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-Vigésimo octavo Acto: Devenir inmutable-

Primer principio de la termodinámica

¿Cómo se sentiría ser correspondido? En su caso, Nanako y Kazuhiro eran visiblemente felices. Se debía sentir como un sueño hecho realidad; estaba segura de que cada vez que sus ojos se encontraban una orquesta sonaba.

Verlos felices te hacía sentir feliz. Debía hacerte sentir feliz.

Pero tras el decorado, descubrí que las botellas de cristal no eran de atrezzo. Los cuchillos estaban afilados, el foso era real.

Nanako se ahogó, pidiendo ayuda a gritos. En otra habitación, Kazuhiro jugaba con un péndulo. Nadie lo vio, nadie se percató, o nadie lo quiso decir.


☻☻☻


Al poco, mi rutina se volvió a estabilizar. Kazuhiro cumplió su promesa, y volvimos a vernos por las mañanas. Por Shibuya hasta Shinagawa, parando en la torre, comiendo en restaurantes antes de volver al estudio, recuperamos nuestra dinámica. Y a la noche, Kazuhiro volvía para cenar. Reconocía en su chaqueta el perfume con aroma a lavanda de Nanako, pero lo ignoraba.

Todo había vuelto más o menos a la normalidad, hasta que, de repente, un día, las vimos: suspendidas en el aire, blancas luces de navidad.

—Parece que ya hemos llegado a esa época del año —comenté, frotándome las manos del frío.

—Eso parece —me dio la razón Kazuhiro, a mi lado.

Quedaban pocos días para comenzar un helado diciembre, y en las copas de los árboles, hombres con chalecos amarillos, subidos a la escalera de un camión, desenredaban la rueda de luces, anclándolas en las ramas de los árboles. Mientras, propietarios de tiendas y bares sacaban sus adornos; pancartas en los letreros de sus tiendas, espumillones y pegatinas de muñecos de nieve en las vitrinas.

—¿Qué te parece si vamos yendo? —me preguntó.

—Claro —asentí.

Juntos, codo con codo, comenzamos a caminar por las calles de Shibuya, mientras, como de costumbre, ajustaba la lente de la cámara bajo la fija en intrusiva mirada de Kazuhiro.

—Ayer hablamos sobre tu formación vocal —carraspeé— nos habíamos quedado en que tu padre fue quien te enseñó, ¿verdad?

—Sí, aunque tampoco se esmeró mucho —rió entre dientes, volviendo la mirada hacia el frente— nuestros estilos nunca terminaron de encajar, y con el tiempo, tuve que aprender a cambiar de textura, rango y puntos de articulación a base de copiar lo que escuchaba de mis grupos favoritos. Supongo que por eso tampoco tengo la más pulida de las técnicas vocales.

—¿Fue complicado?

—Me lo tomaba más como un juego —me miró de soslayo— ¿algo más que te gustaría saber?

—No, creo que seguiremos con eso otro día — giré por última vez la lente, antes de mirarlo de soslayo— hoy me gustaría centrarme en tus estudios.

—Es un cambio curioso —incómodo, se rascó la nuca— de hecho, si soy sincero, me da un poco hasta de vergüenza.

Atónita, me detuve— ¿vergüenza?, ¿tú?

Él también se paró— soy humano, lo sabes, ¿no es cierto?

Preferí no responder. «Sea lo que sea que le dé tanta vergüenza, peor que lo mío no ha podido ser» me dije, agachando la cabeza, y recordando el tortuoso trayecto, lleno de baches, que fue mi paso por el sistema educativo.

Mis notas nunca fueron buenas. Tanto en primaria como en secundaria empeoraron a cada año que pasaba. Sin embargo, a nadie nunca le sorprendió: obcecada en mi meta, convertirme en una estrella del rock, siempre dije que no necesitaría estudios. Fue gracias a Makoto y a sus clases particulares que conseguí que me aceptaran finalmente en preparatoria.

Pero ese mismo año, antes de poder empezar siquiera el primer trimestre, se fue. No quise defraudarlo, y contra todo pronóstico, me esforcé todo lo que pude por superar la expectativa, pero, aún así, fracasé estrepitosamente múltiples veces. Mi tía, al ver mis calificaciones, tuvo que aceptar que yo nunca sería la chica seria, responsable, e inteligente capaz de ingresar a una universidad de élite. Mi única alternativa fue entrar a una carrera corta de dos años y licenciarme en periodismo y medios de comunicación.

—¿Te parece bien si entramos a tomar algo? —le oí. Su voz me devolvió a la tierra, y al elevar la cabeza, le vi señalar a la cafetería de la calle de enfrente con su pulgar.


☻☻☻


La cafetería resultó ser mucho más tranquila de lo que esperaba (y más aún estando en pleno centro). Olía a masa de croissants, napolitanas, galletas y bizcochos; los mismos que ofertaban en el amplio repertorio de pasteles y dulces de su menú.

Así, sentados en dos sofás mullidos en una de las esquinas, cara a cara, con un café solo y un capuccino, acompañados de una ración de galletas, dimos comienzo a nuestra sesión.

Me acomodé, apreté el botón de la grabadora y la dejé en la mesa. —¿Fuiste a la universidad?

—Vas directa, eh.

—No tengo mucho tiempo.

Pícaro, sonrió y tomó un sorbo de su café.

—Vamos, di, ¿qué estudiaste?

Suspiró, y dejó el café en la mesa— física.

Perpleja, pestañeé, abriendo los ojos de par en par. Creí que mis oídos me engañaban.— ¿Fí-física? —pregunté.

—Sí, física —se cruzó de brazos. Lo había entendido bien. —Quería ser profesor universitario —concluyó.

«¡¿Y esto es lo que le daba vergüenza?!» grité para mis adentros. Si eso era razón para sentirse avergonzado, yo, que trabajaba en una revista con una carrera corta de dos míseros años, ¿cómo debía sentirme?

Removí el café— pensaba que tendrías una carrera más mediocre.

—¿Ah sí? —sonrió, burlón.

—Dijiste que te daba vergüenza —tomé la taza en mis manos, mirándolo por el rabillo.

—Nunca llegué a empezar mi posgrado.

Intrigada, arqueé una de mis cejas—¿por qué? —sorbí.

Su expresión se enterneció. Tomó su sobre de azúcar y lo sacudió— la física nunca consiguió enamorarme de la forma en la que la música lo hace. Aunque me gustaba la idea de enseñar, no me sentía realizado.

—Entonces —dejé la taza en la mesa— ¿nunca llegaste a dar clase?

—No, nunca — rasgó el sobre y apoyando los antebrazos en el borde de la mesa, dejó caer el azúcar en su café— si soy sincero, solo me metí en la carrera porque ni yo ni mis padres veíamos seguro mi futuro como músico —dejó el paquete vacío en el platillo, y removió con la cucharilla.

—Pero al final, lo has conseguido.

—Sí —extendió su mano hacia mi rostro, y apretó mi cachete con su dedo índice— lo hemos conseguido.

A pesar de estar segura de que, apenas unos segundos atrás, mi piel estaba helada, su sola yema hizo que el calor me invadiera.

—Kazuhiro —aparté su mano con gentileza, y señalé la grabadora— no es el momento.

—Vale, vale, pero— abrazó la taza entre sus palmas, y recuperando su picaresca, me sonrió— yo ya te he contado algo mío. Ahora te toca a ti, ¿cómo eras en los estudios?

—¿En serio? —resoplé. Tragué saliva, cruzándome de manos— yo... —y al segundo, agaché la cabeza— era un desastre.

—¿Un desastre?

—Sí —mascullé.

—¿Por qué eras un desastre?

Tensa, vi que su insistencia no se calmaría pronto. —¿Quieres saberlo todo? —pregunté, encarándolo con disimulo, por debajo de mi flequillo.

Arqueó una de sus cejas— ¿tan malo es?

En un solo abrir y cerrar de ojos, cientos de imágenes me sacudieron. Recordé cada bronca, cada riña, cada nota, y, acongojada, fui incapaz de mantener contacto visual.

—Yo... —volví a agachar la cabeza —me dormía y comía en clase constantemente, —Cerré los ojos— solía colarme en la azotea y dormía durante horas, —mi boca se comenzó a secar— encima nunca hacía los deberes. Mi nota más alta fue un treinta en literatura, en la escuela media, me olvidaba constantemente de los libros. —Noté mi voz flaquear— una vez incluso incendié el delantal de mi profesora de tareas del hogar. Además, casi todos los días acababa en el salón de castigos después de clase por mala conducta, violar las reglas de vestimenta, o no hacer caso en clase— asustada, elevé la cabeza— me perdí en todos los viajes escolares y... —traté de seguir haciendo memoria.

Él, atónito, me observó continuar en mi retahíla de desgracias, sin atreverse siquiera a pestañear.

—Y esto sin contar bachillerato ni la universidad —murmuré.

—Entiendo —suspiró. Cuando finalmente consiguió volver a pestañear, se relajó, y desde el rabillo del ojo, me dijo —vamos, que eras estúpida.

—Efectivamente —respondí. —Mi tía siempre dijo que tenía un don para la música, pero ambas sabíamos que mi futuro como estudiante era difuso. Malo más bien. —Aparté uno de mis mechones por detrás de la oreja, y apoyada en la mesa, me crucé de brazos— incluso Miyoko, Minato y Reina decían que acabaría cantando y viviendo en un callejón sucio de Shinjuku —entonces, sin querer, recordé una sonrisa. Una sonrisa pintada en la luz del atardecer, reflejando en su piel de porcelana el azul del agua— Makoto creía en mí —una ola de calor, tibio, me abrazó el pecho. Desvié la mirada hacia el remolino de café, disuelto. —Estudiaba conmigo, me ayudó en la prueba de acceso en bachillerato. Sin él, ni siquiera habría podido entrar a la carrera —extendí la mano hacia la cucharilla, acariciándola con mis dedos. —Sin él —volví a alzar la mirada al frente— no estaría aquí.

—Ya veo —serio, dejó la cabeza reposar en una de sus manos— no dudo de sus capacidades, pero no creo que me supere como profesor.

—Quién sabe —tomé el café— a lo mejor te sorprende —y sorbí.

—O a lo mejor te sorprendes tú.

Reí entre dientes. Podía sonar tonto, pero el solo poder estar frente a Kazuhiro de nuevo, riéndome con él, me hacía feliz. Sin pelear porque no hablase; entablar un diálogo era la fórmula secreta de romper al menos una de sus barreras. O al menos, así lo sentía.

—Quiero rectificar —se erigió, acomodándose en su silla— no creo que fueras tan estúpida.

Su comentario me tomó desprevenida, y, asombrada, tragué el sorbo antes de escupir. Tosí— ¿eh? — y volví a engullir saliva. —No, no, era estúpida —dije, dejando la taza en la mesa— sumaba y restaba con los dedos.

Burlón, se rió por lo bajo. —Sí, eso suena a algo que harías —exhaló, ladeando la cabeza— pero, las personas estúpidas no son capaces de tocar, ni cantar, ni componer como tú.

—Ah, yo... — mi corazón se aceleró progresivamente. A cada milisegundo, sentía que golpeaba más fuerte.

—Las personas estúpidas tampoco son capaces de poner tanto esfuerzo y dedicación en su trabajo —continuó hablando en un tono sereno. —Llegar hasta aquí es un gran logro.

—Un gran logro... —repetí en voz baja. Había oído aquella frase muchas veces.

Mi tía, Makoto, mis amigos, incluso Megumi, me lo habían repetido miles de veces desde que había vuelto a la ciudad. Y su aprobación, esas palabras, se solían sentir como un premio; la oración milagrosa, reconfortante, que me subía el ánimo. Sin embargo, oírlo de Kazuhiro no tuvo el mismo impacto. No era un premio.

—Pero sigo siendo cobarde —bisbiseé— ¿no está vacía esta sonrisa? — forcé mis comisuras en una curva siniestra. Las sentí temblar. —¿Verdad?

—Sí, lo está —asintió— pero no tiene por qué ser así siempre. Sigues siendo la misma Ayumi.

Expectante, esperé a que continuara.

Vi un destello diferente en sus ojos. Algo se despertó en él. —Ayumi, ¿conoces la ley de conservación de la energía? —me preguntó.

—La... —fruncí el ceño— ¿la qué?

Kazuhiro, riéndose, rebuscó en el bolsillo de su pantalón hasta sacar una moneda y dejarla en la mesa. —¿Algo sobre energía cinética?

Avergonzada, negué con la cabeza.

—Tranquila —desvió los ojos hacia la moneda, dejando la yema de su dedo índice sobre ella— digamos que la energía cinética es el resultado del trabajo necesario para acelerar un cuerpo desde el reposo. Vamos, es puro movimiento —me miró— ¿hasta ahí todo bien?

—Creo que sí.

—Bien. Este cuerpo tiene energía cinética —deslizó la moneda con suavidad sobre la mesa, sin apartar el dedo— aunque en reposo su valor equivale a cero, si se convierte en objeto de un impulso, con la ayuda de una fuerza que actúe sobre ella, se moverá —volvió a deslizarla con suavidad, apartando en su trayecto el dedo, hasta que, tras un corto segundo, la moneda se detuvo. —Ahí se ha parado por el roce con la superficie, y en su parón, ha violado la ley de la conservación de la energía —recogió la moneda en su mano— esto ocurre porque en el proceso, ha irrumpido una fuerza ajena que le ha hecho perder su energía —se volvió hacia el mostrador de la cafetería, repasando con su mirada todo el local— ahora, aquí, es susceptible a fuerzas disipativas, pero, ¿qué crees que pasaría si el sistema en el que se moviese estuviera aislado?

—¿Aislado?

—Sí, aislado —guardó la moneda en su puño— imagínate un péndulo. En su posición más alta, posee una energía potencial que al bajar se transforma en energía cinética, y al subir de nuevo, se vuelve a convertir en energía potencial —risueño, me miró, inclinándose hacia el borde de la mesa— el péndulo seguirá subiendo y bajando eternamente. Su energía no desaparecerá.

Absorta en su explicación, no me di cuenta de que mi café se estaba enfriando. Ni escuché el barullo de la cafetería subir, poco a poco, con la nueva clientela.

Guardó la moneda en su bolsillo, y prosiguió —ahora piensa en un coche al frenar, ¿crees que su energía cinética se ha reducido a cero de nuevo?

—Bueno... —estreché la taza, nerviosa— se ha parado, ¿no?

—Sí, pero, al detenerse, los frenos, las ruedas y el mismo pavimento por el que circulaba se han calentado. Su energía se ha convertido en calor.

—Entonces, la energía se transforma —murmuré.

—Nunca se destruye, y tampoco se crea. —Arropó mis manos, aún pegadas al café— es un ciclo.

La bebida volvió a calentarse con su roce.

—Tu energía, tu talento, tampoco ha muerto —continuó.

—¿Mi energía?

—Tu cuerpo es el sistema asilado en el que la energía, tu esencia, se transforma continuamente —gentil, me apretó— aunque pueda variar de forma, nunca llega a destruirse, sólo deviene.

Sus palabras retumbaron en mi sien. Las sentí pompear en mi corazón, contra mis oídos. La luz de la cafetería se apagó; un único foco blanquecino, de subtono amarillo, le iluminó a él, y solo a él. Así, encapsulada en el reflejo de sus ojos, en la esfera de su pupila, de destello singular, me ensimismé.

Sonó, a lo lejos, un piano de cola.

—Primer principio de la termodinámica —me soltó —la ley de la conservación de la energía.

Pero al segundo, la música se detuvo. La luz volvió; me liberé. Le vi sorber de su taza, tranquilo. Mi cuerpo, por el contrario, se había desestabilizado. Un intenso cosquilleo me recorría la espina dorsal, extendiéndose hacia la punta de mis dedos. Y aunque el sueño se hubiese desvanecido, el bochorno en mi rostro permanecía.

—Eres buen profesor —dije.

Pícaro, separó sus labios de la taza— ¿mejor que Takagi?

Me reí. Preferí no contestar.


☻☻☻


Durante horas, Kazuhiro estuvo relatando anécdotas de su época universitaria, cuando daba clases a sus amigos, alternaba entre su trabajo a medio tiempo en una gasolinera por la noche, y en una cafetería por el día, donde de vez en cuando estudiaba a escondidas, además de enumerar los exámenes que se saltó en su último año por organizar los conciertos de su banda en pequeños locales.

Al llegar el mediodía, abandonamos la cafetería, dimos una vuelta por la zona, y terminamos por entrar en un pequeño restaurante italiano, donde, por insistencia de Kazuhiro, terminamos encargando una botella de vino.

Observé la mesa, cargada de comida; pan de ajo, focaccia, una tabla de embutidos, su filete y mi plato de pasta. —Kazuhiro — le llame, señalando la comida —esto es solo una comida informal, ¿de verdad hacía falta venir aquí?

—A mí me parece acogedor —respondió, cortando su bistec.

Tome la botella— ¿y el vino hacía falta?

Sorprendido, tragó— ¿al fin estás admitiendo que tienes problemas con el alcohol?

Irritada, dejé la botella en la mesa— no es eso —mascullé entre dientes— estamos trabajando, no hacía falta venir aquí ni pedir lo más caro de la carta.

—Claro, estamos trabajando —se rió entre dientes— ¿pero estás segura de que no te apetece probar un poquito?

—No sería... —repentinamente, me pasó su copa por delante, cortándome. Olfateé la amalgama de notas frutales, especias y flores, y al instante, perdí el hilo, encandilada.

«Bueno, beber es parte del trabajo, ¿no?» pensé. Avergonzada, aparté la mirada, tomé la copa en mi palma y se la extendí— solo un poco.

Con gesto burlón, dejó su copa en la mesa, cogió la botella, y cuidadoso, me sirvió.

Probé un sorbo, tímida. Era dulce, tintado en una mezcla de moras y ciruelas, con un suave regusto a vainilla ácida. Dejó en mi paladar una sensación aterciopelada.


☻☻☻


Por suerte, una vez nuestra jornada se dio por finalizada con la llegada de la puesta de sol, Kazuhiro pudo acompañarme al bar de mi tía. Pues, de camino a casa, encontré una avalancha de mensajes de Miyoko, pidiendo que nos reuniéramos, obstruyendo las notificaciones de mi teléfono.

Cuando entramos, a las 6.00 de la tarde, encontramos al trío sentado en nuestra mesa, como de costumbre, con Manami y Makoto. Solo que con dos personas infiltradas en el sofá libre del medio: Hideki y Nanako.

—¿Hideki?, ¿Nanako? —preguntó Kazuhiro, extrañado, acercándose.

Hideki se dio la vuelta —ah, ya estáis aquí —dijo, al vernos tras el respaldo.

—Habéis tardado mucho más de lo esperado —comentó Miyoko.

—O vosotros habéis llegado mucho antes de lo esperado —suspiré, desabrochándome el abrigo.

Kazuhiro, como era de esperarse, se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo del sofá en el que Nanako estaba sentada, donde se acopló, cubriendo el hueco entre ella y Hideki. Yo, por el contrario, sin alternativa posible, decidí sentarme al lado de Minato, en el extremo del sofá, frente a Makoto.

—Ayumi —me llamó Miyoko desde la otra punta del sofá, ladeando la cabeza hacia mí— ¿se puede saber qué has hecho en estos días sin nosotros?

—Te hemos extrañado —se unió Reina desde el frente.

—Ah, yo... —lentamente, sentí una quemazón emanar en mi nuca.

Y es que, desde aquel día en el que me había quedado dormida en la barra, borracha, no había vuelto a pisar el bar. Era esperable que estuvieran molestos, no podía culparlos.

Repentinamente, el brazo de Minato rodeó mis hombros, acercándome bruscamente hacia él— ¿y bien?, ¿cuál es tu excusa?

Suspiré— he estado ocupado con el trabajo y no he podido pasarme por el bar, solo es eso. No tengo nada en contra de vosotros, de verdad —dije, levantando las manos.

Convencido, Minato me soltó— te lo dejaremos pasar.

—Gracias —contesté devolviéndole la sonrisa.

—Vale, pues entonces... —de repente, el sonido de las palmas de Miyoko estrellándose contra la superficie de la mesa nos sobresaltó. De pie, carraspeó— como os imagináis, os he llamado por una razón —nos miró uno a uno— dentro de exactamente cuatro semanas será 27 de diciembre.

—¿Qué pasa el 27 de diciembre? —preguntó Kazuhiro.

—El cumpleaños de Ayumi y Makoto —respondió.

—Increíble, ¿los cumplís el mismo día?— comentó Hideki, sonriente.

—Lo que quiero decir es... —continuó hablando Miyoko —que este año tendremos que celebrarlo mucho antes.

Confusa, miré a Reina, quien, nerviosa, evitó mis ojos. —¿A qué viene todo esto? —pregunté, dirigiéndome hacia Minato.

Apenado, suspiró— Reina y yo tenemos un viaje de empresa el 27, y no podemos negarnos.

—Pero tranquilos —volvió a carraspear Miyoko, frunciendo el ceño— ya lo hemos hablado con tía Sumire y nos ha reservado el bar el día 8 para poder montar una fiesta— dio una palmada —es el primer cumpleaños que vamos a poder celebrar todos juntos desde hace muchos años, así que nos esforzaremos porque sea una celebración lo suficientemente buena como para compensar todo el tiempo separados —esbozó una suave sonrisa, destensando su ceño fruncido— ya sé que estás super emocionada Ayumi, no hace falta que me des las gracias.

Desprevenida, asentí— claro, sí... — y tragué saliva.

Reina, calmada, se volvió hacia su izquierda; el sofá de Hideki, Nanako y Kazuhiro. —Mystical Key y Nanako, vosotros también estáis invitados.

—¿De verdad? —rió entre dientes Hideki— muchas gracias —se rascó la nuca.

—Creo que os estáis olvidando de un pequeño detalle —masculló Makoto— también es mi cumpleaños y, quizá, no me apetezca celebrarlo con un grupo de payasos de circo —se cruzó de brazos, reclinándose.

Como de costumbre, la tensión entre Makoto y Kazuhiro explotó. La mecha se encendió con una chispa enana, pero consiguió desencadenar la guerra.

Por lo menos, por una vez, yo no estaba en medio.

—¿Payaso circense? —repitió en voz baja Kazuhiro, irritado. Chasqueó la lengua, inclinándose hacia la mesa— tranquilo, tampoco es como si a mí me apeteciera celebrar el cumpleaños de una rata tacaña.

—¿Rata tacaña...? —murmuró Makoto— ¡¿a quién llamas tacaño?!

—A ti —contestó Kazuhiro— y además de tacaño, pareces una rata fea con esa cara.

—¡Serás...!

—¡Probando, one, two, three! —de la nada, la voz de mi tía reverberó en todo el bar.

Sorprendidos a la par que confusos, miramos hacia el escenario, donde se reía bailando al ritmo de una canción que cantaba a tropezones, pegándose al pie del micrófono que aferraba entre sus manos. —I don't want to holiday in the sun, I wanna go to the new Belsen —se rió, —¿quién quiere subir?

No faltaron candidatos.


☻☻☻


Con mucho empeño y esfuerzo, Reina, Minato, Miyoko y Manami consiguieron arrastrar a Makoto hasta el escenario. Le colocaron una pandereta en la mano, y juntos, tocaron versiones un poco más felices de canciones de Takotsubo.

Verles hacer el ridículo desde nuestra mesa debería haber sido más divertido de lo normal, no solo porque el siempre malhumorado Makoto estuviese entre ellos, sino porque, además, por una vez, no estaba sola. Nanako, Kazuhiro y Hideki me acompañaban.

—Maldita rata —seguía farfullando Kazuhiro, rabioso, apretando su cerveza.

—No entiendo por qué os lleváis tan mal —comentó Nanako— Takagi siempre ha sido muy amable conmigo.

Pero por muy gracioso que debería haber sido escuchar a Manami perderse en la letra de una canción que no conocía, no podía reírme. Pues, incluso desde la esquina de mi sofá, alejada de ellos, era difícil ignorar la expresión oscurecida, casi asqueada, de Hideki, sentado al lado de Kazuhiro, quien arropaba los hombros de Nanako.

«Debe de ser duro» pensé, tomando un sorbo de mi botellín.

—Confío en que algún día conseguiréis ser amigos —dijo Nanami.

—Y entonces, uno de los dos le cortará la cabeza al otro —añadió Hideki, apoyando el codo en el reposabrazos del sofá, y dejando la cabeza descansar sobre su palma.

—Trato de calmarlo, y tus comentarios, Sakamoto, no ayudan.

—Mi intención nunca fue ayudar —tomó un sorbo de su botellín.

Nanako, molesta, sacudió la cabeza y soltó un pesado suspiro.

—¿Alguien me puede explicar por qué Hideki está aquí? —decidí preguntar en un intento por evitar que la discusión fuese a mayores.

—Necesitaba hablar con Kazuhiro sobre el álbum —respondió Hideki— pero está claro que con Nanako presente, es imposible que le suba el riego sanguíneo a la cabeza.

Preferí no hacer comentarios al respecto. Volví a beber.

—Muy gracioso —le contestó Kazuhiro, grave— si me vas a preguntar por cómo va la última canción te adelanto que no, no la tengo, y no sé cuándo la tendré.

—Entiendo —dijo Hideki, removiendo el botellín en el aire— tranquilo, no te presionaré. Pero quiero que tengas en mente la fecha límite.

—Sakamoto —de repente, Nanako irrumpió en su conversación— Miyazaki trabaja mucho, está cansado, necesita días libres.

—¿Más? —se rió por lo bajo Hideki— si se pasa el día dando vueltas con Ayumi.

Insultada, dejé mi botellín en la mesa— ¿insinúas que yo tampoco trabajo? —le miré de soslayo, titubeando entre el enfado y la tristeza.

—Ah, no —agitado, dejó el botellín en la mesa y recomponiéndose en su asiento, trató de sonreírme— no me refería a ti, quiero decir...

—No veo el problema en que Kazuhiro necesite más tiempo —le corté— conocéis su potencial, y confiáis en su palabra, ¿no?

—Sí, eso es cierto —admitió Hideki.

—No hace falta meterle prisa, siendo Miyazaki, ¡seguro que el resultado será brillante! —agregó Nanako, alegre.

—Gracias —le contestó Kazuhiro.

Y pese a cruzar miradas conmigo primero, al segundo, se volvió hacia Nanako. —Miyazaki... — susurró ella.

Entre los dos, una burbuja color rosa pastel, azucarada, los envolvió. Callados, se perdieron en el reflejo del otro, y, con timidez, una sonrisa inquieta se dibujó en el rostro de Nanako.

Incómoda, me levanté. —Hideki —le llamé— ¿te apetece salir a por aire fresco?

—Por favor —me respondió, levantándose acelerado, de su asiento.

Juntos, con botellines en mano, nos alejamos de la mesa hacia la puerta de atrás. Pero, justo antes de salir, llegué a ver de refilón la mirada de Kazuhiro, turbada. Y sus comisuras labiales, como las mías, temblaron.


☻☻☻


Algo, dentro, muy dentro, me estaba quemando. Me dolía la garganta, ya no podía tragar.

Apoyados en la pared de la partera trasera del bar, bebimos lado a lado, con la mirada perdida en la luna, entre las estrellas que se escondían tras los rascacielos.

—Al final, Nanako y Kazuhiro han conseguido estar juntos —murmuré.

—Sí —tomó un sorbo, corto— me alegro por ellos—. Noté su mirada posarse sobre mí— pero, ¿y tú?

—¿Eh? —le miré, confundida— ¿yo?

—Sí, tú.

Abrumada, bajé la cabeza— claro que me alegro por ellos, después de...

—Me refería a cómo estás tú —me interrumpió, riendo entre dientes.

—Ah —bisbeseé, avergonzada— estoy bien.

—Vivir con él no debe ser fácil —volvió a levantar la cabeza hacia el cielo— ¿verdad?

Apreté la botella— antes no lo era —mis manos comenzaron a sudar— pero, con el tiempo, hemos conseguido llevarnos bien.

—¿Y cuánto crees que dure eso?

Confusa, arqueé mis cejas, elevando la cabeza de golpe— ¿qué quieres decir?

—Esa dinámica vuestra —me miró— tarde o temprano se volverá en tu contra, o en la suya.

No entendí sus palabras, y en silencio, dejé que continuara.

—Es un ciclo. Tú te acercas, él se aleja, y en cuanto él se acerca, tú te alejas—se metió una de sus manos en el bolsillo y tomó un trago— sois como la esquina opuesta de un péndulo.

—Como un péndulo... —repetí en voz bajita.

—Quizá por eso sonáis tan bien juntos —me sonrió.

—Termodinámica —volví a susurrar, acariciando la etiqueta de la botella con mis pulgares.

—¿Qué? —me preguntó. Pero no respondí.

Por mi mente, la imagen del Kazuhiro de mirada hostil y tacto frío pasó por mi mente, dejando tras de sí la sensación, gélida, de un pellizco en mis hombros.

—¡Ayumi! —escuchamos una voz gritar desde la puerta trasera. Y al girarnos, la figura de Kazuhiro emergió, caminando con las manos en los bolsillos— volvamos a casa —me dijo.

—¿Y-ya? —pregunté— ¿y Nanako?

—Se ha ido —dirigió la mirada hacia Hideki, molesto— mañana tiene trabajo.

Pero Hideki lo ignoró, bebiendo de su botellín, haciéndose el sordo.


☻☻☻


Aquella noche, después de despedirnos de mi tía y Hideki, volvimos a casa.

Durante el camino pensé en las palabras de Hideki, en la dinámica de mi relación con Kazuhiro, en el símil del péndulo. Le vi caminar a mi lado, y pensé en cómo nos afectaríamos el uno al otro; cómo nos moveríamos el uno al otro.

Pensé en lo mucho que me gustaría que, aunque el vaivén fuera infinito, me pudiese mantener al lado de Kazuhiro. Tarde o temprano nos encontraríamos. 

Juntos, preparamos tonkatsu.

Primer principio de la termodinámica

CONTINUARÁ

Muchas gracias por seguir leyendo, ¡espero veros en mis notificaciones (si es que hay alguien que aún lee FSET vaya)! さよ❣

*I don't want to holiday in the sun, I wanna go to the new Belsen: canción de Sex Pistols, Holiday in the sun.

Tonkatsu: chuleta de cerdo frita y troceada

EXTRA: 

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