-Vigésimo primer Acto: Piromanía-
Validación de una acepción para el amor
Etiquetamos nuestra relación porque era lo apropiado, pero nada nunca fue blanco ni negro con Kazuhiro.
Y es que, nosotros, como líneas, estábamos destinados a encontrarnos en algún punto. No era arbitrario, ni pasajero, pero sí era correspondido.
Él aceptaba mi voz, yo aceptaba sus dedos, y viceversa. Mi tacto, cruel, jugaba con él, como lo hacía su psique con mi corazón.
Al final del día, solo podía conformarme con un beso.
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En el banco de un parque cercano a mi piso, trataba de no cerrar los párpados. Era un duelo de miradas: yo contra el gato negro, sentado en la acera de en frente.
«¿Él también está huyendo de su compañero de piso?» me pregunté en un suspiro.
24 años, Kougami Ayumi, en medio de uno de los otoños más fríos de la última década, se encontraba en un parque desolado hacia la 1.00 de la madrugada para evitar el coqueteo entre su compañero de piso y su, según él, amiga, Ichimura Nanako.
«En el fondo, confiaba en que aún no hubiesen...» angustiada por la presión en mi pecho, sacudí la cabeza, volviéndome de nuevo hacia el gato.
—¿Cuánto crees que tarden? —le pregunté.
Pero mi amigo felino no fue capaz de responderme. Ignorando por completo mi pregunta, levantó la cabeza bien alto y siguió su camino, escabulléndose a un estrecho callejón, desde donde vi sobresalir la pequeña cabeza blanca de otro gato. O más bien gata, pues al momento, se montó encima de ella.
—¿Te das cuenta de que estaba huyendo precisamente de eso? —chasqueé la lengua.
Elevé la cabeza, pensando en perderme en el vasto y oscuro cielo, pero no vi nada más que la enorme copa del árbol bajo el que estaba sentada.
—¿Eh? —y una de sus hojas cayó. Suave, se balanceó en el cielo. Antes de posarse en mi cara la conseguí atrapar con las manos.
Sí, 24 años, Kougami Ayumi. En pleno noviembre y congelada hasta los huesos, estaba totalmente sola, y el universo parecía estar enviándome un mensaje alto y claro: vete de una maldita vez a tu casa.
Pero por mucho que quisiera levantarme y caminar hacia mi piso, la imagen de aquel beso no hacía más que repetirse en bucle en mi cabeza, subiendo mi temperatura corporal, y pellizcando con tesón mi pecho.
«¿Con qué cara debería presentarme?». Era un momento íntimo. «Es tarde, pero...», miré a mi alrededor, a las calles oscuras, levemente iluminadas por la tenue luz de las farolas. «A pocos metros de aquí debería haber un hotel».
A pesar de que quería pensar que Kazuhiro se preocuparía por mí si no llegaba a casa en toda la noche, me consolaba saber que Ichimura lo tendría lo suficientemente distraído como para no pensar en mí.
—Quién lo diría... —miré la hoja que llevaba en mis manos—, siempre huyo —y la dejé caer al suelo.
Me levanté, me coloqué el bolso, y tras darme dos palmadas en las mejillas, di el primer paso. Pero, al segundo, me detuve, me giré hacia el callejón en el que estaban los gatos y me incliné en una pequeña reverencia— adiós, ha sido un placer conoceros —y me fui.
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Caminé todo lo despacio que pude, temiendo encontrarme algo inapropiado, pero incluso casi arrastrando los pies por la acera, tardé poco más de diez minutos en llegar al apartamento.
Ansiosa, tomé aire, tratando de contener con él mi miedo. Saqué mi llavero, adornado con el pingüino de peluche que Kazuhiro me había regalado, metí la llave en la cerradura, y solté un gran suspiro, empujando la puerta— ¡he vuelto! —grité.
Inesperadamente, no escuché voces, ni risas, ni gritos, ni nada.
Me quité los zapatos y atemorizada caminé hacia el salón, donde tampoco encontré ningún rastro de ropa por el suelo. Percibí un olor familiar, sabroso y picante, emanar de la isla de la cocina, e intrigada, caminé hacia ella.
En la mesa de al lado había una botella de vino y dos platos de arroz con curry, que, frío, se había vuelto gelatina. Entre la vajilla, la cabeza de Kazuhiro descansaba, apoyada en la mesa.
Preocupada, me acerqué a él y vi una pequeña nota situada debajo de uno de los platos.
—¿Y esto? —la tomé en mis manos.
Lo siento por haberte hecho esperar ese día, espero que esto lo compense. Si lees esto me he dormido, ignóralo y disfruta de la comida.
Volví a mirarlo. Entre los cabellos revoltosos de su flequillo, asomaban sus largas pestañas negras. Sus labios, suaves, parecían haberse resecado. Aunque despierto parecía un lobo, solo era un cachorro cuando dormía.
Al sentir una cálida sensación arropar mi pecho, mi mano se movió sola y acarició su cabeza. —Gracias —murmuré, inclinándome hacia su rostro.
Aunque estaba hambrienta, no quería cenar sola. Suspiré y dejé mi bolso en una silla. Me arremangué y, de puntillas, alcancé una fiambrera en el armario. Con cuidado, transferí la comida de los platos a los tapers, evitando hacer ruido. Terminé y guardé las fiambreras en la nevera y el vino en un armario alto. Limpié la encimera, borrando cualquier rastro del desorden de Kazuhiro. Luego, saqué una manta del armario y, con sigilo, la coloqué sobre sus hombros dormidos.
Kazuhiro era un pequeño gigante musculoso, medía más de un metro ochenta y con mi metro sesenta y cinco sería imposible llevarle en brazos hasta su habitación. Confiaba en que, por lo menos, la manta le diera un poco de calor.
—Buenas noches, Kazuhiro —volví a susurrarle al oído, acariciándole el pelo.
Me di media vuelta, y soltándome la coleta, me dirigí al pasillo.
—Mhmm... ¿Nanako? —le oí balbucear.
Sorprendida, me giré. Pero, al ver que seguía totalmente KO, solté un suspiro, aliviada, y continué caminando. Pensar en que me había confundido con Ichimura se sintió pesado en mi garganta.
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Al día siguiente el sol salió, acompañado del canto de los pájaros. Las nubes se despejaron y mi corazón, feliz, se despertó bailando porque, ese día, ¡podría descansar!
Me puse un recatado vestido celeste, me maquillé y me recogí el pelo en una media coleta. Mirándome en el espejo, recordé las palabras de Katashi.
—Atractiva... —me repetí, atusándome el flequillo con la mano.
Me hacía feliz que incluso él, que solía desestimar el empeño que ponía en mi imagen, me considerara atractiva. Subió mis ánimos.
Tarareando, salí del baño y fui directamente al salón. En teoría, el domingo tendría que acabar uno de mis informes para Koko, pero ya que Katashi se había encargado, ¡me había conseguido zafar del papeleo! Lo único que restaba era la entrevista diaria de Kazuhiro.
Risueña, caminé hacia la mesa del salón comedor, donde él se encontraba sentado, desayunando. Le saludé, acercándome a la encimera de la cocina para prepararme mi café.
—Llevas dos días seguidos muy feliz —le oí comentar entre sorbo y sorbo— sabes que la bebida en exceso acabará con tu páncreas, ¿no?
Saqué mis cápsulas de la caja de madera de al lado de la cafetera, ignorándolo— me da igual lo que digas, ¡nada podrá arruinar este día!
—Este día... ¿Qué pasa este día?
Coloqué la cápsula en la máquina, y me giré hacia él. Expectante, esperaba una respuesta.
—Hoy no tendré que ir a la oficina, ni tampoco trabajar papeleo desde casa, así que podré centrarme de lleno en tu entrevista.
Asintió lentamente, bajando la cabeza— vaya... —y se acarició la barbilla— y yo que pensaba que estabas así de contenta porque por fin te habías podido deshacer de tu frustración sexual...
Chasqueé la lengua, volviéndome de nuevo hacia la cafetera. Me aseguré de que el depósito tenía suficiente agua y presioné el botón. Esperé a que cayera, pero no lo hizo.
—Nunca me acostaría con nadie en una primera cita.
—¿Quiere eso decir que habrá más citas con el chico cara de perro enfadado?
Avergonzada, tragué saliva. No quería explicarle toda la farsa del día anterior. Negué con la cabeza y volví a presionar el botón de la cafetera.
Se mantuvo en silencio unos cortos segundos— ya veo... —pero al poco volvió a hablar—, como ayer volviste tarde a casa, pensé que quizás habrías decidido quedarte con él toda la noche.
Sorprendida, me di la vuelta— creías que él y yo...
Asintió antes de tomar otro trago de su café.
Pensar en que no había vuelto a casa por miedo a encontrarme a Kazuhiro con Ichimura enrollándose me hizo gracia. La ironía se contaba sola.
Me reí entre dientes.
—¿De qué te ríes? —me preguntó Kazuhiro, sorprendido.
Calmada, suspiré— tardé en volver a casa porque creía que Ichimura y tú estaríais en tu cuarto, ya sabes...
Arqueó una de sus cejas— ¿de qué hablas?
—Os vi besándoos.
Perplejo, dejó la taza de café en la mesa— nos viste...
Asintiendo me crucé de brazos, apoyándome contra la encimera— cuando llegué al pasillo de nuestra planta te vi con ella, y como no quería molestaros me fui.
—Entiendo —cabizbajo, su tono se volvió un poco más grave— lo siento por no avisar.
—Tranquilo, te he visto en posiciones mucho peores.
En silencio, le observé sorber de su café. Sabía que era una mala idea y debía reprimir el instinto y el ansia de preguntar, porque sabía que lo más probable era que pedir una respuesta terminara en una atmósfera incluso más tensa, pero ya me daba igual.
Kazuhiro era fuego, y yo propensa a quemarme.
—¿Habéis dejado ya de ser amigos? —pregunté.
Esbozó una sonrisa, burlona— solo fue un beso, no significó nada para ninguno de los dos.
Anonadada, abrí los ojos.
—Nanako es especial para mí. Fue la primera persona a la que enseñé a tocar, y la primera a la que amé, pero —sus ojos, penetrantes, me congelaron— nunca me ha gustado el compromiso.
—Tú... —tragué saliva— ¿por qué dices eso?
—Porque así son las cosas —se cruzó de brazos recostándose en su asiento, y rió entre dientes—, no entiendo cómo ni por qué debería comprometerme a una sola persona. Solo imaginarlo es sofocante, como si me amarraran con una correa al cuello.
Por mucho que quisiera entender sus palabras, no fui capaz de hacerlo.
Sacudí la cabeza— ¿qué clase de amor es ese en el que no puedes prometerte a esa persona?, suena tan egoísta...
Kazuhiro, en silencio, serio, siguió manteniendo contacto visual.
—¿Estás seguro de que estás enamorado de Ichimura?
Pero no respondió, solo se limitó a mirarme.
—¿Qué clase de amor es ese, si no esperas impaciente al momento en el que te mire a ti, solo a ti?
—El mío —finalmente respondió.
—Pues vaya mierda de amor —resoplé— entonces ¿qué?, ¿vas a seguir jugando por ahí?
De nuevo, sus comisuras labiales formaron una pícara sonrisa— ¿por qué no? Nanako tampoco se ha opuesto.
Crispada, apreté dientes y me di la vuelta hacia la cafetera. Volví a presionar el botón. —Definitivamente me he equivocado... No estás enamorado.
No oí su voz, pero sí pasos. Caminó descalzo hacia mí.
Dejó sus manos caer a ambos lados en la encimera, y entre ellos, me aprisionó. Sentí su aliento en mi oreja. Su pecho y mi espalda chocaron.
—No quiero hacerle daño —susurró— porque yo no soy bueno para ella, ni para nadie.
Bueno. Su voz resonó con fuerza en mis oídos.
Noté su pecho alejarse a la vez que sus manos se despegaban de la encimera. Al girarme, sonreía, cálido. Su tono, apenas unos segundos atrás, sin embargo, había sido cortante.
Posó su mano en mi cabeza y me revolvió el pelo— ten cuidado de con quién te juntas, Ayumi.
—¿Cuidado? —murmuré.
La sensación calurosa hizo hervir mi rostro. Aún podía oler su fragancia. Su respiración, grabada en mi nuca, hacía cosquillas.
Acaricié uno de mis brazos, incómoda, y aparté la mirada. —No soy una niña.
—No, no eres una niña —estableció, y me tomó de la barbilla con uno de sus dedos, obligándome a encararlo— eres peor, como un corderito, débil y miedoso.
—¿U-un cordero dices?
Asintió— dan ganas de comerte.
Mi mente se nubló tratando de buscar una forma de calmarme.
Me soltó, riendo entre dientes. Se arrodilló, tomó un cable del suelo y me lo extendió— creo que si enchufas la cafetera funcionará.
Pasmada, asentí.
El café no me supo a café. En la punta de mi lengua residía la esencia amaderada de la colonia de Kazuhiro.
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Al llegar la tarde, salí con Kazuhiro. Ingenua, había creído que tendría una apacible jornada laboral junto a él en casa, haciendo preguntas, siendo arrastrada a jugar juegos de mesa, tomando una cerveza... Pero me equivoqué.
Salí, y no solo con Kazuhiro, sino también con Ichimura, con quien había hecho planes el día anterior.
Sentados en un tren casi vacío, me encontraba a mil años luz de ellos, ajustando la lente de mi cámara. Pues por una vez, era el pan del sándwich de Kazuhiro, y aunque solo había un hueco pequeño, de menos de medio metro entre él y yo, quería pensar que estaban mucho mucho más lejos.
—Kougami —me llamó Ichimura— no te importa que me haya unido, ¿no?
Miré a ambos de soslayo y, a regañadientes, negué con la cabeza para seguir girando la lente.
—Siento que soy una carga —suspiró Ichimura— pero no consigo acostumbrarme a estar a solas con Sakamoto.
«¿Hideki?, ¿a dónde estamos yendo?» me pregunté. No sabía nada del plan que tenían en mente porque Kazuhiro se había limitado a tomarme del brazo y arrastrarme hasta la estación, donde esperaba Ichimura.
Pensaba que sería una de sus quedadas inocentes entre amigos, pero por lo visto me había confundido.
—Le das demasiadas vueltas, tranquila —se dirigió Kazuhiro a Ichimura—. Los dos teníamos el día libre. Por unas horas, no pasará nada.
—Si tú lo dices... —la oí farfullar.
«¡Nuestra entrevista no es tener el día libre!» exclamé para mis adentros, incapaz de decirlo en voz alta. Me forcé a sonreír.
—Esto de ir en tren contigo es nostálgico —comentó Ichimura.
Vi por el rabillo del ojo a Kazuhiro asentir, sonriente. —Solía acompañarte, tu casa estaba lejos del instituto y la guitarra te pesaba —le respondió.
Me sorprendió escuchar que ambos compartían recuerdos preciados en un tren.
—Pensaba que odiabas los trenes —dije en voz baja.
Kazuhiro, aún risueño, me miró— y es cierto, los odio.
Alcé la mirada hacia él.
—Tengo muchos recuerdos malos en estaciones, y en trenes.
—¿Como cuando te despediste de Ichimura? —seguí inquiriendo.
Y él asintió— como cuando me despedí de Nanako, sí.
—Ah, yo... —Ichimura, turbada a la par que sonrojada, agachó la cabeza, apretando con fuerza su falda— tú también significaste mucho para mí, Miyazaki.
Incómoda por sus melosas sonrisas, y la complicidad en sus ojos, volví a agachar la cabeza con la intención de seguir ajustando la cámara.
—Después de todo, Nanako fue mi primera aprendiz —oí murmurar a Kazuhiro.
Sus palabras me paralizaron. Intrigada, me giré de nuevo hacia él.
—Cuando se fue, sentí que una parte de mí también me abandonaba —concluyó.
Ichimura, en silencio, le observó, como esperando que continuara hablando, pero no pasó. Desanimada, se recostó en el asiento del tren, y miró por la ventana.
Supe por qué su ceño se frunció, porque entendí por qué su sonrisa se disipó. Yo también, como ella, noté el matiz en el discurso de Kazuhiro; no fue malo, tampoco frío, solo un poco desabrido.
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Al menos, cuando llegamos a nuestro destino, la academia y apartamento de Hideki, el hielo se rompió. Los tres, Hideki, Ichimura y Kazuhiro, se quedaron hablando en una punta de la habitación en la que habían estado ensayando días atrás.
Yo, sentada en el sofá del salón, volví a ajustar la lente de la cámara, con la esperanza de distraerme y de olvidar las palabras de Kazuhiro en el tren. Pero no fui capaz.
Incluso si por la mañana me había asegurado no querer atarse a un compromiso, cada vez que hablaba de Nanako, algo en él era diferente. Incluso las canciones de Nanako eran diferentes. Confundida, me pregunté cuántas formas podría tomar un amor tan egoísta.
—Te gusta mucho esa cámara, eh —escuché la voz de alguien.
Elevé la cabeza, y me encontré con Hideki, de pie, con las manos en los bolsillos.
—¿Y Kazuhiro e Ichimura? —pregunté.
—La señorita se ha hecho daño levantando el bombo de una batería, y Kazuhiro la ha acompañado para ponerse una venda en la muñeca.
—Debería tener más cuidado —reí entre dientes.
Hideki suspiró, carraspeó y se desplomó a mi lado, en el sofá. —Quería disculparme —confesó, serio— Kento me dijo que te había molestado eso de llamarte persona ajena.
—No, lo entiendo —dejé la cámara en mis rodillas— para vosotros, solo soy una periodista.
—No, no lo eres —su mano se posó en uno de mis hombros— si Hiro canta contigo, cantas con nosotros. Puedes considerarte parte de Mystical Key.
—¿Eh?
Todos lo decían: cantar con Kazuhiro era algo grande, significaba mucho. Cantar con Kazuhiro, con Hiro, era ser parte de Mystical Key. Pero cantar con él solo fue una maniobra de distracción; una excusa para animarme.
«No significa nada»
—Sé que Hiro te aprecia —estableció Hideki. Casi como si me leyese la mente.
La seguridad con la que habló me erizó la piel. Por un instante, sentí mi pulso detenerse, y, nerviosa, asentí, sin saber qué hacer o decir.
Pensar en que Kazuhiro me apreciara dejó un extraño regusto en mi boca; tan dulce, acaramelado, como amargo. Y de nuevo, me pregunté, cuántas formas podría tener su cariño.
—Hideki —lo llamé— ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
En mi mente, la imagen de una llama pequeña, inocua, se prendió.
—Kazuhiro e Ichimura están enamorados el uno del otro, pero incluso después de tanto tiempo, nada ha cambiado entre ellos. ¿Por qué?
Mi pregunta le pareció cuanto menos divertida y riendo, se encogió de hombros— quién sabe. Es algo que Kento y yo siempre nos hemos preguntado. —Cruzándose de brazos, suspiró— Ichimura tiene miedo de ser herida, no confía en Hiro, porque conoce todas sus caras. Él tampoco confía en sí mismo, y prefiere alejarse antes que hacerle daño.
—Pero...
—Llevo demasiado tiempo tratando de juntarlos. Creéme, es imposible.
Volví a mirar mi cámara— imposible... —bisbiseé.
Pensar en el miedo a salir herido como el único impedimento en su relación me pareció ridículo. Sabía que podía ser brusco, y frío, pero conocía la amabilidad y el tacto, gentil, de Kazuhiro. Me costaba imaginarme a un Kazuhiro desleal.
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Tardaron horas en conseguir que Ichimura accediese a las condiciones que Hideki pedía para trabajar con ella. Por cada matiz de cada artículo que leía, Ichimura preguntaba, y Hideki estallaba en ira. Por suerte, Kazuhiro pudo ser su intermediario y calmarlo (la mayoría de las veces).
Una vez sellaron su trato, Hideki nos preparó un bol de fideos instantáneos, y al acabar de comer, Kazuhiro, Ichimura y yo nos encaminamos hacia el bar de mi tía.
Al entrar el paisaje era el que ya me esperaba: mesas vacías, sin el trío. Pero con una agradable sorpresa.
—Señora Takagi... —se me escapó. Incrédula, caminé hacia ellos.
Pues sentados en nuestras butacas, mi tía, Makoto y su prometida, tomaban una copa junto a una mujer alta, esbelta, de pelo castaño oscuro, corto, que reconocí enseguida.
Al oírme y desviar la mirada hacia la puerta, hicimos contacto visual.
—¡Ayumi, ya estás aquí! —gritó con una amplia sonrisa y se levantó. Se acercó, extendiendo los brazos, esperando un abrazo, que yo, encantada, acepté.
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Gran parte de mi infancia la pasé en la casa de Makoto, mi compañero de clase desde el parvulario.
En aquella época sus padres no se habían divorciado y sus ingresos seguían siendo altos. Por eso, cuando de un día a otro llegué yo, la niña que era conocida en el vecindario por haber sido abandonada por su padre, sin casi dinero con el que mantenerse, causé gran estruendo.
Sin embargo, la señora Takagi, Takagi Mizuki, siempre me trató como una hija más. Ayudó a mi tía y a mi madre de forma financiera, y me dejó pasar gran parte de las tardes en su casa. Incluso llegó a darnos unas llaves de repuesto de su segunda residencia, la mansión de Setagaya, a mi tía y a mí, por si algún día nos hacían falta. Eran las llaves del peluche de conejo blanco.
Volver a verla tras años fue reconfortante. Recordaba nuestra despedida, entre cajas de mudanza, en el verano de mi 16 cumpleaños.
Pero todo había cambiado. Había vuelto, y estábamos juntas, sentadas la una frente a la otra, compartiendo un botellín de cerveza.
—Te recordaba siempre vestida de negro, con muchos pendientes y el pelo tan tan tan corto, ¡cuántas veces te habré insistido para que te lo dejaras crecer! —suspiró la señora Takagi— pero sigues igual de preciosa.
—¡Como su tía! —añadió tía Sumire.
—Tú solo te has vuelto más vieja —le contestó.
—¡Oh, Mizuki, eso duele! —ofendida, mi tía se mordió el labio, reteniendo sus lágrimas.
La señora Takagi rió entre dientes— la familia Kougami siempre tan melodramática.
Tomé un sorbo de mi cerveza, ignorando su comentario.
—Entonces, Ayumi —volvió a dirigirse hacia mí— Makoto ya me dijo que estás trabajando en una revista, ¿qué tal te va?
—Pues... —nerviosa, me giré hacia Kazuhiro, quien sentado a mi lado, se había limitado a ser un mero espectador— ahora mismo me encontraba entrevistándole a él.
Sorprendida, se tapó la boca— oh... Creí que era un amigo.
—Bueno —me rasqué la nuca, riendo— es algo así.
Sonriente, Kazuhiro se inclinó levemente en una reverencia— soy Miyazaki Kazuhiro, vocalista de Mystical Key.
La señora Takagi le devolvió la reverencia— yo soy Takagi Mizuki, la madre de esa desgracia de ahí —finalizó, señalando a Makoto con el pulgar.
Makoto, sentado a su lado, por un momento se atragantó con la cerveza. Tosiendo, dejó el botellín en la mesa— eso sobraba, madre.
Kazuhiro, riéndose, se acomodó en su asiento.
—¿Y qué esperas que te diga si te vas a casar con una víbora? Eres una desgracia —le contestó su madre, sujetándose la cabeza.
Manami permaneció en silencio, como una tumba. Con los ojos clavados en su cerveza, tan solo escuchó su riña.
—Ayumi y tú erais perfectos el uno para el otro, lo sabes —continuó hablando en tono firme. Elevó la cabeza, volviéndose hacia él.
Atónita, busqué a Makoto, pero una vez nuestros ojos se encontraron, apartó su mirada de la mía.
—Ya, ya, tranquila, Mizuki —mi tía, haciendo su mejor esfuerzo por calmar el ambiente, le dio una palmada en la espalda a la señora Takagi— piensa un poco en los sentimientos de tu hijo.
—Pero —apretó el cuello de su botellín— ¿tan difícil era que sus sentimientos fueran por Ayumi?
—La gente no elige de quién enamorarse —respondió mi tía.
—¿Y tenía que ser de una mujer tan detestable como esa?
Noté incomodidad. No solo en el ceño fruncido, preocupado, de Manami; también en el semblante turbado de Ichimura. No eran las únicas. Yo también estaba harta de escuchar lo mismo una y otra vez. Me cansé.
Suspiré— Takagi —la llamé.
—¿Qué ocurre? —se giró hacia mí, sonriente.
—Se equivoca. Makoto y yo no estábamos ni estamos hechos el uno para el otro —noté mis piernas flaquear— desde pequeños nos peleábamos sin parar. Nuestra relación no podría haber funcionado.
Su mirada pasó de ser seria, firme, a comprensiva. Sus cejas se relajaron —¿pero a ti no te gustaba?
Sentí un nudo en mi garganta. Por suerte, conseguí deshacerme de él. —Era una niña —sonreí, tímida— no sabía lo que era amar.
Volví a compartir una mirada con Makoto, y esta vez no apartó sus ojos. A pesar de estar nervioso, como delataban sus dedos, rasgando la botella sin parar, me mantuvo la mirada, al igual que Manami.
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La señora Takagi nos comunicó que tendría una última barbacoa en la mansión de Setagaya la próxima semana y, tras ello, prometió que tiraría sus llaves y se olvidaría de la que una vez fue su casa, para cederla a su legítimo dueño: Makoto. Además de invitarme a mí, a mi tía y al trío chiflado, también se encargó de animar a Kazuhiro y a Ichimura a venir. Quería que todos disfrutáramos de una comida agradable.
A los pocos minutos de irse, el trío llegó. Lo primero que hicieron fue subirse al escenario para celebrar el nuevo proyecto de Minato y Reina. Miyoko, quien se notaba que había hecho muy buenas migas con Ichimura, invitó a esta última a unirse, y entre todos, animaron el ambiente con su improvisada banda.
Desde la barra, vi a Kazuhiro salir a la parte de atrás del bar con una caja de cigarrillos en una mano, e imaginé cuál sería su plan.
—Aquí tienes —Mai me extendió mi zumo de naranja, tras la barra.
Agradecida, lo tomé en mis manos. Me di la vuelta, y caminé hacia una de las pequeñas mesas para dos, al fondo del bar, donde Makoto y Manami charlaban. Quise acercarme, quemarme.
—Makoto —detuve su conversación— ¿te importa dejarme un minuto a solas con Manami?
Sorprendido, levantó una de sus cejas— ¿ahora?
—Es importante —insistí.
Al ver que no me rendiría se dio por vencido. Molesto, se incorporó, tomó su chaqueta y cerveza en mano, y se alejó hacia la barra.
Inquieta, me senté en el sofá enfrente de Manami. Pero, incapaces de mantener el contacto visual por más de dos segundos, apartamos la mirada. Ella agachó la cabeza; yo me volví hacia la izquierda, donde colgaban dos guitarras en la pared.
Un minuto tedioso. Un minuto de esos que no se sentía como un minuto, sino como muchos, muchos minutos, pasó por delante de nuestras narices. El tiempo corría, y sabía que no se detendría. Tomé aire. —Me odias —conseguí articular, con dificultad.
Desconcertada, elevó la cabeza— ¿qué? —y al fin, hicimos contacto visual.
—Me odias porque Takagi me prefiere, ¿o me equivoco?
—Ah... No, es solo que...—nerviosa, buscó el cómo inventarse una excusa. Esbozó una sonrisa artificial. Sus comisuras labiales temblaron.
—Que me odias.
Suspiró, cruzándose de piernas, su mirada se oscureció— Ayumi es más divertida —murmuró—. Ayumi tiene más talento, Ayumi es más guapa, Ayumi sabe cocinar el plato favorito de Makoto, Ayumi es más alegre, Ayumi sabe cantar, Ayumi toca la guitarra —su tono ganó intensidad progresivamente— Ayumi, Ayumi, Ayumi —se detuvo por una milésima de segundo— ¡estoy harta! —y estalló.
Enfadada, desbordó todo el odio acumulado en sus ojos. Su sonrisa se disipó— ¿sabes lo que es que te comparen con otra persona cada minuto del día? —apretó dientes— Ayumi puede esto, Ayumi hace eso, Ayumi es más esto —su voz se partió— ¡no soy Ayumi, nunca seré Ayumi!
Su desesperación, y el grito impotente que proyectó, consiguió encoger mi pecho.
—Lo entiendo, no es agradable —tragué saliva— pero, ¿tengo la culpa?
Chasqueó la lengua y miró hacia otro lado.
—Llevo con Makoto desde hace años, pero nada de mi esfuerzo ha servido. Se va a casar con otra persona, y he decidido aceptarlo. No voy a interponerme entre vosotros, puedes relajarte, y dejar de evitarme.
Rió entre dientes— olvídate de hacernos amiguitas.
—Nunca he dicho que quiera ser tu amiga.
Confusa, arqueó las cejas.
Asentí— durante dos años he soñado con cómo deshacerme de ti. —Recordé la sonrisa, la cálida sonrisa de Kazuhiro al saludarme, cada mañana— puede que Takagi te compare conmigo día a día, pero en mi caso, soy yo la que se ha estado midiendo contigo.
Tras escucharme, volvió a mirarme.
—Pero, por el bien de Makoto —agaché la cabeza— y por el mío, esta guerra debe finalizar. Dejemos las comparaciones, seamos sinceras la una con la otra, y llevémonos bien —incliné la cabeza con suavidad, en forma de reverencia.
En los ojos de la otra residían tantas palabras que no podíamos decirnos. No solo insultos, también inseguridades.
—Lo siento, por ignorarte —se disculpó.
—No pasa nada, me lo merecía, por declararme a tu prometido —removí el zumo con mi pajita.
Inesperadamente, vi asomarse una tierna sonrisa en su rostro. Sus ojos se perdieron en la distancia. Curiosa, me giré, seguí su mirada.
En la barra, Makoto bebía, charlando con Mai, escuchando los berridos de mis amigos, y Kazuhiro salía desde la puerta trasera del bar, con las manos en los bolsillos.
—No te lo mereces. Miyoko, Minato y Reina hablan continuamente de lo genial que es volver a estar contigo, y Makoto, aunque no lo parezca, es muy feliz de volver a estar a tu lado.
Me volví hacia ella.
—Incluso Miyazaki te tiene un gran aprecio, eso significa algo.
Ladeé la cabeza, frunciendo el ceño.
—Eres una buena persona —suspiró— supongo que, por eso, es más fácil ignorarte.
Asentí— gracias.
Creer en sus palabras parecía difícil, pero quería hacerlo. Manami y yo no podíamos ser buenas amigas, pero el odio solo nos limitaba. Hacía daño a Makoto, me hacía daño a mí, y estaba segura de que también hacía daño a Manami.
Mentía. Mi corazón seguía anhelando el día en el que Makoto me monopolizara a mí, y solo a mí. Una buena persona no pensaba así.
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Al acabar de hablar, ambas nos acercamos a Makoto y nos sentamos con él en la barra para comentar el espectáculo de Miyoko y los demás. Kazuhiro se unió a nosotros, y, por primera vez, no discutieron, o al menos no discutieron tanto.
Concluí en que aquella había sido una buena noche y, antes de irme a casa, fui al baño del bar.
Pero, entonces, mientras me lavaba las manos, alguien entró.
—Kougami —me llamó— ¿podemos hablar?
Cerré el grifo y me volteé hacia ella: Ichimura, aparentemente preocupada, se acercó a mí.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Verás, yo... —tomó aire—, necesito tu ayuda —murmuró.
—¿Mi ayuda?
—Sí, necesito que me ayudes con Miyazaki.
—¿Con Miyazaki?, ¿de qué hablas?, ¿cómo te voy a ayudar con Kazuhiro? —volví a preguntar, extrañada. No aguantaba tanto secretismo.
—Ayumi —tragó saliva— ¡ayúdame a cantar con Miyazaki! —y gritando, se inclinó en una modesta reverencia.
—¿Eh?
Sin tocarlo, el grifo se volvió a abrir. El agua corrió, para apagar todas las llamas que llevaba avivando por horas.
Validación de una acepción para el amor
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