espera, donde, sentados en dos sofás con una taza de té y un plato de galletas, esperamos a que Manami saliera.
Minato devoraba el aperitivo poco a poco mientras Nanako, sentada en un sillón aparte, tomaba revista tras revista y las ojeaba. —Son todos tan bonitos... —murmuró— entiendo por qué a Watanabe le cuesta tanto elegir.
Kazuhiro, aislado en su teléfono, sentado a mi lado en el sofá, continuó deslizándose por la pantalla.
—Solo es un vestido, tampoco es una decisión de vida o muerte —comentó Minato antes de tomar un sorbo de su té.
Nanako, frunciendo el ceño, cerró la revista de golpe —es un momento mágico— la abrazó, abrazándola contra su pecho— tienes que estar segura de que has hecho la elección correcta, porque después no habrá vuelta atrás.
—Suenas muy emocionada —le respondió Miyoko— ¿tantas ganas tienes de casarte?
—¿Acaso vosotros no? —preguntó Nanako, ladeando la cabeza. Y al ver que ninguno de nosotros contestaba, suspiró— con veinticinco años, creo que ya es momento de empezar a pensar seriamente en formar una familia.
Incómoda, sorbí de mi té.
—¿De verdad? —preguntó sorprendida Miyoko— ¿no crees que te estás precipitando? Casarse tan temprano está pasado de moda.
Pero Nanako, decidida, negó con la cabeza— es el momento, lo sé. Ya he encontrado lo que necesitaba —y con disimulo, se volvió hacia Kazuhiro.
Minato, burlón, se incorporó en su asiento— claro, Miyazaki— apoyando el codo en el reposabrazos, se rió— ¿pero no es un poco pronto?
—En absoluto —le respondió Nanako, tajante— llevo enamorada de él desde hace años. Este es el bueno, el final —de nuevo, se volvió hacia Kazuhiro— ¿verdad?
Kazuhiro, sin embargo, no respondió. Por un momento, vislumbré sus comisuras labiales apretarse, como si fuese a decir algo, pero se resistió. Estrangulando el móvil en su mano, la ignoró.
Pero incluso si él decidía permanecer en silencio, yo no iba a dejarlo pasar. —El tiempo da igual —hablé bajito.
Extrañado, Kazuhiro se giró hacia mí. No obstante, no me atreví a encararlo, y con la cabeza gacha, continué— si el tiempo fuera tan importante, Makoto y yo estaríamos juntos. —Apreté la taza en mis manos, caliente. Reticente, miré a Nanako— pero no funcionó, porque no queríamos lo mismo.
Minato, Miyoko y Reina, avecinando el enfrentamiento, decidieron apartarse, y, con la boca sellada, dejaron el tiempo correr.
Nanako, tensa, luchó por no borrar la sonrisa en su rostro. Temblando, sabía con solo mirarla, que le dolerían las mejillas como me dolían a mí —es lo que queremos —otra vez, estrechó la revista. arrugándola en su regazo. —El tiempo solo es una prueba superada —su voz se tambaleó, inestable— hemos estado separados por más de cinco años y ninguno ha sido capaz de superar al otro.
Viendo su compostura, agitada, entendí que me estaba metiendo en un zarzal enorme. —Ah, no —quise recular— lo siento, no pretendía...
—Suficiente —pero la voz de Kazuhiro me interrumpió. Calmado, se levantó del sofá, caminó hacia Nanako, y sentándose en el reposabrazos del sillón, soltó un pesado suspiro— no hace falta seguir discutiendo —tomó las revistas de sus manos— Nanako...
—¡Ah! — al momento, la radiante sonrisa de Nanako volvió a iluminar su rostro. Alegre, se colgó del brazo de Kazuhiro— ¿quieres ver los vestidos conmigo?
—No, yo... —atrapado, no se atrevió a continuar hablando. En silencio, asintió, serio.
Atónita, le observé, arrejuntado con ella, pasar página tras página. Ellos, mis amigos, sumidos en su propia burbuja, no lo notaron, pero yo sí. El matiz en la sonrisa de Nanako.
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Durante 30 minutos, Nanako habló sin parar de todo tipo de vestidos de novias, espectáculos y ritos de bodas que podían caber en su memoria. A pesar de que mis amigos no tuvieron pega en aguantar su retahíla, yo fui incapaz. Parecía que realmente estaba planeando una ceremonia ficticia.
Terminé huyendo, levantándome de mi asiento y escabulliéndome en el almacén de los vestidos, donde seguramente Manami estaría perdida.
—Casarme... —susurré, acercándome hacia una fila amontonada de vestidos a mi derecha.
Una pequeña e ingenua parte de mí había creído que al volver a Tokio cabría la posibilidad de recuperar a Makoto y cumplir con el rol que nos correspondía, pero en ese exacto momento sabía que todo había sido una ilusión. Una mentira.
Pasé la mano entre los vestidos, colgando. La punta de mis dedos se aventuró a tocar sus volantes de lino y seda. «No hay otro» pensé, «si no es Makoto, no tiene sentido».
Repentinamente, oí pisadas acercarse y me giré. Inocente, creí que sería Manami, pero me equivoqué.
—Kazuhiro... —murmuré.
Con las manos escondidas en sus bolsillos, se acercó. —¿Eligiendo tu vestido de novia sin siquiera tener al novio? —preguntó burlón— qué locura.
—Solo estaba mirando —dije, apartándome de las perchas.
—Ya— rió entre dientes— dime, ¿qué intentabas insinuar con lo de Gran rata y tú?
De nuevo, sentí mi laringe cerrarse, una presión que amenazaba con estrujar mi garganta hasta partirla. Tragué saliva, a duras penas— no parecías estar cómodo, y creí que ayudaría—me rasqué el brazo, tratando de aliviar la quemazón en mi cuerpo— ¿te molestó mi comentario?
Sacudió la cabeza— en absoluto, tranquila —y extendió una de sus manos hacia mi rostro, apartando uno de mis mechones detrás de la oreja— pero tenías razón, tengo que hablar con ella.
Y aunque su tacto fue suave, el tono de sus palabras me resulto áspero. No fue cálido, el tenue roce de su piel con mi mejilla no fue cálido, por más que su sonrisa intentara serlo, porque esa misma mano acariciaba a Nanako. Sus ojos trataban de arrastrarme a la marea en la que, entre el suave oleaje, Nanako flotaba.
—Pero, aprecio tu gesto —continuó— gracias.
Y aunque no era agradable, no pude apartarlo. Por mucho que mi garganta ardía, mis manos y mis pies se entumecieron, incapaces de rechazar su tacto.
—No ha sido nada, ya me lo devolverás —bromeé.
Asintiendo, se alejó para en un segundo, chasquear sus dedos en mi frente.
—¡Oye! —grité, tocándome el golpe— esta ya es la segunda en un día.
—Y las que te quedarán —rió por lo bajo, guardando las manos en los bolsillos de su pantalón— vamos —dijo, dándose media vuelta —seguro que Manami nos está esperando —y caminó hacia la salida del almacén.
Admiré su espalda alejarse, rodeado de vestidos de novia. Consciente de la ironía, esbocé una sonrisa; visualicé el foso que nos separaba, pues lo que él aborrecía, de alguna forma, era lo que yo necesitaba. Y aún estando cada uno en un estrecho, el calor en mi oreja permanecía, como lo haría en sus dedos.
El cosquilleo en mis hombros perturbó mi corazón, que, al recordar su sonrisa, golpeó con fuerza contra mis costillas. Acalorada, deseé que no se fuera.
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Tal y como pasó la última vez, Manami puso patas arriba toda una tienda buscando no un buen vestido para la recepción, sino el vestido perfecto. Encontró varios candidatos aceptables, pero los rechazó todos.
Una vez salimos de la última boutique, Manami se fue directamente a casa para poder preparar la cena de Makoto, y nosotros decidimos terminar el día por todo lo alto en el Music Island, donde muriendo por el ansia viva, Minato, su hermana y Reina se apresuraron a subirse al escenario. Aunque ese día mi tía ya tenía pensado prohibirles subir, decidió hacer la vista gorda y esconder el cartel de micrófono abierto en el almacén.
Acabé sentada en una de las mesas del fondo, frente al sofá de Kazuhiro y Nanako.
—¿Kento hoy no viene? —preguntó Nanako.
Confusa, sorbí de mi zumo de naranja arqueando una de mis cejas «¿por qué tendría que venir Kento?».
—No, me dijo que estaba muy ocupado —le respondió Kazuhiro,
«¿Debería preguntar?» dudé «¿o sería demasiado intrusivo?»
—Pobre —suspiró Nanako— no sé cómo ayudarlo.
«¿Ayuda?» por un segundo, sentí que se habían olvidado por completo de que estaba a su lado. Y al siguiente lo confirmé.
—Déjalo —sacudió la cabeza Kazuhiro— es cosa suya, nosotros no podemos hacer nada.
Carraspeé para hacerme notar, y una vez capté su mirada pregunté —¿le pasa algo a Kento? ¿Está bien?
—Sí, sí —dijo Kazuhiro, sonriéndome con desgana.
Me sentí ajena. El espacio entre los asuntos de Kazuhiro y los míos era borroso. En aquel momento, me di cuenta de que la línea que no debía cruzar, la del foso que siempre nos distanciaba el uno del otro, era mucho más grande de lo que creía.
Sabía que existía, pero no podía manipularla. Saltar al otro lado daba miedo.
Apunté hacia lo alto, hacia mis amigos en el escenario. Apreté dientes, me apoyé en la mesa, y levantándome, les dirigí mis últimas palabras— os dejo disfrutar, me apetece subir.
—Claro, ve —respondió risueña Nanako— nosotros te apoyaremos desde aquí.
Kazuhiro, en silencio, asintió, dándole la razón.
Aquel día, 1 de diciembre, alguien encendió las bengalas de lo que serían fuegos artificiales.
Las sonrisas de los adultos eran efímeras, falsas. Pero sabía que habría una solución, siempre la había.
Conducción, convección, radiación
CONTINUARÁ
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