-Trigésimo sexto Acto: Cotidiana inhabitualidad-
Aforismos y otros placeres de la cobardía
En aquellos años en los que vivía de ensobrados y buscaba dinero hasta debajo de los muebles del salón, tenía pocas costumbres. Cada día era una nueva aventura; pero pocas de ellas tenían un final feliz.
Dar tumbos por la calle con mi guitarra y tocar en los sitios más insospechados, llegar al bar a las tantas, y trabajar mi turno: esa podría haber sido la tan sonada rutina de la que los adultos, trajeados, oficinistas y secretarias, de los izakaya que frecuentaba de vez en cuando, hablaban. Ingenua, estaba segura de que su horario no incluía prenderle fuego al coche del CEO de una discográfica.
De un día a otro, bajo luces níveas, le encontré. Me desperté en su regazo. El plan perfecto: me guió, yo me dejé ser guiada. Las manecillas del reloj sonaban más lejos cada vez que Kazuhiro se acercaba un poco más.
Construimos más muros por temor a vernos con claridad. Esa sonada rutina se volvió impredecible; feliz, me abracé a la mentira.
☻☻☻
Como cualquier otro día, Nanako se fue la primera hacia la academia de Hideki, y al poco, Kazuhiro y yo salimos directos hacia la sede de Cinderella para dejar las cintas del día anterior.
Inesperadamente, al entrar a mi departamento, el ambiente se había descontrolado; los gritos se oían desde el pasillo.
—¿Qué está pasando aquí...? —murmuré nada más cruzar la puerta.
Megumi y Katashi vociferaban en una acalorada discusión en medio de la oficina: Koko estaba aislada en su mesa, hablando por teléfono con dificultad; y Ryuu recogía documentos, carpetas, hojas, que Takahashi no dejaba de lanzar por los aires.
—¿Hola? —pregunté, alzando la mano— ¿se puede saber qué demonios estáis haciendo?
Al identificarme, todos y cada uno de ellos corrieron histéricos hacia mi, hasta acorralarme en mi escritorio.
—¡¿Se puede saber por qué le has dicho a Megumi que estamos saliendo?! —exclamó furioso Katashi, acercándose.
Seria, retrocedí, mirando a Megumi— ¿q-qué? —pregunté, pero ella no respondió. Se limitó a cruzarse de brazos.
—Esto... —irrumpió Ryuu— ¿alguien por favor puede hacer de canguro de Takahashi hoy? —dijo en voz bajita.
—¡Te he oído! —saltó Takahashi.
—Esperad, uno por uno... —traté de calmarlos.
—¡No hay tiempo! —me interrumpió Koko, haciéndose paso entre Ryuu y Katashi hacia mí —Ayumi, necesitamos que vuelvas a llamar a Kudou, ¡rápido!
—Pero... —volví a intentar hablar, pero sus berridos me obnubilaron por completo, y, harta, me desplomé en la silla.
Era una discusión multidireccional: entre ellos, hacia mí, e incluso hacia ellos mismos. Una discusión sin forma, ni sentido, ni principio ni objetivo. Hasta Ryuu parecía estar a punto de llorar.
—¡¿No podéis haceros cargo de Takahashi por un mísero día?! —desesperado, Ryuu se llevó las manos a la cabeza.
—¡Que no me trates como una cría, vejestorio! —le replicó ella.
—Yo creo que... —traté de pronunciarme, sin éxito.
—¡Ryuu, Takahashi es el menor de mis problemas!, ¡necesito saber por qué Ayumi ha caído tan bajo! —pues Megumi me interrumpió.
—¡¿Estás insinuando que salir conmigo es caer bajo?! —le respondió Katashi hecho una furia.
—Chicos, yo... —de nuevo lo intenté, pero daba igual cuántas veces probara a hablar. A cada intento, alguien me cortaba de inmediato.
—Está claro que el peor partido en esta sala es Ryuu —asentó Koko— así que, ¿podemos volver a lo de Kudou?, estamos perdiendo dinero y tiempo.
«Esto es ridículo».
—¡Katashi! —otra vez, Megumi desvió el tema— ¡¿acaso estás jugando con Ayumi?!, ¡ya ha sufrido mucho, no necesita que nadie le haga más daño!
«Demencial incluso».
—¡Que no estamos saliendo! —insistió Katashi.
Harta, di un fuerte y sonoro golpe en la mesa, callando con él sus discusiones. Solté un suspiro, cruzándome de brazos— para empezar, Katashi y yo no estamos saliendo —aclaré— quedamos un día para beber, como colegas. Nada más. —Sonriente, desvié la mirada hacia él, esperando que me siguiera la corriente.
—Exacto —asintió— somos colegas, solo eso.
—Pero... —desanimada, Megumi giró la cabeza repetidas veces, alternando entre los dos, exclamó— ¡¿por qué nadie me invitó?!
Crispado, Katashi tomó una revista de mi mesa, la enrolló, y le dio un golpe en la cabeza a Megumi.
—¡Oye, que eso duele! —se quejó ella, acariciándose el chichón.
—Ahí tienes la respuesta —concluyó él.
Tomé aire, lo solté lentamente, y me volví hacia Ryuu. —Si tantos problemas te da Takahashi, por hoy se puede quedar conmigo —dije, a regañadientes.
—¡Pero, yo...! —molesta, Takahashi pensó en contraatacar, pero, reticente, decidió callarse. Chasqueó la lengua, y apartó la mirada.
—¡Gracias Ayumi, eres un ángel... ! —entusiasmado, Ryuu caminó hacia mí con los brazos extendidos.
—Pero —rápida, alcé la palma, interrumpiéndolo— a cambio, corregirás los dos últimos artículos que tengo sin publicar sobre "rutinas de autocuidado para reducir el estrés" y "diez productos a evitar para una piel tersa y brillante".
—¿E-eh? —tartamudeó. Blanco, no fue capaz de hablar. Por un momento, creí que se negaría, pero en cuanto se volvió hacia Takahashi, tragó saliva.— Todo lo que sea con tal de no estar cerca de ese monstruo —murmuró, retrocediendo.
Finalmente, desvié los ojos hacia Koko. —Llamaré a Kudou, mientras tanto —deslicé la silla— volved al trabajo.
Calmados, asintieron, alejándose cada uno a su mesa. Yo, un pelín nerviosa, me levanté y caminé hacia Kazuhiro, quien, sentado en el sofá de la oficina, hojeaba revistas.
Tomé la que tenía en sus manos, y él, antipático, elevó la mirada— ¿ya has acabado?
—No, aún no —cerré la revista y la tiré a la mesa—. Necesito que llames a Yuka.
Burlón, dibujó una sonrisa. Se levantó del sofá y sacó su teléfono de uno de sus bolsillos— no puedo asegurarte que venga —me advirtió, buscando entre sus contactos.
—Primero habrá que intentarlo —respondí.
Rió por lo bajo, y alzó la mano. La vi acercarse, pero, sobre mí, a escasos centímetros de rozar mi pelo, se cerró en un puño. La alejó, llevándola hasta su nuca. —Iré a llamarla —musitó, rascándose. Avergonzado, su expresión se tornó más gentil. Desanimado, caminó hacia la puerta, dándome la espalda.
«¿Ibas a tocarme?» no me atreví a sacar esa pregunta de mi garganta. Inmóvil, observé su figura desaparecer, prendada. Me forcé a reprimir todo arrepentimiento.
—Señorita Kougami —oí a alguien llamarme detrás de mí.
Me giré, y, ligeramente aturdida, sonreí— ¿qué ocurre Takahashi?
—Me gustaría saber qué hacer para ayudar.
—Ah, pues... —me volví hacia las mesas de mis compañeros.
Era un día cualquiera.
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Por suerte, Yuka fue capaz de hacernos un hueco en su apretada agenda y venir a echarnos una mano. En menos de veinte minutos ya estaba en el edificio; y en una hora exacta maquilló y peinó a las dos modelos.
Al acabar, las puertas del camerino se abrieron, y las chicas, listas para la sesión de fotos, fueron escoltadas por Koko al set, mientras que yo, junto a Kazuhiro, entré a la sala, donde Yuka recogía sus materiales frente al tocador.
—Kudou —la llamé— aquí tienes —y me incliné en una modesta reverencia, extendiéndole el cheque con ambas manos— gracias por tu trabajo.
Sorprendida, dejó de recoger. Riéndose por lo bajo, asintió, me devolvió el gesto y tomó su cheque— gracias a vosotros, por recurrir a mí. —Guardó el cheque en un bolsillo del maletín y continuó recogiendo. Pero, en un momento, al volverse hacia nosotros para tomar una paleta de sombras, hizo contacto visual con Kazuhiro, y su expresión, calmada, se rompió en una tensa sonrisa— ¿me has echado de menos? —murmuró en un tono burlón.
«¿Echado de menos?» me pregunté, «¿de qué está hablando? Si ellos...»
Él, con las manos en los bolsillos de su pantalón, se limitó a encogerse de hombros.
—¿Qué tal con Ichimura? —continuó preguntando Yuka.
—Nos va bien —le respondió— no hay nada de lo que te debas preocupar.
—Ya —suspiró, colocando la paleta en el maletín— no suenas muy convincente —comentó, sin dirigirle la mirada.
—¿Ah, sí? —rió Kazuhiro— ¿qué insinúas?
Yuka, calmada, tomó la cremallera del maletín y, tirando de ella, me lanzó una mirada indiscreta— lo siento, mis labios están sellados. —Tras cerrarla, colocó la maleta en el suelo, y tomando sus asas, se volvió hacia Kazuhiro— lo importante es que seas feliz. Si de verdad crees que Nanako es a quién necesitas para ello, entonces sí que no tengo razones por las que preocuparme. O al menos, fingiré que no hay nada más detrás de aferrarte a lo que otras personas creían que era la única lícita.
Incapaz de seguir el hilo de su conversación, un puzzle al que le faltaban piezas, decidí mantenerme en silencio. Pese a notar cierto resquemor en las palabras de Yuka, su tierna sonrisa me confundía; no podía ver con claridad qué pensaban el uno del otro, si eran amigos, o solo un par de ex-amantes. Yuka y Kazuhiro hablaban en otro idioma, uno imposible de descifrar.
El foso que nos separaba no me entristecía tanto como me molestaba. Su secretismo, esa extraña complicidad, me frustraba del mismo modo en el que la idea del beso entre Kazuhiro y Nanako lo hacía; como Makoto y Manami lo harían.
—¡Señorita Kougami! —repentinamente, un grito nos interrumpió.
Extrañada, caminé hacia la salida del camerino, y al asomarme al pasillo encontré a Takahashi con la lente de una cámara en una mano, y en la otra el cuerpo desmontado del artefacto.
—Takahashi... —helada, tragué saliva, y la apunté con el índice— ¿acabas de romper eso?
—Yo... Quería cambiar el nivel... No se movía, pero giraba, pero... Y entonces, giró, yo no quería... Y...—nerviosa, agachó la cabeza— ¡lo siento muchísimo!
Focalicé toda la ira y desesperación en exhalar una enorme bocanada de aire. Me volví hacia Kazuhiro y Yuka, me despedí alzando la mano, y salí, rumbo a echarle la bronca a mi aprendiz.
Ese día, Takahashi aprendió a enfocar (sin dañar el equipo).
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Tras la sesión de fotos, Takahashi y yo acompañamos a Kazuhiro a su reunión con los chicos en el estudio de New Rocky Records. Intenté dejar a Takahashi hacerse cargo de las preguntas, y sorprendentemente le fue mucho mejor que la última vez; consiguió escribir un estupendo resumen de nuestra jornada, las metas, flaquezas y fuerzas del grupo. Al acabar, volvimos a la oficina, donde dejamos las cintas, y Koko se prestó voluntaria para ayudar a Takahashi a escribir su informe, como agradecimiento por salvar su sesión de fotos.
Agotada, a las 6.00 de la tarde, salimos de la oficina, y tomamos el tren en dirección a Shibuya. No, no regresamos a casa, antes de volver a nuestro apartamento, teníamos otra parada: el Music Island.
Sentados en nuestra mesa de siempre, la más grande, con los Ikeda, Makoto, Nanako, Reina y Manami, compartimos una cerveza. Entretanto, mi tía, junto a Mai, limpiaron la barra.
Ocupando el asiento entre Minato y Makoto, luché todo lo que pude por no cruzar miradas con la pareja que, frente a mí, hacía manitas, y compartía risitas.
—Entonces, está decidido —concluyó Miyoko, desde el sofá del medio— mañana, ni Ayumi ni Makoto pueden pisar el bar hasta las seis de la tarde. Así nos dará tiempo a organizarnos bien.
—Creo que eso es un poco exagerado —respondió Makoto entre sorbo y sorbo.
—Sí, yo también lo creo —lo apoyé— solo es una fiesta de cumpleaños, no hace falta tanto...
Minato, molesto, me interrumpió, colocó su brazo alrededor de mis hombros, acercándome hacia su pecho, y, sin piedad, me revolcó el pelo con su palma, interrumpiéndome— ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
—¡Oye! —me quejé— ¡¿sabes cuánto tiempo paso cada mañana peinándome?!
—Llevamos diez años sin celebrar vuestro cumpleaños juntos —farfulló Reina.
—¿Eh? —perpleja, abrí los ojos.
—Es una ocasión especial —continuó hablando Miyoko— por eso, tiene que ser una fiesta especial.
Minato, más calmado, dejó de revolverme el pelo, y, con suavidad, me soltó— por fin podemos volver a estar todos.
Avergonzada, le miré— pero... —el nudo en mi garganta ahogó mi voz, como siempre. Me volví hacia Makoto en busca de ayuda, pero lo único que recibí fue una mirada despreocupada, casi indiferente, mientras seguía bebiendo de su botellín.
Me di por vencida. —Vale —elevé las manos en señal de derrota— haced lo que queráis.
Alegre, Miyoko asintió— lo haremos —y, emocionada, se levantó de su asiento— ¡ahora, vamos, no hay que dejar que esto decaiga! —esbozando una enorme sonrisa, nos preguntó— ¿quién quiere subir a tocar?
—¿Ahora? —pregunté, vacilante.
—Hoy habrá noche de micrófono abierto —dijo Minato, señalando el cartel que mi tía había dejado en el cristal de la puerta—. Nos pueden robar el escenario en cualquier momento.
—Ya... —tomé mi botellín— creo que voy a pasar, no me apetece...
—¿Quieres que te despeine aún más? —me cortó Minato.
—No me apetece perderme esa fiesta —muerta de miedo, forcé una sonrisa— vamos, vamos a subir.
No por nada podía malgastar horas frente a un espejo y numerosos tratamientos para cuidarme el pelo por no tocar una o dos canciones.
☻☻☻
Los cuatro nos hicimos con la jaula de hierro.
Por lo menos cuatro pares de baquetas salieron disparadas por el aire en los arrebatos de Minato. Su hermana no se quedó atrás, improvisando solos, balanceándose al vaivén de mi voz, y uniéndose en nuestra guerra de egos: un diálogo entre sus acordes y los míos. Reina, como de costumbre, fue la única que permaneció tranquila, canalizando en su mente toda la emoción, y volcándola al pellizcar el bajo.
En contraste, mis riffs se convirtieron en un señuelo, una trampa de miel. Mi voz, el canto de una sirena, atrajo a las transeúntes hasta llenar el bar. Y, justo por esa razón, porque conseguimos abarrotar las mesas, al acabar de tocar la quinta canción, mi tía nos echó a patadas del escenario para dejar paso al siguiente grupo: tres jóvenes chicos.
Minato, Miyoko y Reina volvieron a la mesa con Nanako, Kazuhiro, Makoto y Manami. Pero yo, por otro lado, preferí quedarme en la barra con un zumo. Necesitaba despejarme.
Atenta, seguí el ritmo de la batería dando suaves golpes al apoyo de la silla con mi pie. Sin querer, mi uña terminó por arañar el botellín del zumo. «Mañana».
Una parte de mí no podía asimilar que ya habían pasado cinco meses desde mi regreso, porque esa parte de mí seguía en Osaka, muy lejos. En mi apartamento vacío, comiendo sobras, esperando a que otro aburrido día llegara.
—¿Puedo sentarme contigo? —escuché a alguien preguntar tras de mí.
Extrañada me giré y él, Minato, con cerveza en mano, me volvió a preguntar—, ¿puedo?
Asentí sonriente y él, devolviéndome el gesto, se dejó caer en el asiento de al lado. —Escuchar a Manami, mi hermana y Nanako hablar de la boda continuamente es agotador.
—¿Nanako? —pregunté desconcertada.
Asintió— le está dando ideas a Manami.
«Pero, Kazuhiro... » tragué saliva. Según él, habían hablado y ella estaba dispuesta a aparcar el tema de su compromiso. Pero estaba visto que no el de los demás. «¿Estará bien?» me pregunté.
Y solo me lo pregunté, porque, por mucho que quise darme la vuelta, girarme, y asegurarme de que seguía bien, no pude. No era lo suficientemente valiente.
Cabizbaja, apreté el botellín.
—Da igual, prefiero quedarme contigo —oí a Minato comentar por lo bajo—. El club de los solteros.
Perpleja, le miré de soslayo. Su expresión, risueña, me alivió. Enternecida, me reí.
—Al menos te ríes —tomó un corto sorbo— misión cumplida.
—¿Misión? —arqueé una de mis cejas.
—Sí, mi misión.
—¿Hacerme reír? —ladeé la cabeza.
—Hacerte felíz —me corrigió.
Escéptica, tomé un trago de zumo, y me volví hacia la barra.
—Debes estar pasándolo mal —soltó un enorme suspiro— atraes parejas como un imán.
—¿Eh?
—Dos polos opuestos siempre se encuentran, supongo —rió entre dientes—. Por dentro, debes de estar ardiendo de envidia. Por Manami, y ahora Nanako.
Perpleja, abrí los ojos de par en par— ¿d-de qué hablas?
—Ya sabes —se rascó la nuca— tienen lo que quieres.
Luchando por canalizar el sentimiento confuso, amargo, que amenazaba con cortarme la respiración, apreté el botellín en mis manos, estrangulándolo. —Minato, no sé de qué me hablas.
—Lo sabes perfectamente —serio, inclinó el rostro hacia el mío. Curvó su mano, la acercó a sus labios, tapándolos, y susurró— os vi a Kazuhiro y a ti en el almacén.
Al segundo, sentí mi corazón casi salirse del pecho. Con fuerza, golpeó mi caja torácica, dejando tras de sí la sensación de cada palpitar por mi espalda, mis manos y mis pies, hasta volver a mis costillas. Hice el esfuerzo de tomar aire, y murmuré— Minato, ¿qué oíste?
—Oír, no oí nada —calmado, continuó hablando— pero está claro que hay algo entre vosotros. Él... —se detuvo por un instante— te acarició la mejilla.
Inquieta, arañé el botellín. —No, no hay nada —y, desviando los ojos hacia la superficie de la barra, levemente pegajosa, tragué saliva— te aseguro que no es nada de lo que te imaginas.
—Ya —asintió—, espero que ahora ni nunca sea nada de lo que imagino.
Angustiada, le observé de reojo admirar a la banda que seguía tocando en el escenario de al lado.
—No sé si Nanako podría superar que Miyazaki la engañase. Y menos contigo.
El ansia terminó por ganarme; mis uñas, levemente temblorosas, desgarraron la etiqueta del botellín por completo.
—Pero, tranquila —siguió hablando Minato en voz baja— ya volverás a enamorarte.
Me di por vencida. Sabía que tratar de explicarle mi situación a Minato no serviría de nada; o en mi contra, le estaría dando más razones para creer la historieta que rondaba en su cabeza. En silencio, asentí— y si nada funciona —reí, apenada— tú serás mi plan B.
—Qué repelús —farfulló—, no eres mi tipo —y sorbió de su cerveza.
Minato me hizo compañía, desvió el tema, sibilino, para terminar charlando sobre su futuro viaje por trabajo. Relajada, a su lado, disfruté del solo de guitarra del joven con las orejas perforadas y pelo rojizo que me hizo recordar a John Lydon.
Pero durante todo aquel tiempo, no pude parar de preguntarme de quién serían esos ojos que, desde atrás, me quemaban la nuca. No, no me atreví a girarme.
☻☻☻
A la media hora, Miyoko se acercó a la barra, secuestró a su hermano y lo arrastró junto a Reina hasta el escenario. Me volvieron a invitar a su espectáculo, pero los rechacé. Se compadecieron de mí, seguramente por la mirada cansada que el maquillaje ya no podía ocultar, y no insistieron tanto como lo habrían hecho de costumbre.
El aire en el bar se había cargado demasiado; la bruma, los focos, el aroma del licor se hicieron pesados en mi garganta, y decidí salir a tomar aire.
Así, sola, detrás del bar, apoyada en la misma pared, bajé los párpados. Quise evadirme del mundo a mi alrededor: olvidar la mueca de Yuka, y el tono ligero de Kazuhiro al hablar con ella.
El aire meció mi pelo, como lo habría hecho su mano.
—¿Ayumi?
Inesperadamente, sin embargo, no estaba sola. Ante la repentina voz de un extraño, abrí los ojos y me volví hacia el final del callejón —la puerta del bar— desde donde lo vi.
Con la mano en el pecho, lo sentí encogerse. Durante un segundo muy largo, por mi mente pasó la posibilidad, estúpida, de que la figura al fondo fuese la suya. Pero, el pelo que se balanceó al ritmo de sus pasos, era rubio y muy corto. Inconfundible, solo podía ser él, Kento.
—Ayumi —volvió a llamarme, caminando lentamente hacia mí— ¿podemos hablar?
La presión en mi tráquea creció. Pues, bajo las luces de la ciudad de Tokio, en el callejón que daba paso al cruce de los semáforos en rojo, el semblante, serio, que se encontraba frente a mí, no era el de la persona que quería que fuese.
Pero, podíamos hablar.
Y ya no era un día cualquiera.
Aforismos y otros placeres de la cobardía
CONTINUARÁ
*NT: Hola! Aprovecho este ratin que he tenido entre la tesis y el flujo del cuatrimestre para publicar (*'∀'*) ❤ No sé cuándo vuelva... Pero, os invito a pasaros por la nueva novela que postulo al ONC, Donde la tormenta olvidó caer; no es FSET, pero tiene mi toque, creo.
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