-Trigésimo primer Acto: El cerrojo de la clarividencia-
Relámpago epifánico
Aquella noche nevó, pero a ninguno le importó, porque, tras 25 años de constantes patinazos, había llegado al punto en el que había nieve suficiente con la que estancarme.
Viví encubriendo mi vida con mentiras, capas de secretos. Me hice la mejor amiga de una máscara efímera, me olvidé de lo fácil que era simplemente sonreír, disfrutar.
Sobre la palma de Kazuhiro, di vueltas en círculo, esperando el día en el que cerrara su mano en un puño.
La línea que nos separaba se decoloró. El muro se derrumbó frente a mis ojos, y solo entonces comprendí que Kazuhiro era tan malo como yo. Debía escapar de él. Pero no lo hice.
No pudimos huir de las luces de Tokio, nos envolvieron en su mentira, enterramos nuestros cuerpos en ella y nos tomamos de la mano. Fingí todo, sin fingir nada.
Mi deseo no fue concedido, y lloré gritándole al viento.
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Al día siguiente, tras salir del baño con una coleta baja recién hecha y vestida en mi pijama, caminé hacia el salón, desde donde, como llevaba sospechando desde hacía media hora, vi el torrencial caer.
—No va a parar... —musité.
Cayendo a trompicones, con fuerza, grandes y agresivas gotas golpeaban el cristal del balcón, empujadas por fuertes ráfagas de viento, dibujando líneas erráticas y serpenteantes sobre las ventanas, empañadas. Ambos, Kazuhiro y yo, al oír el sonido de la lluvia, nos habíamos acercado a la terraza para observar el paisaje, oscurecido por pesadas nubes que obstaculizaban cualquier rastro de luz.
Cruzada de brazos, suspiré, desviando la mirada hacia Kazuhiro, quien serio, no apartó la vista del diluvio. —¿Qué vamos a hacer? —pregunté.
—Es muy poco probable, pero hay alerta de tifón —contestó, sin apartar los ojos del cristal— por suerte, Okamoto llamó hace una hora, porque han cancelado mi entrevista en la radio —encontré sus ojos de soslayo— si amaina, iré al estudio, pero, por ahora —agachó la cabeza, dándose la vuelta, y caminó hacia la mesa— lo mejor será quedarnos en casa.
Asentí— no creo que me necesiten en la oficina —le seguí— así que podemos tener una mini entrevista aquí.
Sonriente, se sentó, elevando el rostro hacia mí— dejemos eso para luego. Ahora, a desayunar.
El sonido de la tormenta, aún sin rayos ni truenos, hizo de banda sonora.
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Como ya me esperaba, mi tostada se enfrió, pero al menos seguía siendo comestible, no como el día anterior. Y a pesar de que el desayuno de Kazuhiro seguramente también estuviera frío, no dijo nada. Estaba demasiado ocupado enviando mensajes por teléfono, entre risillas.
—¿Hablando con Nanako? —pregunté.
Apartó los ojos de la pantalla y asintió— dice que tiene una gotera en casa y se acaba de dar cuenta —se rió entre dientes —está cada dos minutos cambiando el cubo de agua.
—¿No crees que es cruel reírte de sus desgracias? —mordí mi tostada— deberías estar preocupado.
—Lo siento, pero dejé de preocuparme en el instituto —tomó la tostada en su mano— al tercer altercado con el microondas, acepté que simplemente es ese tipo de persona que acabará muriendo al resbalar con una cáscara de plátano.
—Con eso solo le das más razón a mi punto —dije, llevándome la mano a la frente.
—Como sea —apagó el teléfono, dejándolo en la mesa, y se inclinó en el respaldo de su silla, cruzándose brazos— ayer hablé con ella sobre lo de conocer a sus padres y el tema del compromiso.
Tragué saliva— ¿y qué tal fue?
Suspiró— le dije que aún era muy pronto, y no era buena idea precipitarnos— se rascó la nuca— al principio se decepcionó, pero entendió mi punto.
—-¿Significa eso que no conocerás a los Ichimura?
—Me he librado —rió entre dientes, alzando los dedos en el símbolo de la victoria.
—Por ahora.
Molesto, chasqueó la lengua— lo que sea, por lo menos no tendré que volver a oír el tema en un largo tiempo.
Tomé la taza en mis manos— ¿tan malo sería casarte? —pregunté, con miedo.
Kazuhiro, burlón, tomó un sorbo de su café, tratando de contener la risa— salir con Nanako, incluso si es algo serio, no es lo mismo que firmar en el registro. Aún hay una veda abierta, y si puedo, voy a luchar por mantenerla así todo lo posible.
Perpleja, dejé el café en la mesa de golpe —¿qué? Pero... —mis manos, temblorosas, no se despegaron de la taza— ¿estás diciendo que no piensas acabar con Nanako?
—¿Creías que era la definitiva?
—¡Pues claro! —exclamé, levantándome del asiento con las palmas apoyadas en la mesa— ¿qué sentido tiene empezar una relación si no es con metas hacia el futuro?
—Una adulta —respondió, sereno— y realista.
—Kazuhiro... —cerré las manos. —Si esa es tu idea de relación, no va a llegar a nada.
—¿Por qué? —preguntó, apoyando la cabeza en su palma— ¿porque no hay ningún papel estúpido que pruebe nada?
—No es solo un papel. Es un futuro, el uno al lado del otro, para siempre.
—Ese es el problema —suspiró— todo ese rollo es demasiado restrictivo, anula cualquier posibilidad futura, y... —hizo un parón, reservándose las palabras. —No me gustaría hacerle daño.
No era la primera vez que decía algo parecido, pero sí fue la primera vez que sus palabras me dejaron ver más allá. Por un largo tiempo creí que el miedo de Kazuhiro era no ser correspondido, después pensé que sería el compromiso, pero iba más allá.
—No —me dejé caer sobre la silla, cabizbaja— no es solo eso.
—¿Ah, no?
Elevé la cabeza, hice contacto visual con él, pero no fui capaz de verbalizar mis pensamientos. Sumida en un remolino, le observé en silencio, bajo la mira de la tormenta que seguía golpeando nuestro cristal.
«Es el tiempo» pensé para mí «el tiempo te devora». Recordé la expresión de la chica del pelo castaño claro, rozando el tono ceniza, con ondas y uñas largas, decoradas con pequeños cristales. Recordé a Yuka.
—Asentarte en la rutina da miedo —murmuré— cerrar un pacto por un lapso de tiempo tan corto en tu vida, pero tan largo en la distancia.
No habló. Piqué su curiosidad, y atento, decidió limitarse a escuchar.
—No sé si Nanako será la definitiva —lo miré— pero estoy segura de que para descubrirlo, tendrás que ceder. Tarde o temprano, alguien te hará firmar miles de papeles estúpidos, o te arrepentirás.
Sorprendido, alzó las cejas. Asintiendo, se incorporó en su silla, tomando la taza en su mano— tu optimismo es de admirar, sin dudas.
—No es optimismo —contesté, seria.
Ninguno de los dos se atrevió a continuar la conversación. En el silencio, la lluvia pareció mutar en una carcajada que terminó por invadir todo el salón, como una sinfonía caótica, reverberando en el aire, siguió la cadencia de un martillo imaginario.
«Está mal» solo lo pensé. «Pero, ojalá que no sea Nanako»
Kazuhiro debería haber revisado sus mensajes.
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Al acabar de desayunar, limpiamos la vajilla codo con codo en la isla de la cocina, y una vez dejé el último plato en su estante, me fui a mi habitación. Rebusque en mi bolso, saqué la grabadora y mi libreta, y al volver al salón, encontré a Kazuhiro sentado en el sofá, ensimismado con un cubo de rubik. Riendo entre dientes, me senté junto a él.
Revisé por encima mis apuntes y, entre notas y preguntas tachadas, descubrí una que nunca llegué a hacer. «¿Qué significa Mystical Key?»
Le eché un vistazo de reojo, seguía jugando— Kazuhiro —pero al segundo, mi voz captó su atención— cuéntame más sobre el nombre de vuestro grupo, Mystical Key.
—Ah —esbozó una sonrisa, y dejó el cubo en la mesa— interesante pregunta —murmuró— ¿a qué viene el interés tan repentino?
—Pues... —tomé la grabadora de mi regazo, encendiéndola— el otro día Kento mencionó algo sobre el día en el que por fin nombraste a la banda. Pero en ningún momento aclaró por qué ese nombre fue Mystical Key.
—Al principio, tocar solo era un pasatiempo. —respondió. Calmado, se recostó en el respaldo del sofá— pero cuando ingresé a la universidad, Kento insistió en tomar bolos en bares, y aunque pagaban poco, accedimos. Entonces, nos dimos cuenta de que necesitábamos un nombre con el que poder presentarnos.
—¿No querías dedicarte a ello?
—No es que no quisiera —vi algo en sus ojos reluciente, casi cristalino— es que creía que estaba fuera de mi alcance.
Su expresión guardaba algo un poco más brillante, un poco más radiante, algo más acogedor de lo normal. Pues, en sus ojos, el brillo del mar que tan bien conocía y casi había conseguido memorizar, se aclaró. «No es justo» pensé, «no es nada justo».
Ignoré el emergente calor subiendo por mi pecho. —¿Por qué decidiste que ese nombre fuese Mystical Key?
Su expresión se relajó— Durante los últimos años de carrera, Kento estuvo saliendo con una chica que conoció en clase. Una repulsiva víbora que en repetidas ocasiones le fue infiel, lo manipuló y humilló.
Paré la grabación de golpe— Kazuhiro, ¿no crees que referirte a alguien por repulsiva víbora es poco apropiado para una entrevista?
—Sí, sí, córtalo y problema zanjado.
Suspirando, volví a apretar el botón.
—Aún siendo una mala persona, Kento la seguía queriendo, por lo que decidí no entrometerme más en su relación.
—¿En serio? —pregunté, sorprendida— eso no me lo esperaba.
—¿Qué crees que soy? ¿Un monstruo entrometido que disfruta haciendo infeliz a la gente?
—Pues... —bisbiseé, llevándome el índice al labio— sí, algo así.
Molesto, chasqueó la lengua— volviendo al tema —continuó— después de dos años de insufrible relación, terminaron por romper definitivamente, y yo, como su mejor amigo, soporté sus constantes lloros.
La historia que contaba comenzó a cobrar forma, y enseguida la reconocí— y le llevaste al Music Island— intuí.
Me dio la razón, asintiendo— aquella noche entramos con la intención de cantar en su micrófono abierto, pero alguien había tomado el escenario y no lo parecía querer soltar.
Sentí la pesadez acumularse en mi garganta. Sabía qué camino tomaría, y antes de dejarle seguir, decidí apretar el botón de pausa.
—Dio un discurso conmovedor en contra de la industria musical, insultó varios sellos discográficos y después de terminarse el que parecía su tercer botellín de cerveza, se puso a llorar.
—Kazuhiro, yo...
—Pero se rió — me interrumpió. Su sonrisa, enternecida, se dirigió hacia el televisor, apagado. —Sonriendo, tocó y cantó animando al público a insultar, gritar y divertirse porque, según ella, no había que temerle al siguiente rechazo.
La narrativa de la noche que describía se veía borrosa en mi memoria. Traté de recordarla, pero no pude.
—En cuanto Kento la escuchó, olvidó todo. Se lo pasó en grande, pasó página y...
—¿Y tú? —le corté.
—¿Yo? —pícaro, se despegó del respaldo del sofá. Encorvado, con las manos cruzadas, siguió— quedé mesmerizado —sus comisuras, curvadas en una sonrisa desafiante, dejaron escapar una pequeña e insípida risilla. —Me hizo recordar a una ráfaga sin viento. Sus gritos se perdían, dejaban un hilo fino, delicado, en el aire. Capaz de detener el tiempo, de jugar con él, con una única palabra. Dos agujeros negros colisionando, y el remanente de ondas gravitacionales pululando por el aire.
Pese a no entender parte de sus palabras, sabía lo que significa una ráfaga sin viento. Lo comparé con la despedida de un saludo, o un beso hecho pellizcos en la espalda. Así era Kazuhiro.
Apreté la grabadora en mi mano, sin saber muy bien qué incluir y qué no, decidí no pulsar el botón.
—Pensé que a mí también me gustaría ser así —miró al suelo— ser lo suficientemente valiente como para aceptar mi debilidad.
Escéptica, chasqueé los dedos, arañándome el dorso de la mano con la uña del pulgar. —¿Yo? ¿yo era valiente? Si solo era un cordero...
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos. Frunció el ceño— un cordero con garras y colmillos.
En un abrir y cerrar de ojos, el ambiente de alrededor se transformó. Su expresión, y el silencio embellecido por la lluvia, me atraparon. Era una trampa en la que estaba dispuesta a caer.
—Pero da igual —continuó hablando— aunque quise hablar con ella, no pude.
Confusa, esperé a que prosiguiera.
—Esperé con Kento a que acabara y a que el bar cerrara, pero según lo que una de sus camareras me dijo, se fue con sus amigos. —Volvió a acostarse en el sofá, de brazos cruzados— tardé en volver a Music Island, pero no me olvidé de ella —su tono de voz se volvió un poco más grave, tranquilo— y un día, Kento convenció a Hideki y Kenichi para ir al bar, los cuatro, y escucharla.
«Los cuatro».
—Todos creíamos que era fantástica, y por eso, desde entonces, decidimos ir a verla cada fin de semana —justo entonces, su gesto, hasta ese momento serio, se turbó. Una sonrisa, inestable, volvió a fruncir su ceño— pero por mucho que lo intenté, nunca pude llegar a hablar con ella. Siempre que bajaba del escenario, parecía aislarse en la mesa de sus amigos, y se volvía inalcanzable.
«Con mis amigos». Si lo que creía se correspondía con la época que Kazuhiro relataba, Makoto debía haber estado ahí.
—Al cabo del tiempo, en una noche, me di por vencido, y en lugar de buscar la excusa para hablarle, decidí salir a fumar detrás del bar.
Vi por dónde iba y no me gustó. Otra vez, la pesadez en mi garganta trató de ahogarme. Mi pecho dolió.
—No la vi salir con él, pero presencié la escena —suspiró— por primera vez, la vi llorar, y solo y únicamente llorar.
Recordar el momento exacto en el que Makoto tomó mi carta, e hizo añicos mi corazón, escoció más de lo que pensaba que lo haría. Pues, por mucho que lo había intentado, su mueca permanecía aferrada en mi mente. Y saber que alguien más había estado presente en el que fue el más patético momento de mi vida, lo hacía todo más difícil.
—Él volvió al bar, y ella se quedó ahí lamentándose por no sé, ¿una hora? Comprendí que la imagen que había construido de ella no era la real. Y decepcionado, me fui.
—¡Oye! —exclamé, ofendida— ¿no decías que tenía garras y colmillos?
—Sí, pero eras un cordero. Con garras y colmillos, pero un cordero.
Molesta, apreté dientes.
Apoyó la cabeza contra el respaldo, elevando la barbilla hacia el techo— esa noche toqué con mis amigos por primera vez en el Music Island. No nos llegó a escuchar, pero ya no me importaba.
Sabía que no era su intención, pero sus palabras, indiferentes, me hirieron, como un rasguño en la nuca.
—O más bien, creía que no me importaba.
Pero, rápidamente, la herida se volvió una caricia tímida. Confundida, arqueé una de mis cejas.
—Durante semanas, tarareé sus canciones, e incluso llegué a soñar con... —al momento, se paró, tratando de enmendar sus palabras— con ella. Volver a verla se convirtió en una obsesión.
«Yo...» el calor en la nuca subió. Quise encubrir la sonrisa, pero no pude, «¿su obsesión?»
—Kento había contactado con varios productores, y me estuvo insistiendo en formar una banda real, apostar por nosotros y tratar de triunfar como un grupo. Pero me negué, discutimos, y volví al bar, solo, para buscar a aquella chica de una vez por todas.
—Volviste... —musité. Mi sonrisa desapareció, se evaporó en el recuerdo de mis maletas, y el pasaje de avión. —Pero yo...
—No sabía que se había ido, desde hacía mucho, mucho tiempo. Cada día que podía me presentaba y la esperaba. En el bar, en la barra o en las mesas. En la entrada y en la parte trasera del bar. Pero no aparecía.
Un cosquilleo interno, en mi estómago y en mis manos, subiendo por mi garganta hasta mis labios, me invadió. Removida por las palabras de Kazuhiro, pregunté— ¿por qué? —mi voz tembló— ¿por qué me esperaste tanto?
Separó el cuello del sofá, inclinándose hacia mí— porque necesitaba volver a verte —me paralizó— durante mucho tiempo había vivido recluido, atado, no veía más allá. Pero tú, con tu sonrisa —extendió la mano, colocándome un mechón por detrás de la oreja— tú tenías eso que necesitaba.
Su mirada me robó la voz.
—Mai terminó por contarme todo sobre tu cobarde huída. Pensar que habías sucumbido a lo que Takagi decía me cabreó, y terminé por arrancar uno de los posters del bar para llevárselo a los chicos —se apartó— el nombre vino solo a mi mente mientras corría por Shibuya.
—¿El nombre?
—La llave que me liberó de los grilletes que llevaba a la espalda —contestó— misteriosa, inalcanzable, de ensueño. Algo que aún no he conocido. Eso es Mystical Key —su tono de voz se tornó dulce— eso eres tú, Ayumi.
Repentinamente, una luz iluminó toda la habitación y a los pocos segundos, el sonido de un trueno retumbó en todo el piso. El impulso volvió. De hecho, nunca desapareció, pues, pese a estar tan lejos, sentía a Kazuhiro cerca, muy cerca.
No sabía qué significarían esas palabras para él, pero para mí significaron más de lo que podría haber imaginado. Pues, frente a mí, esa misma mueca que durante dos años me había estado torturando, mutó en la forma de una espesa nube de nicotina.
«No está bien» me repetí, luchando por anular ese impulso. La idea descabellada de concluir lo que no acabamos nunca; y estrechada entre sus brazos, robarle beso a beso el aliento. El sonido de la lluvia lo encubriría todo. Todo.
—Yo... —tragué saliva, arañando la grabadora en mis manos. —No creo que sea buena idea añadir nada de esto.
—No —asintió— prefiero que sea un secreto, entre tú, y Mystical Key.
De nuevo, un relámpago iluminó la habitación, y al poco, oímos el trueno.
«No está bien» volví a pensar. Y en silencio, me acerqué a él, mi mano, temblorosa, se alzó— Kazuhiro, no sé si... —pero, justo antes de poder llegar a rozar su mejilla, el sonido del timbre me interrumpió.
Me hizo despertar, caer en mis cabales. —Y-yo... —avergonzada, me separé.
—¿Ayumi...? —y él, extrañado, ladeó la cabeza.
—¡Iré a ver quién es! —exclamé, levantándome bruscamente del sofá, corrí hacia la salida.
Caminando hacia el recibidor, con la mano al pecho, respiré lentamente, luchando por recobrar la compostura «¿qué demonios ha sido eso?» me pregunté. Tomé el asa de la puerta, creyendo que sería un repartidor. Sin embargo, estaba equivocada, pues al abrir, quien me saludó no fue otra sino ella.
Pelo rizado, acaramelado, y sonrisa espléndida. —¡Miyazaki, te traigo...! —exclamó, elevando la bolsa en su puño, con el logotipo de la pastelería de la estación. Pero al verme, se detuvo— un pastel... —terminó de decir en voz baja.
Ambas nos quedamos heladas.
—¡Ayumi, no abras! —oí el grito de Kazuhiro detrás de mí, corriendo atropelladamente hacia la puerta. Pero ya era demasiado tarde.
—¿Miyazaki?—preguntó Nanako con voz temblorosa.
La verdadera tormenta no estaba en la calle, estaba en mi piso. A dos de diciembre.
Las nubes de noviembre nos avisaron y no hicimos caso. Kazuhiro no debería haber apagado su teléfono.
Relámpago epifánico
CONTINUARÁ
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