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-Vigésimo sexto Acto: Cuando las mejillas duelen-

Confidencial y silencioso

Olvidé. Olvidé la que por años fue mi canción favorita. Olvidé momentos, escenas, de una noche de agosto. Olvidé los agujeros de mis piercings, ahondando el hueco en mi corazón. Olvidé lo que significaba ser yo.

Luché por olvidar el cálido y reconfortante abrazo de Kazuhiro. Pero no lo olvidé.

Me esforcé en sonreír. En siempre, siempre, siempre, sonreír. Así, sonreí incluso cuando sin aliento, me miró, a mí. No a la puerta, ni a ella; a mí. Entonces, dejé de sonreír. No, olvidé sonreír.

Pero el mañana sería más brillante, porque en la costa, el champú se había vuelto espuma de mar. Y ya no quería olvidar.


☻☻☻


A mediados de noviembre, Nanako y Kazuhiro comenzaron a salir.

Al verles entrar en el bar, de la mano, fingí no saber nada, y los evité subiéndome al escenario, donde canté una, dos, tres; muchas canciones, hasta cerrar el bar, limpiar, y acompañar a mi tía mientras hacía la caja.

Las puntadas de mi guitarra me recordaron, una a una, la distancia entre Kazuhiro y yo. Dibujaron, baldosa a baldosa, el foso que nos debía separar porque a su lado, tras el precipicio, estaba ella, Nanako.

Y en el coche de mi tía, de camino a casa, recordé su mirada, sus gestos, su tacto sobre mi mejilla, en la punta de mis dedos, sabiendo que no volvería. Él no era para mí, debía dejarlo ir. Quizá porque sabía que no era mío, no me dolió.

Al llegar a mi piso no oí voces, pero sí vi los zapatos de Kazuhiro. Solo sus zapatos, por lo que entendí que estaría durmiendo.

Me dirigí al baño para tomar una ducha antes de irme a la cama. Y al girarme hacia el cesto de la ropa sucia para dejar el jersey, me vi de reojo en el espejo. Dejé caer la prenda, me detuve frente al grifo, y me apoyé en el lavabo con las palmas.— Mi pelo... —murmuré, —mi pelo te gusta, pero... —dibujé con mis ojos el recorrido de mis comisuras labiales, rectas, decaídas, tintadas de su coral favorito, —mi sonrisa... — las curvé, con dificultad.

Pero, frágil, con las mejillas adoloridas, fui incapaz de mantenerla.


☻☻☻


Soñé con nata dulce, blanca y cremosa, dulces fresas rojizas, levemente cítricas, y un esponjoso bizcocho de vainilla. Capa a capa, torres circulares terminaron de construir un delicioso shortcake.

Al día siguiente, el sonido de mi alarma me despertó. Cansada, salí de la cama, me puse las zapatillas y caminé hasta el escritorio, corrí las cortinas y dejé entrar la poca luz del sol que había. El cielo, cargado de pesadas nubes grises, me dio los buenos días.

Pero, a pesar de que no era el clima más alegre, algo dentro de mí me decía que sería un gran día. Por lo que, animada, escogí del armario una blusa beige y unos pantalones rectos, negros. Al terminar de vestirme, cogí mi bolsa de maquillaje y fui directa al baño, tarareando de camino la última canción que recordaba haber cantado la noche anterior.

Nada más entrar, dejar el neceser en el lavabo y sacar mi corrector, oí pisadas, «¿tan rápido?» me pregunté. No esperaba cruzarme con él tan temprano en la mañana.

Traté de ignorar el inevitable encuentro, centrándome en tapar las ojeras con el aplicador.

—Ayumi—me llamó.

Tragué saliva, cerré el envase, y comencé a difuminar con los dedos lo más rápido que pude. Al verle acercarse en el reflejo, me giré hacia él, quien, como de costumbre, se apoyó en la puerta del baño con las manos en los bolsillos.

—¿Pasa algo?—pregunté, luchando por encubrir los nervios.

Pero su ceño fruncido bastaba para responder a la pregunta.— ¿Que si pasa algo? —chasqueó la lengua,— ayer te pasaste toda la noche tocando, ni siquiera te oí entrar en casa.

—Yo... —suspiré. Volví a girarme hacia el espejo y continué maquillándome.— Ayer me apetecía cantar. Cuando llegué a casa ya estabas dormido, no quería despertarte. Lo siento.

—¿Solo eso? —preguntó, desconfiado.

Sentí mi corazón aceleararse. Pero reprimí el miedo, ignoré el temblor en mis manos, y solo asentí.

—Sabes que puedo leer todo lo escrito en tu cara, ¿verdad?

—Siempre igual —mascullé en un tono casi inaudito. Pensé en encararlo, pero no hizo falta girarme; nuestros ojos se encontraron en el espejo.

—Si hay algo que te molesta, dilo.

Algo que me molestara. Qué tontería. No había nada por lo que estar molesta. Saber que Kazuhiro y Nanako al fin podían estar juntos me hacía feliz. Que Makoto y Manami se fueran a casar, con un nuevo futuro, también me hacía feliz. No había ningún problema.

Que todos encontraran su lugar debía ser motivo de alegría.

—Estoy bien—dejé todo en el lavabo y, sonriente, me giré hacia él, —no tienes nada de lo que preocuparte.

Su expresión poco a poco se relajó. Pero sus comisuras labiales, recelosas, no terminaron de curvarse— ¿Segura?

—Mucho.

Hasta que, con aquella contundente afirmación, finalmente, fue capaz de devolverme la sonrisa.

Alegre, caminó hacia mí, tomó mis manos —tus heridas ya se han sanado casi al completo. —Absorto, sus ojos no se movieron de la punta de mis dedos. Los elevó, y los observó en silencio, detenidamente, los acarició.

Mi respiración se entrecortó al momento de sentir su aliento, caliente, rozarlos. Sobresaltada, retrocedí, y al instante, crucé miradas con él. Encontré el brillo de su pupila, expandiéndose, y por mi mente pasó la ridícula idea de que ese color, y esa marea, resplandecían así por mí.

«Por mí» me repetí, desanimada. Con delicadeza, aparté mi mano y la escondí en mi otra palma.

—¿Y ahora qué pasa?—preguntó, sorprendido.

—Kazuhiro, deja de intentar ligar conmigo y ve a desayunar. Yo iré ahora. —dije, cabizbaja, manteniendo la sonrisa a pesar del dolor en mi mejilla.

—Vaya, ¿no te he dicho ya que no ligo ni miento?

Cansada de su juego, me giré de nuevo hacia el espejo.

—Ayumi —me llamó por última vez —estás preciosa, como siempre.

Cabreada, cogí uno de mis pintalabios rotos, me volví y se lo lancé. Desgraciadamente, consiguió tomarlo en el aire con sus manos.

—Mierda...—farfullé.

—Mis reflejos son invencibles —rió entre dientes, alzando el pintalabios, antes de salir del baño.

Harta, chasqueé la lengua.— Por lo menos no ha sido tan incómodo como creía que sería... —me consolé en voz baja, viéndolo desaparecer por el pasillo, con el pintalabios que nunca me devolvió.

Ese día, no me recogí el pelo.


☻☻☻


Kazuhiro y yo desayunamos rápido y nos encaminamos hacia su productora, donde tendría lugar la primera toma de contacto con su segundo álbum. Sentada en el sofá del estudio, frente al cristal tras el cual los chicos discutían con los instrumentos tirados por el suelo, saqué la cámara y disparé varias tomas. Hasta que, satisfecha, bajé la cámara.

—Bien, chicos —la voz de Kazuhiro me sobresaltó, tomando de la carpeta en sus manos cuatro cuadernillos—. La última canción de Hideki es la que más me gusta, pero creo que deberíamos modificarla un poco.

Las miradas de sorpresa no se hicieron esperar. Hideki, tomando su guitarra, le preguntó, —¿en qué estabas pensando?

—Darle un punto más alternativo quizás —respondió Kazuhiro, extendiéndole uno de los cuadernillos— pero por ahora, veamos qué tal va la base.

Conformes, aunque un tanto desconfiados, Kento y Kenichi recogieron sus respectivos cuadernillos, y tomaron sus puestos; Kento con el bajo, Kenichi en la batería y Kazuhiro con su propia guitarra, al lado de Hideki.

Al aviso de Kenichi, golpeando sus baquetas, comenzaron a tocar. Reconocí los acordes de su introducción: Recidivist, el tercer single de su disco.

Pero justo antes de empezar su línea melódica, Kazuhiro dejó de tocar— ¡pausa! —gritó, levantando la mano— Kenichi —se dio la vuelta, encarándolo —da la entrada más suave.

—Entendido —respondió Kenichi.

La música reanudó, y esta vez, tras la introducción de la batería de a poco, las guitarras de Hideki y Kazuhiro comenzaron a sonar, acompañadas del bajo de Kento.

La voz de Kazuhiro se proyectó.— Esa respuesta que busqué, ya se ha ido. Con fuerza, rompí el último eslabón.

Sin embargo, y tras un buen trecho de canción, llegando al post-estribillo, un puente musical que trataba de conectar la segunda parte de la canción con la siguiente estrofa, Kazuhiro volvió a detenerse. —¡Alto! —exclamó, volviéndose hacia Hideki—. Quizás deberíamos cambiar este puente, algo un poco más lento le vendría bien a la transición.

Kenichi y Kento, atónitos, se miraron entre sí. Hideki, serio, sacudió la cabeza, —Es el borrador, te dejaré experimentar.

—Entonces — continuó Kazuhiro, —habría que cambiar el estribillo. La guitarra debería ser más melódica, pero sin opacar vuestro coro — se masajeó la barbilla, —y podríamos añadir una línea de bajo más dinámica.

«Oh, oh...». Y cuanto más cambios pedía Kazuhiro, más descontento veía en el rostro de Hideki.

—Un groove quizás —pero Kazuhiro, ignorándolo por completo, prosiguió.

—Oye, Hiro... —trató de irrumpir Hideki.

—¿Qué tan descabellado sería incluir un violín en el puente...?

—¡Hiro! —hasta finalmente exclamar, —aunque sea un borrador, sigue siendo mío.

—Ah, claro, claro — sacudió la palma en el aire Kazuhiro, —pero...

—¡Chicos! —repentinamente un grito nos sorprendió. Confusos, todos nos volvimos hacia la puerta del estudio, desde donde un hombre canoso, de pelo corto, acababa de entrar con dos bolsas de papel en ambas manos, —¡un descanso!, ¡os traigo hamburguesas y refrescos!

—¡Okamoto! —exclamó entusiasmado Kento, —¡eres un ángel!


☻☻☻


Okamoto Jirou, el mánager de los chicos, nos trajo a todos el almuerzo, y tras charlar con ellos por cortos minutos sobre el progreso que llevaban, se terminó despidiendo, dejándonos a solas.

Sentada entre Kento y Kenichi en el sofá con la comida desparramada, y Hideki y Kazuhiro al frente, sentados en el suelo, les vimos continuar con su discusión.

—Yo solo digo que es mi canción, y no me gusta que estés cambiando todo — dijo Hideki, abriendo su botella de soda.

—¿No decías que era el borrador y no te importaba? —preguntó Kazuhiro, burlón.

—No me importan 2 o 3 cambios pequeños, ¡no que destruyas todo! — le recriminó Hideki.

—Sí, algunas veces te pasas, Hiro —dijo Kenichi, tomando una patata de la bolsa sobre la mesa.

—Tienen razón, Kazu — le siguió Kento.

—Eso... —molesto, Kazuhiro chasqueó la lengua, —¡Ayumi!

Sorprendida, tragué la hamburguesa a medio masticar, rasgándome la garganta.

—¡Apóyame, vamos! —siguió gritando Kazuhiro.

Inquieta, traté de evitar su mirada, y sorbí de mi refresco, «está loco si cree que me voy a posicionar».

—Eso no es justo —rió Kenichi, —Ayumi no cuenta. Es obvio que va a estar de tu lado.

Perpleja, me volví hacia él, —¿qué, pero...?

—Puede dar una opinión imparcial — me interrumpió Kazuhiro.

—Te pasas el día con ella, evidentemente su opinión está más que sesgada — le contestó Hideki.

«Yo...» de nuevo, sentí la presión en el pecho.

—Es como pedirle a Nanako que decida —y finalmente, con las palabras de Kento, me harté.

En aquella sala, a pesar de estar todos juntos, había un hueco irremplazable, invisible al lado de Kazuhiro. No quería pensar en ello, realmente no quería recordarlo, pero no podía ignorar el hecho de que, por mucho que le tuviera al frente, cara a cara, la brecha seguía creciendo.

Yo era una persona imparcial. Yo debía ser una persona imparcial.

—Disculpadme —dejé la hamburguesa sobre la mesa, me levanté, cabizbaja— necesito un respiro — y caminé hacia la salida del estudio. Tras de mí, sentí los ojos de Kazuhiro seguirme.


☻☻☻


Después de un rato en el pasillo, aclarando mi mente, volví al estudio, donde los chicos ya habían regresado a su posición en la cabina, tomando sus instrumentos y tocando la canción de Hideki, pero esta vez, sin gritos.

Una vez libres, les sugerí a los chicos ir a beber al Music Island, pero ocupados con sus quehaceres desestimaron mi oferta, por lo que, a solas con Kazuhiro, de nuevo, fuimos al bar.

Extrañamente, al llegar, no había nadie en nuestra mesa. Nos sentamos, esperamos a que mi tía dejara de ordenar las botellas y nos sirviera, pero no ocurrió.

—¿Dónde se habrán metido?—suspiré.

—Seguramente su jornada se haya alargado.

Lo miré de soslayo. Sus ojos no se apartaron ni por un mísero segundo de mi rostro, e incómoda, bajé la cabeza hacia la mesa.

—¿Tengo algo en la cara? —pregunté.

—No exactamente.

Desconcertada, lo volví a mirar, y, en ese mismo instante oímos gritos a lo lejos. A los pocos segundos la puerta se abrió con un gran estruendo, y los tres, Miyoko, su hermano, y Reina, entraron.

—¡Anda!—, rió entre dientes Miyoko, —hoy habéis sido más rápidos.

Desde atrás de Minato, su pequeña figura se dejó entre ver. —Hola—nos saludó Nanako, tímida.


☻☻☻


El bar comenzó a llenarse en masa progresivamente gracias al cartel que mi tía colgó en la entrada, Noche de micrófono abierto. Pero el micrófono no duró tanto como uno esperaría, pues Minato no tardó en subir y arrebatarlo junto a su hermana, Reina y Nanako.

Desde nuestra mesa, al lado de Kazuhiro, les observé dar berridos, con un botellín de cerveza. Su mirada, sin embargo, no se desvió. Siguió fija en mí.

—Kazuhiro —me giré hacia él,— ¿pasa algo?

—Eso me gustaría saber.

—¿Qué? —arqueé una de mis cejas.

Rasgó la etiqueta del botellín que abrazaba con las manos— ¿crees que no me doy cuenta cuando me evitas? —y acabó por tomar el papel en sus manos.

—¿Eh?, no, yo...

—Ayer, cuando llegué al bar, esperé durante horas a que bajaras del escenario para saludarte, y contarte lo de Nanako—la dobló con sus dedos —llegaste tarde, sin avisar, y tampoco me saludaste.

Nerviosa, me tapé la boca con la palma de la mano, apoyando el codo en la mesa, evité sus ojos.

—Esto no tiene que ver con que haya empezado a salir con Nanako, ¿verdad?

Y ahí estaba; había llegado el momento que había querido evitar todo el día.

Deseaba salir de ahí. No podía enfrentarme a esa pregunta, no tan pronto. Aún recordaba el tono de su voz la noche pasada, detrás de ese mismo bar. Tenías razón.

Me pregunté durante horas qué significarían sus palabras. Qué era tener razón. Qué significaría el beso que tan tierno le dio. Me pregunté si estaba satisfecha. Pero no me atreví a elevar la voz; oír la respuesta aterraba.

Estaba segura de que si hubiera sido la Ayumi de hacía meses atrás me habría levantado de esa mesa y habría salido corriendo hacia casa, donde me habría refugiado en la cama.

Pero la Ayumi de aquel momento se despertaba con Kazuhiro, bajo el mismo techo.

—Quizá —respondí con voz temblorosa—me da un poco de miedo que nuestra relación se rompa.

Ladeó la cabeza, confuso.

Apreté los labios— sé que tarde o temprano las cosas entre los dos cambiarán. Y no quiero que eso pase, no quiero que te distancies de mí.

—Tú... —guardó silencio por una pequeña fracción de segundo— ¿tienes miedo de separarte de mí?

Asentí, avergonzada. Noté el calor subir. Sonrojada, agaché la cabeza.

Pero, inesperadamente, Kazuhiro no se sintió incómodo, por el contrario, se rió. — Ayumi — soltó aire, — nunca me separaría de tí.

Risueño, sus ojos se volvieron a posar sobre las dobleces de la etiqueta que sujetaba entre sus dedos— no somos solo compañeros de piso, tú misma lo dijiste—terminó por doblarlo una última vez, antes de desplegar los márgenes de la figura: las alas.— Somos amigos —concluyó, extendiéndome el pequeño avión de papel que acababa de hacer.

—Kazuhiro... —murmuré su nombre, apartando la mano de mi rostro.

Por mucho tiempo, el nombre de nuestro vínculo, la etiqueta que arrastrábamos, fluctuó. Pero su expresión me recordó lo que desde hacía meses habíamos construído. Lo que no debíamos dejar que se destruyera.

Por mi mente pasó su rostro, iluminado por las linternas anaranjadas del festival. Recordé el dulce aroma del caramelo emanando de los puestos.

—Qué buen ambiente—oímos a alguien decir. Alzamos la cabeza al frente y vimos a Nanako, con una cerveza en cada mano, sonriente de oreja a oreja, —¿me puedo unir?

—¿Vas a beberte esas dos? —le preguntó Kazuhiro— ya sabes que no manejas bien el alcohol.

—No son para mí —rió entre dientes dejando las cervezas en la mesa— son para vosotros, de parte de Kougami.

—¿Mi tía?— desvié la mirada hasta el final de la sala, donde, frente a la turba, detrás de la barra, trabajaba sirviendo copas, jarras y botellines con rapidez. Al notar mis ojos sobre ella, me sonrió, guiñándome un ojo.

—Entonces...—, volvió a hablar Nanako, —¿puedo unirme?

Y al caer en mi tesitura, la sujetavelas, espantada, me levanté de mi asiento, —tranquilos, yo me voy, así podéis estar a solas.

—¿Estás segura?—preguntó Kazuhiro, serio.

—Sí, yo... — pero, antes de responderle, algo pasó por delante de mis ojos. Sonreí aliviada, —tranquilo, estaré bien—, tomé mi chaqueta, cerveza y bolso, y me despedí.

Makoto acababa de aparecer en el bar. Sentándose en la barra, acababa de pedir una cerveza, y a juzgar por su expresión, no estaba de buen humor.


☻☻☻


Dejé mi bolso y chaqueta caer en la tabla de la barra para captar su atención. Lo conseguí, sobresaltado, elevó la cabeza.

Me senté a su lado y tomé un sorbo de mi botellín. Miré hacia el escenario, donde Miyoko, junto a Reina en el bajo, y Minato al teclado, seguían tocando su propia versión de una antigua canción de Tasturo Yamashita; Shampoo. —Olvídalo, aunque sea frustrante, olvida a ese tipo.

—Hola—me saludó finalmente Makoto.

—Sí, hola—y yo le devolví el saludo, volviéndome hacia él. Su expresión, desanimada, trató de engañarme con una sonrisa decaída, falsa.

—Últimamente pasas mucho tiempo con tus amigos, los destroza oídos.

—¿Tanto te molesta?—sorbí de mi botellín.

—Me preocupo por ti, me da miedo que te hagan algo.

Reí entre dientes, —Makoto, no son delincuentes ni mafiosos, tranquilo.

—Me da igual— dijo, contundente— no me fio. No quiero que nadie te haga daño, mi deber es protegerte— y me revolvió el pelo con su mano— para mí, tú eres...

—Inepta—le interrumpí, apartando su mano— ahora, dime, ¿qué ha pasado?

Suspiró, rascándose la nuca— no ha sido nada, solo una discusión tonta.

—¿Con tu madre?

Asintió, mirándome de reojo— Pero ya estoy mucho mejor.

Su sonrisa seguía siendo igual de deslumbrante.

—Solo verte ya me anima —rió entre dientes, y volvió a revolverme el pelo.

Tragué saliva, a duras penas, y tomé su mano— no hagas eso —le pedí.

—¿Desde cuándo me das órdenes?—pero siguió removiendo mi melena.

—¡Makoto!—puse toda la fuerza que pude en intentar apartar su mano, pero fue inútil. Y tras un buen rato, me rendí. Suspiré, agaché la cabeza, y tomé otro sorbo de mi cerveza.

Al sentir su mano moverse entre mi pelo, otra vez, le miré de reojo. Cruzando miradas, acabamos riendo.

—Gracias por volver —le oí decir.

Entonces, una corriente eléctrica de esas que te paralizan y te roban la respiración, que te monopolizan, te aíslan y en un chasquido, te atrapan entre sus garras, me acarició la columna vertebral.

—No —sacudí la cabeza, —gracias a ti por volver.

No hizo falta cantar. Me lo pasé bien al lado de Makoto, sin tener que fingir, ni luchar contra el instinto. Sin que me dolieran las mejillas.

Pero al bajar la cabeza, en el reflejo de mi botellín, vi brillar el rostro de otra persona. Mi corazón se encogió y pensé en que, quizás, y solo quizás, no estaba enamorada de Makoto.

Confidencial y silencioso

CONTINUARÁ

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