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-Trigésimo noveno Acto: Formas de apreciar el amor-

Síndrome reminiscente

Algunas veces, mientras caminaba al lado de Kazuhiro, me preguntaba por cuánto tiempo duraría el paseo. Si el puente sería infinito, o si al parpadear, todo se derrumbaría. Me preguntaba cuándo se iría.

De lo único de lo que podía estar segura era de que incluso lejos recordaría mi canción, como yo recordaba la suya.

Perder mi voz en su grito no tenía sentido si no había calor. La distancia crecía continuamente, y ya no bastaba con tocar juntos.

No había nada puro, ni limpio, ni bondadoso o romántico en lo que hacíamos. Su fulgor no era inocente. Sabía que era una mala persona. Pero no podía no serlo cuando nada de lo que amaba me amaba a mí. Y jugué sucio, pero gané. Siempre fui una infiel.

Kazuhiro, yo. Cometimos errores. Él se arrepintió; yo no.


☻☻☻


El cielo del día diecisiete se cargó de nubes y el viento gélido de la calle se coló entre los recovecos del edifico hasta congelar nuestro apartamento.

Como cualquier otro día me vestí, tomé mi bolsa de maquillaje y entré al baño para peinarme y maquillarme.

El día anterior había salido con Kento a buscar un posible regalo para Kazuhiro, pero no conseguí encontrar nada. Pensé en comprarle algún pendiente, pero ninguno me gustó lo suficiente. También miré camisas, bufandas, guantes, CD's, anillos, colgantes y gorros en una infinidad de tiendas, pero ninguno fue el bueno.

Los nervios de la preparación de su fiesta y el no saber qué hacer cuando llegara el momento de darle sus regalos terminaron por dejarme en vela. Las bolsas debajo de mis ojos se habían hinchado más de lo normal.

Suspiré, dejé el maquillaje en la encimera del lavabo y me peiné en una sola coleta alta. Tomé el gotero de mi serum facial y lo apliqué uniformemente. Lo masajeé unos segundos y al acabar, me pasé el masajeador, frío. Después, cogí el bote de base y distribuí varias manchas por mi rostro.

—Haces caras raras cuando te maquillas.

Nada más oír su voz, clara, me giré hacia la entrada del baño. Él, Kazuhiro, riéndose entre dientes, me saludó con la mano, apoyado en el borde de la puerta.

—Es lo que tiene ser tan polifacética —contesté.

—Yo solo veo una cara rara.

Chasqueé la lengua y me volví hacia el espejo de nuevo, ignorándolo. Terminé de difuminar la base y abrí el tarro de polvos translúcidos.

—¿Tienes algo que hacer en la oficina? —le oí desde atrás.

—No —murmuré, nerviosa, y comencé a aplicarme los polvos—. Solo mi reunión con vosotros. Hoy tenéis ensayo.

—Ya... Se ha aplazado —se rascó la nuca— ¿te importa si te pido un pequeño favor?

Confusa, me giré hacia él.

—Nanako me ha insistido mucho en querer pasar el día juntos, a solas.

Asentí— no te preocupes, por un día no pasará nada. Será nuestro secreto.

—Sí, genial —su gesto se volvió serio. Se despegó de la puerta y se acercó a mí con las manos en los bolsillos— intentaré volver pronto para preparar la cena juntos.

—Claro.

Su mano se alzó, pero, como ya era costumbre, se alejó cerrándose en un puño. —Ya me voy.

—Diviértete —ladeé la cabeza.

Nos despedimos con una sonrisa. Me volví a girar hacia el espejo del lavabo, oí sus pasos alejarse, y su reflejo alejarse por el pasillo. Pero, entonces, se detuvo.

—Estás muy guapa —murmuró, sin girarse.

No me atreví a girarme. Aparenté no haberlo escuchado, y continué mi maquillaje, bajo sus pasos.

«Nanako...» recordé su rostro. Me alegró saber que estaba cumpliendo con el plan para su fiesta de cumpleaños. Pero, en la punta de mi lengua se extendió un regusto agridulce ante la idea de haber intervenido donde no debía intervenir.


☻☻☻


En cuanto me aseguré de que Kazuhiro había abandonado completamente el piso, les envié un mensaje a los chicos de MK para que se acercaran lo antes posible. Y en el tiempo de espera aproveché para limpiar el salón y la cocina. Todo debía estar listo para la decoración.

Nada más terminar de inflar la primera bolsa de globos, el timbre sonó, y, haciéndome paso por en medio del mar de globos de colores, con cuidado.

Corrí a la entrada, solté aire y abrí la puerta.

—Buenos días, Ayumi —me saludó Kenichi, alzando una bolsa, acompañado de Hideki y Kento, quien, como él, llevaban grandes sacos de plástico en ambas manos.

—¿Y todo eso? —retrocedí, sorprendida.

—Los ingredientes para nuestro buffet —me respondió Hideki.

—Pero... —examiné la magnitud de las bolsas— ¿necesitamos tanto?

—Bueno... —rió Kento— no sabíamos muy bien qué elegir. Aquí el único cocinillas es Kazuhiro.

—Esto va a salir mal —murmuré.

—¡Qué va! —exclamó Hideki, entrando hacia el recibidor— si solo es cortar, freír, servir.

Escéptica, asentí, y me alejé haciéndoles paso al piso. Ellos, con una breve reverencia, pasaron, se descalzaron y juntos nos dirigimos hacia la cocina del salón para colocar todo y comenzar.

Vaciamos las cinco bolsas en la mesa. Una mole de bebidas, snacks, paquetes de carne y verduras. Comida para un mes.

—¿Dónde está Hiro? —preguntó Hideki.

—Con Nanako —contesté— creí que lo sabíais.

—Qué va —respondió Kenichi, removiendo las comida de la mesa— le dijimos que viniera a ayudar.

—Supongo que ha preferido ser el señuelo y distraerlo —continuó Kento.

—Con tal de que no se le escape nada, todo irá bien —respondió Hideki.

—Sí, aunque... —me abracé— no sé si habría sido mejor idea dejar que lo celebrasen a solas.

—Se pasan el día pegados el uno al otro —contestó Hideki— de vez en cuando tenemos derecho a pasar tiempo con él también, y más cuando se trata de su cumpleaños.

—Pero... —me detuve. Pensé en todo el tiempo que le había arrebatado a Nanako. Todas aquellas primeras veces que podrían habido suyas, pero habían sido mías. Toqué la llave del colgante por encima de la blusa.

Pero, al ver a Kento, pensé en todas aquellas primeras veces que podrían haber sido mías y habían sido suyas en su lugar.

—Tienes razón —dije, en voz baja.

De repente, sentí las palmas de alguien posarse sobre mis hombros, y al girarme, Kenichi me sacudió con suavidad— ¿y bien?, ¿quién va a cocinar?

—Ah, pues... —me volví hacia Hideki y Kento.

Ninguno parecía querer alzar la voz y, nerviosos, apartaron la mirada, removiendo los paquetes de congelados sobre la mesa.

—¿Es muy tarde para contratar a alguien? —pregunté, desanimada.

—Tranquila —se detuvo Hideki— lo intentaremos entre todos.

Recé porque nadie acabara vomitando aquella noche.


☻☻☻


Por suerte todo fue sobre ruedas, o al menos en un inicio. Gracias a las noches ayudando a Kazuhiro en la cocina, mis habilidades culinarias habían mejorado lo suficiente como para poder guiar a los chicos para preparar un buen menú. Eran un poco torpes, pero al menos daban su mejor esfuerzo.

Preparamos pollo karaage en la misma cocina en la que Kazuhiro me había enseñado.

Lado a lado en la encimera, Kento y yo cortamos cada uno un muslo de pollo y lo troceamos con cuidado, Mientras, Hideki y Kenichi cortaron la col y las setas shiitake para las gyozas.

—Hey, Ayumi —me llamó Hideki— ¿después de esto qué tenemos que hacer?

—Ah, pues —me paré. Traté de hacer memoria, y al recordar a Kazuhiro, bajo la luz de la campana, con las manos manchadas, amenazando con mancharme, chasqueé los dedos— añadir ajo, jengibre y la carne picada de cerdo en un bol y mezclar todo con las manos.

—Creo que con toda la carne que hemos comprado vamos a acabar reventando las obleas de las gyozas —murmuró Kenichi.

—No hace falta utilizar toda la carne —reí, asustada.

No es que cocinar con ellos no fuese divertido. Todo lo contrario. Pero, se echaba en falta la figura de Kazuhiro, a mi lado. Era lo que hacía que cocinar fuese algo más. Algo cálido, hogareño, familiar.

Luchando por no pensar en si lo echaba o no de menos, suspiré, tomé todos los trozos del pollo y los embadurné en el marinado que habíamos preparado. Eché un vistazo a Kento desde el rabillo del ojo y le vi, muy muy muy lentamente, trocear el pollo. —Kento —le llamé, pero no se giró— ¿no estás yendo un poco despacio?

Siguió cortando, la mano temblorosa— eso es porque...

—¿Porque... ?

Sus orejas se tornaron de un suave rojo— no quiero cortarme —dijo, con la voz temblorosa.

Atónita, no fui capaz de hablar, pero sí de reírme por lo bajito. Sacudí la cabeza y extendí la mano— si lo prefieres, déjame cortar a mí, y tú calienta la sartén.

Negó con la cabeza— esto es algo personal —y siguió cortando, serio.

—¿Eh?

Solo era cortar unos trozos de carne, tampoco lo veía como un reto importante o como algo peligroso, pero entendí, por esa mirada, determinada, que para él debía significar algo más. Asentí, y saqué una sartén de uno de los armarios.

—No le hagas caso —oí a Hideki decir— se toma todo muy a pecho.

Le miré, confusa— ¿todo?

Kenichi le dio la razón mientras seguía cortando la col— desde que Hiro le domó, ha intentado no parecer un debilucho e ir de chico seguro y valiente. Aunque no lo sea.

—Kazuhiro ¿le domó?

—¡Estoy aquí, ¿sabéis?! —gritó Kento. Molesto, terminó de cortar el pollo y con cuidado lo embadurnó en el marinado junto a mis trozos— no me domó. Y esto no tiene nada que ver con él.

Al escucharle, supe que los chicos tenían toda la razón del mundo. Quería demostrarle que podía hacerlo, incluso si él no estaba presente, y eso era tan adorable como admirable. Risueña, encendí los fogones y saqué el aceite de otro armario. —Kazuhiro es así con todo el mundo, ¿verdad?

Hideki y Kenichi acabaron de cortar todo y se acercaron a mí con Kento.

—¿A qué te refieres? —quiso saber Kento.

Apreté los labios, soltando aire por la nariz— esa manía de rabiar a la gente hasta que se enfrenten a sus problemas.

—Ah, eso —Hideki se pasó la mano por el cuello— yo lo llamaría más bien fobia...

—¿Fo-fobia? —confusa, arqueé mis cejas.

—No es que quiera que se enfrenten a sus problemas —continuó Kenichi—, más bien, no tiene filtros. Lo que algunos entienden como insulto, otro lo toman como una oportunidad de demostrar que son capaces de cambiar, o vencer el miedo.

—Seguro que tú también creíste que era un cretino insensible —asintió Hideki— pero su terapia de choque extrañamente tiene buenos resultados. Fíjate en Kento, se ha vuelto todo un machote.

—Tampoco es como si antes no fuera un hombre —le contestó Kento, ofendido.

De nuevo, Kenichi me tomó por los hombros— es cierto que Kazuhiro suele ser así con todo el mundo, pero —me soltó— pocas personas son capaces de entenderlo y vivir bajo el mismo techo con él.

Avergonzada, desvié la mirada hacia la sartén.

—Y mucho menos son capaces de cantar con él.

Un escalofrío me recorrió la espalda, y me volví hacia él de nuevo bruscamente— ¿como Nanako?

Pero ninguno contestó.

—¿Por qué Kazuhiro se niega a cantar con ella? —volví a preguntar.

Hideki suspiró, tomó uno de los boles de la encimera— porque es un soñador y un cursi —contestó, echando la col y las setas en el bol. Buscó entre las bolsas el paquete con carne de cerdo— por muy buena voz que tenga Nanako, no le hace sentir nada.

—¿No siente nada? —me acerqué a él.

—Es algo ligero. Pasajero. No es Curt Cobain, ¿me entiendes? —suspiró— podría cantar con ella, pero no como ella quiere. —Al encontrar el paquete de cerdo se lo extendió a Kenichi, quien, riendo, tomó su relevo y continuó cocinando en el bol.

Kento decidió ayudarle y juntos, se movieron hacia la mesa.

—Desde que volvió, Ichimura se ha obsesionado con todo esto —siguió Hideki— aunque estén juntos, necesita crear un vínculo más estrecho. Algo que le retenga.

Observé la sartén, el aceite aún no chisporroteaba.

—Cuando volvió hace unos meses y te vio cantando con Kazu se debió sentir muy mal —comentó Kento.

—Le robaron su sueño —prosiguió Kenichi.

Alterada me giré hacia ellos mientras, sonrientes, mezclaban cada uno una bola de carne.

—¡Yo no he robado nada! —exclamé.

—Eso es cierto —Kento me dio la razón—. Fue decisión de Kazu cantar con Ayumi —y me miró de soslayo—. De todos modos, la reacción de Nanako siempre me pareció exagerada. Vale, Kazu es un músico excéntrico, espiritual si lo preferís. Pero no es como si basara todo lo que siente por una persona en la música.

—Ya sabes cómo es Nanako —contestó Kenichi—. Su relación con Kazuhiro siempre ha sido complicada. Ella... —suspiró, dejando la bola de carne en la bandeja de la mesa— no puede confiar en Hiro.

Sentí que se me escapaba algún matiz de lo que contaban. Algo no acababa de cuadrar y decidí preguntar— ¿por qué?

Helados, se volvieron hacia mí. Compartieron una disimulada mirada cómplice, y callaron por algunos segundos, bajando los ojos al suelo. Kento se recompuso y siguió mezclando la carne con sus manos— Nanako vivió una experiencia traumática hace años, en bachillerato.

—¿Una experiencia traumática? —seguí inquiriendo.

Él asintió— encontró a su mejor amiga, Minamoto Saya, con Kazu en un aula vacía, y ellos... —se detuvo. Su mueca se volvió amarga. Sus cejas se tensaron, sus manos apretaron con más fuerza la carne, y sus labios, firmes, trataron de no quebrar su sonrisa, efímera. Me miró, pero no habló.

No hizo falta que dijera nada, lo entendí a la perfección. Asentí, en silencio.

—Hiro se arrepintió —murmuró Hideki— y nunca se lo ha perdonado —y se volvió hacia mí— a día de hoy, estoy seguro de que se sigue sintiendo culpable.

—Pero Nanako nunca lo olvidó. Se lo reprochó incluso cuando dejó Tokio —concluyó Kenichi— seguramente siga pensando en ello.

—Pero, ya no tiene sentido —elevé el tono— son pareja.

Noté las fijas miradas de los chicos sobre mí mientras seguía hablando, serios.

—Kazuhiro nunca la engañaría, estoy segura —dejé mi brazo y con mi pulgar acaricié cada uno de los dedos de mi mano derecha.

Oí el aceite empezar a chisporrotear al fin, y rápidamente me giré. Con delicadeza, tomé un trozo de papel de cocina y fui sacando los trozos de pollo para secarlos por encima antes de echarlos a la sartén.

—A todos nos gustaría que fueran felices —le escuché decir a Hideki.

Les miré. Y ellos, risueños, me devolvieron la mirada.

—Por eso, confiamos en ti para que los cuides —siguió.

—¿N-no es eso innecesario y abusivo? —pregunté.

—Quién sabe —rió.


☻☻☻


Codo con codo cocinamos durante toda la tarde. Cortando, horneando, friendo y sirviendo (y robando de vez en cuando algún apertivo), como bien había dicho Hideki. Procuramos que todo quedara a la perfección, pero no contamos con un detalle.

Mientras con la ayuda de Kento colocaba las velas de cumpleaños del pastel shortcake, Hideki y Kenichi terminaron de inflar los globos y pegarlos con las serpentinas en la ventana de la terraza, donde colgamos su pancarta,

—Tiene que quedar en el centro —murmuré, concentrada.

Estaba a punto de colocar la vela del seis cuando, de la nada, el sonido de un teléfono me interrumpió.

—Creo que es el tuyo —me dijo Kento.

Tuve cuidado de no arruinar el pastel y, mordiéndome la lengua, saqué el teléfono de mi bolsillo y leí el número.

—Kazuhiro... —susurré.

Kento, alertado, se apartó é y llamó a los chicos —¡Hideki, Kenichi!

Kenichi y Hideki se volvieron hacia nosotros— ¿qué ocurre? —preguntó Kenichi.

Preocupada, me acerqué a Kento, y al terminar de leer el mensaje de texto, le extendí el teléfono. Derrotada, me desplomé en la silla, acariciando la vela.

—Nanako está en el hospital, se ha vuelto a caer —leyó en alto Kento— no volveré a casa. Lo siento.

Mi garganta se cerró y, acongojada, cerré la mano en un puño.

—No —dejó el teléfono en la mesa— esto no va a acabar así —me encaró— Ayumi, nosotros cuidaremos de Nanako. Conseguiremos que Kazuhiro venga, como sea. No vamos a dejar que tu esfuerzo haya sido en vano.

—¿Ah, sí? —preguntó Hideki.

Kento, cabreado, frunció el ceño, ladeando la cabeza.

—Digo, ¡sí, eso mismo haremos!

—Pero...

—Déjalo en nuestras manos —me interrumpió Kenichi.

Pensar en no celebrarlo todos juntos era triste. Se habían esforzado tanto como yo en que todo saliese bien, y se lo merecían. Pero, al verlos tan decididos, no tuve otra opción más que inclinarme en una reverencia— ¡gracias!


☻☻☻


Sentada frente a la tarta, recordé mi celebración. Una fiesta viva, con todos mis amigos, y mi tía. Pero Kazuhiro no podría tener nada de eso. Y yo, que lo viví en carne propia, sabía qué tan cruel podía resultar una celebración sin nadie con quien celebrar. Sin música ni cañones de confeti. Mentira.

No estaba sola, las manecillas del reloj tenían una escucha: me tenía a mí.

—¡Estoy en casa! —escuché su grito desde la entrada.

Oí la puerta cerrándose y sus pisadas se acercaron lentamente.

—Esto es deprimente, pero... —me di tres suaves palmadas en los mofletes, y tracé una sonrisa inquieta.

La puerta del salón finalmente se abrió. Entró como siempre, desganado pero con esa expresión macarra—hasta que vio la comida.

Paralizado, alzó las cejas— ¿eh?

—Feliz cumpleaños —reí, nerviosa.

Comenzaba la noche de mi primer diecisiete de diciembre con Kazuhiro.

Síndrome reminiscente 

FIN DEL CUARTO VOLUMEN

CONTINUARÁ

(Espacio para las ilustraciones extras que no se han podido subir hoy)

NT*: Bueno, ha tardado más de lo esperado, pero he aquí el final del 4to volumen de FSET. Lo siento por la demora, esta ilustración se resistía, y mi estado anímico no ha sido el mejor este mes, ni el anterior. Quiero vencer al síndrome del impostor, intentar demostrarme que soy capaz de acabar FSET, aunque tenga bajones. 

Respecto al volumen, bueno, qué decir... Si el destino, Dios y el universo así lo quieren, la semana que viene deberíamos comenzar el 5to. Y cada vez más cerca del 6to... Qué ganas!! Gracias como siempre a los poquitos que me leéis, que me soléis aparecer por ahí cuando releéis FSET, y me dais una alegría. Gracias, gracias y gracias, estad atentos, que en nada se acaba este recopilatorio!  さよ ❣

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