DÉCIMO SEGUNDO ACTO: Castigo olvidadizo
Disolución
Durante años la figura, la silueta, la forma de Makoto sufrió cambios. Creció, su espalda se ensanchó, sus manos también, incluso su voz se volvió más grave. Pero no solo fue su físico.
Makoto detestaba lidiar con chicas coquetas, pero se había prometido con una.
Dos años atrás, seguramente le habría escupido. Habría hecho lo que fuese para apartarla de Makoto, Pero con 24 años, no era capaz de enfrentarme a Manami porque de pies a cabeza era totalmente diferente a mí. Refinada, y delicada. Era apta.
Me solía preguntar por quién se decantaría Kazuhiro, si abrazaría a la Ayumi sin rumbo, que vagaba por las calles con su guitarra a la espalda, perdida, o por la Ayumi centrada, con un trabajo estable, incapaz de ser honesta, ni valiente.
Daba igual, porque ambas seguíamos profesando el mismo amor incondicional por esa música que se escuchaba por los oídos, con la cabeza, el corazón y el cuerpo. Nací para tocar, y tocaría hasta el final.
Kazuhiro también, pero mejor. Lo que me faltaba, lo tenía Kazuhiro. El ímpetu taimado de un lobo que vivía el placer sin miedo, con sinceridad.
Lo que le faltaba a Kazuhiro, yo no lo tenía. Quería creer que ya no lo tenía.
Me habría gustado enamorarme de Kazuhiro, pero ni nuestro encuentro fue el más acertado, ni nuestra explosón la idónea.
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De un día a otro, el cielo se despejó.
Pasó una semana desde la celebración de la fiesta improvisada para los chicos de Mystical Key. Tras días, Kazuhiro siguió con su juego. Se había relajado pero volvió a quebrar la regla 22 de nuestro contrato de inquilinos. Y es que, cada mañana desde aquel día, durante toda una semana, llegué a casa del trabajo rodeada de ropa, con el ambiente, cargado de feromonas, dándome la bienvenida. Por mucho que le gritara a la mañana siguiente, no hizo caso.
Quería odiarlo, gritarle como antes, cabrearme, enfurecerme, pero no era capaz. No cuando me sonreía.
Y así continuó mi rutina por cinco días contados, hasta que, finalmente, fui citada en la oficina de mi jefe, Yamada Hiroshi.
Tomé aire, me di una palmada en las mejillas con ambas manos— bien —suspiré y, sonriente, entré— ¡Muy buenas, señor! —me incliné en señal de respeto.
Yamada me esperaba de brazos cruzados, recostado en su silla detrás del escritorio. Soltó aire, se acercó a la mesa, y, serio, comenzó a hablar— Kougami, ¿hace cuánto te pedí la entrevista de Miyazaki?
Tragué saliva, nerviosa.
—Debías entregarla antes de este lunes, pero he hablado con Koko y nadie ha recibido tu artículo — noté la decepción en su rostro— entiendo que estés ocupada con más proyectos, sigues siendo una de las mejores columnistas que tenemos, pero debes ponerte las pilas.
Me mordí la lengua. Quería gritarle que la culpa no era mía si no de Kazuhiro, que había evitado cada una de mis preguntas y me había hecho imposible terminar o si quiera comenzar mi labor. Sin embargo, no me atreví.
—Pero no te preocupes —se recostó en su silla— anteayer llamé a su manager y estuvimos discutiendo qué hacer con la entrevista, y, dado que se te está complicando el trabajo, hemos decidido alargar la fecha límite.
—¿Qué? —pregunté, atónita— ¿e-en serio? —e incapaz de ocultar la alegría, sonreí.
—Sí, tendrás que presentarla dentro de un año —concluyó.
Al segundo de escuchar sus palabras, la sonrisa desapareció por completo. —U-un año —musité. Sentí un nudo en la garganta— pero señor... Eso es mucho tiempo.
—Lo sé —me dio la razón— pero confío en que darás lo mejor de ti, y quizá, con suerte, conseguiremos publicar tu reportaje en varias entregas de la revista.
—¿Varias... ? ¡¿Quiere hacer una serie dentro de la serie de Conociendo ídolos del rock?!
—Más bien crear la serie de Un año junto a Mystical Key, Miyazaki Kazuhiro —dijo, sonriente de oreja a oreja , extendiendo sus manos por el aire.
Por no haber terminado a tiempo no fui despedida, todo lo contrario. Alargaron mi trabajo, mi entrevista e investigación, por 365 días más.
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Sabía que un año entero con Kazuhiro supondría mucho más esfuerzo que lo que tenía que presentar, y eso consiguió sumirme en depresión.
De camino a casa, no pude dejar de pensar en todas las tomaduras de pelo de Kazuhiro; juegos de mesa, desaparecer en medio de la calle, callarse por horas, e ignorarme durante días. Todo eso por un año.
No podía seguir. Quería descansar de mi trabajo, de Makoto, de Manami, y especialmente de Kazuhiro porque, después de todo, aquella noche, al volver a mi piso, nada más cruzar el salón, vi un rastro de ropa en el suelo hasta la habitación de Kazuhiro, de nuevo.
Estaba harta. Me había arruinado el trabajo, me había hecho hacer cosas vergonzosas solo para sentirme valiente. Desde que había llegado a la ciudad, Kazuhiro no había sido nada más que una traba, mucho peor que Manami.
Furiosa, cabreada y determinada a arrancarle la cabeza de un solo tirón, me dirigí hacia la habitación en la que él y su acompañante dormían. Entré en su dormitorio estrellando la puerta, y al ver su cara, despreocupada, descansando al lado de una chica que dormía en su pecho, quise vomitar.
—¿Ayumi? —preguntó al cruzar miradas desde la cama.
Lancé mi maletín al colchón.
Se quejó— ¿qué haces?
—Miyazaki... —murmuró su compañera, rubia, recién despertada.
—Qué hago... —farfullé, cruzándome de brazos— regla número 22, ¡nada de relaciones sin avisar a la otra parte!
Se masajeó la cabeza sentándose en la cama— ¿tan amargada estás por no poder echar un polvo?
Cansada, cogí el despertador de su mesilla y se lo tiré, pero lo esquivó. Y al verle reírse, triunfante, la ira creció en mis adentros.
Pero no tenía la fuerza suficiente como para continuar. Suspiré— lo que sea, cuando puedas, por favor, limpia el salón —me di media vuelta, y caminé hacia el pasillo.
Pero, entonces, justo antes de poder salir de la habitación, sentí su mano tomar mi brazo. Confusa, me giré.
—¿Estás bien?— preguntó, frunciendo el ceño, preocupado.
Quería volcar toda mi rabia en él. Sin embargo, no fui capaz; su gesto apaciguó el enfado, lo transformó en vulnerabilidad.
Me lancé a sus brazos, quise cubrir mi rostro, esconderlo en su pecho.
—¿Ayumi? —le oí preguntarme. Pero al ver que no había respuesta, me acarició el pelo, en silencio.
La chica seguía en la cama, expectante, observándonos.
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Al cabo de unos minutos, Kazuhiro desalojó a su invitada Como siempre, ninguno de los dos habló sobre volver a verse.
Por fin, tras cinco días evitándome, me dedicaría un poco de tiempo. Aunque trataba de no admitirlo, no podía evitar sentirme feliz de poder estar con él, sentada en el mismo sofá, compartiendo un té caliente.
—¿Y bien? ¿qué te pasa? —preguntó, rompiendo el hielo.
—Supongo que no te han dicho nada —murmuré.
Él, confuso, se cruzó de brazos, y esperó a que continuara.
Desvié la mirada hacia la taza que abrazaba en mis manos— hoy, mi jefe, después de reñirme por no haber acabado mi trabajo a tiempo, me ha comunicado que han alargado el plazo de entrega de tu artículo.
—Eso suena bien, para ti, ¿no?
Reí entre dientes, negando con la cabeza— lo han extendido para dentro de un año. Hasta entonces, tendré que seguir indagando en tu vida, redactando un profundo análisis que se convertirá, con el tiempo, en una serie bajo el nombre de Un año junto a Mystical Key, Miyazaki Kazuhiro.
—¿Y eso qué tiene de malo?
Conmocionada, me giré hacia él— ¡es un año entero!
—Un año entero haciendo lo que quieras —rió antes de volver a tomar un sorbo.
Ofendida, dejé la taza en la mesa y me recosté en el sofá, cruzándome de brazos. —Kazuhiro, esto es mi trabajo, no un descanso. Un año junto a ti significa altas expectativas, un bombazo que puede impulsar tu carrera, y asegurar mi puesto en la revista. —Forcé una sonrisa. —Me esfuerzo, aunque no lo creas.
Asintió— lo sé —dejó su té en la mesa, junto al mío, y me acarició la cabeza— sé que te esfuerzas mucho, soy plenamente consciente de ello.
—Y aún así me haces esperar, me distraes, todo con tal de que no haga mi trabajo —señalé irritada.
Esperaba que Kazuhiro se riera, o, irónicamente, cambiara de tema de conversación, pero no ocurrió. Su mano se deslizó desde mi cabeza hasta mis hombros. Me abrazó, acercándome a él.
Sin quererlo, respiré su cuello, empapado en colonia, mezclada con after shave.
—Yo soy el que te lleva a tu habitación la mayoría de las noches —asentó en un tono bajo, calmado.
Recordé el tacto de sus brazos al cargarme. Como piezas de un puzzle, encajaban, porque, noche tras noche, se fueron adaptando a mi cuerpo.
—Soy muy consciente de que trabajas duro y te lo hago pasar mal, pero... —dejó su cabeza reposar sobre la mía— te lo voy a compensar, todo.
—¿Me lo vas a compensar?
—Así es —se apartó, volvió a tomar su té y me miró con su sonrisa burlona— ¿quieres ir mañana al acuario de nuevo? Tengo el día libre, y a ti te toca estar conmigo lo quieras o no.
Escocía querer estallar en furia e irme, pero no poder hacerlo porque era Kazuhiro, y era su sonrisa.
Asentí— mañana vayamos al acuario.
La rojez en mis manos había subido hasta la cabeza.
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Aquella noche fue la primera en mucho tiempo en la que no tuve problemas para dormir. No dormí atormentada por Makoto ni tampoco tuve que comerme la cabeza a base de cabreos por Kazuhiro.
Y al día siguiente, en la estación, mientras esperábamos a que el tren llegara, ajusté la lente de la cámara atada a mi cuello. Mientras tanto, los ojos de Kazuhiro examinaron cada pequeño movimiento.
—Parece un ritual —susurró.
Extrañada, lo miré.
—Siempre que sales conmigo llevas esa cámara, y la ajustas por un rato muy largo.
Desvié la mirada de nuevo hacia la lente— tengo que hacerlo si quiero sacar buenas fotos —sonreí, sosteniéndola con más fuerza— es mi trabajo después de todo.
—¿Y estás satisfecha con él?
Ya me conocía esa actitud, ese juego de preguntas. Kazuhiro no hablaba, le gustaba hacer hablar.
—Hace unos años no lo habría estado —respondí tajante. Elevé el rostro, traté de mantener su mirada con la mía— estudié periodismo porque tía Sumire me obligó, pero mi sueño siempre fue la música, el rock. Romper cuerdas.
—Pero yo te he preguntado por ahora, no por hace unos años.
Suspiré— ahora mismo, amo mi trabajo —aparté un mechón de pelo por detrás de mi oreja y, mecida por la suave brisa, continué— es cansado, es duro, y algunas veces es incluso aburrido, pero ya no estoy perdida. He encontrado mi lugar.
—Entonces, ¿eres feliz siendo el prototipo de mujer perfecta de Gran rata?
Turbada, tragué saliva— no, yo... —quise decirle que eso no era cierto, que no tenía nada que ver con Makoto, pero no pude.
La llegada del tren nos interrumpió, y al verme reflejada en una de sus ventanas negras, sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
Mi pelo era más largo, en un semi recogido con una coleta alta. Los agujeros de mis piercings casi se habían cerrado por completo. Los pantalones rotos y camisetas holgadas habían sido sustituidos por una blusa y una falda recatadas bajo mi gabardina.
¿Y dónde estaba mi guitarra? Era una cámara.
—Da igual, vamos —Kazuhiro comenzó a caminar hacia el tren, pero no le dejé entrar.
Fue instintivo, mi brazo se movió por sí solo al tomar el final de su chaqueta. —Makoto no ha visto esta versión de mí, pero soy feliz siendo así, trabajando así —lo solté— porque aún puedo romper cuerdas.
Ante mi tan apasionada aclaración, a Kazuhiro no se le ocurrió nada mejor que pellizcarme las mejillas, estirándolas—. Es peligroso detenerme en medio de las puertas de un tren, lo sabes, ¿no? — me preguntó, serio.
—Wo ewa wi iwtewiów —traté de hablar.
Burlón, se separó— no he entendido nada —y entró al tren.
Masajeándome las mejillas, adolorida, le seguí.
☻☻☻
Al llegar al acuario, Kazuhiro y yo volvimos a tomar un panfleto de la entrada y juntos, caminamos.
A cada estanque en el que nos parábamos, le pregunté, y él respondió, esta vez, sin dar rodeos. Fue claro, transparente, como el agua en el que cientos de pececillos nadaban a nuestro alrededor.
Me compartió algunas de sus anécdotas viviendo en Shibuya, cuando era pequeño, pues, al parecer, cuando cumplió cinco años sus padres decidieron que sería mejor vivir en una zona residencial, y eligieron que fuera en Kotou, concretamente en el distrito de Shinonome, a media hora de la playa de Odaiba, muy cerca de la casa de los padres de Miyoko y Minato.
Aunque eran datos que había oído de pasada, Kazuhiro se encargó de ahondar un poco más, y gracias a eso, fui capaz de conseguir información que podría servirme de utilidad.
Todo fue bien hasta que, sin darnos cuenta, llegamos a la zona de los pingüinos. Se deslizaban por el hielo y caminaban felices de un lado a otro en un gracioso balanceo, se perseguían y algunos hasta se caían.
De la nada se hizo el silencio. Al echar un vistazo por toda la sala, me di cuenta de que estábamos completamente a solas.
Me fijé en la figura de Kazuhiro de costado. Los miraba en silencio, con una mano metida en el bolsillo de su pantalón y la otra sujetando su abrigo. Su expresión no era cálida, pero tampoco era fría.
No quería hacerlo, tenía miedo de fracasar, de volver a preguntar algo que no me respondería, y que, de nuevo, se alejara, pero no tenía alternativa. Tomé aire, exhalé, y lo encaré. —La última vez... —me miró de soslayo. Tragué saliva— me dijiste que aquí, en esta zona concreta del acuario, besaste a una chica, la protagonista de una de tus canciones, ¿no es así?
Se rió entre dientes— sabía que este momento llegaría tarde o temprano —soltó un pequeño suspiro, y asintió.
Nerviosa, apreté el botón de la grabadora.
—¿Te acuerdas de la chica de la que te hablé? La del club de cocina.
—Sí.
Por un momento, sus ojos se posaron en mí, pero al instante volvieron hacia los pingüinos— la conocí un día volviendo de las prácticas de mi club de kendo, en mi primer año —se rió entre dientes— sola, sentada en el banco de un parque, en medio de la nieve, la oí cantar desde la acera de la calle contigua. Algo en su forma de mirar la nieve caer, y la aflicción en su voz, me cautivó. Pero su canción no duró mucho más.
—¿Dejó de cantar? —pregunté.
—Me vio. Se avergonzó y se fue, corriendo —su tono de voz se volvió un poco más suave, y pude notar sus pupilas dilatarse lentamente—. Al año siguiente la conocí en el instituto como una de mis juniors, estaba un grado por debajo, y se convirtió en manager del club de kendo.
Atenta, me acerqué un poco más a él para poder asegurarme de que el sonido se captase.
—Era muy tímida, tenía miedo de nosotros. Ni siquiera entendíamos por qué se había unido al club si no quería relacionarse con nadie. Era más un estorbo, dejaba todas las tareas a cargo de las demás chicas— chasqueó la lengua— al tiempo me cansé. Dificultaba mucho nuestros entrenamientos, y por eso, pensé en hablar con ella, pedirle que abandonara el club— sacó su mano del bolsillo y se rascó la nuca— pero, sin quererlo, nos hicimos amigos. Tras un mes, abandoné el club con ella.
—¿Qué? ¿saliste del club por ella? —pregunté, precipitada.
Asintió— no fue para tanto, desde hacía tiempo me saltaba los entrenamientos para escabullirme a la sala de música —apoyó los codos en la barra de la vitrina que nos separaba de los pingüinos y continuó— saber que ella era feliz me hacía muchísimo más feliz a mí.
Mi corazón se aceleró. Apreté la grabadora con un poco más de fuerza.
—El día que la traje a este acuario caminamos sin casi hablar, hasta llegar aquí, al estanque de los pingüinos —murmuró.
—Y la besaste.
Asintió— me confesó que desde hacía semanas llevaba saliendo con alguien de su clase, y furioso, no supe qué hacer para mantenerla a mi lado. Yo... —su expresión se descompuso— creí que besarla era lo correcto. —Molesto, o quizá dolido, Kazuhiro se separó de la barra. Acercándose a mí, agachó la cabeza, tocando su frente con la mía— ¿Es esto suficiente? —preguntó.
Supe que sus ojos, hondos, querían ahogarme, pero no lo consiguieron. Paralizada, cabizbaja y ruborizada, asentí, apretando el botón de apagado, tratando de ocultar el calor en mi pecho.
Quería preguntar por muchas más cosas, pero con la grabadora, la cámara y la libreta, no podía hacerlo. Mi ansia no nacía del deseo profesional; nacía de mi interés.
—Odio recordarla.
«Pero escribes sobre ella».
☻☻☻
Tras el primer contacto con la historia de la chica del semáforo, ambos decidimos salir del acuario, en plena tarde. Al frente, hacia el este, asomaba la playa artificial de la bahía. Yo lo sugerí, él aceptó.
Bajamos hacia la arena y nos acercamos un poco más a la orilla, desde donde vimos la puesta de sol caer y fundirse con la sombra de la ciudad de Tokio, y el puente Rainbow.
Al notar la brisa acariciar mis mejillas, cerré los ojos— mi primer beso... —comencé a hablar. Pensé en reconfortar a Kazuhiro, como él había hecho conmigo. Abrí los ojos, al voltearme hacia él, nuestras miradas se encontraron. —Fue en esta playa.
—¿Aquí? —sonrió, pícaro. Ya no portaba esa expresión que vacilaba entre lo cálido y lo frío. Volvía a ser el mismo Kazuhiro de siempre.
Aquello me alegró, me hizo sonreír. —Me acuerdo porque estábamos en secundaria, y nos habíamos pasado todo el día estudiando en la casa de Miyoko y Minato para los finales. Al atardecer él y yo bajamos a la costa. No quería volver a casa, me apetecía bajar y tocar la arena.
—¿Tú y... ? —inquirió, expectante.
El recuerdo era reciente, así lo sentía. Podía recordar el calor, y lo tierno de su roce, como si hubiera sido hacía apenas unos meses. Pero no, no eran meses. Eran años, poco más de 10.
—Makoto —me rasqué la cabeza, riendo, acongojada.
En mis ojos vivía intacta la imagen del chico que me acompañaba a casa todos los días, y su sonrisa, a contraluz. En mis ojos vivía intacta la imagen del Makoto que amaba.
Creí que Kazuhiro diría algo, se reiría o me gritaría, pero su expresión permaneció serena.
—Nos sentamos en la arena y charlamos viendo la puesta de sol caer— apreté la correa del bolso en mis manos— , no fue su intención, seguramente no lo fue. Pero, al quitarme una pestaña de la mejilla, vi mi oportunidad, y me lancé.
—¿Fuiste tú?
—Sí, fui yo —me balanceé al son de la brisa. —Como no se apartó, creí que estaba siendo correspondida, pero nunca volvimos a hablar de ello.
—Fingió que nunca pasó —le oí musitar.
Asentí, y me volví hacia él. Mantuvimos contacto visual y, otra vez, en silencio, volvió a suceder.
No nos bañaba la luz de la luna, pero sí el incandescente sol, en una clara y radiante tonalidad anaranjada, arropados por el aire otoñal. No sentía el frío porque sus manos y mis manos estaban tan lejos, pero tan cerca.
Se acercó a mí, con las manos en sus bolsillos, no se atrevió a sacarlas, pero sí a inclinarse. Esperó a que su frente y la mía chocaran para tomarme de la cintura con delicadeza.
Cerrar los ojos, ponerme de puntillas, solo fue un gesto inocente. Sentir sus labios rozar los míos no.
No me disgustó, eran suaves, levemente húmedos. Se acoplaron a los míos como las piezas de un puzzle, como lo eran sus brazos en mi cuerpo.
Y aunque ese insignificante paso no me molestó, en la oscuridad, vi algo. Una sombra, una sonrisa a contraluz. No era Kazuhiro.
Su pelo era un poco más claro, su flequillo más desordenado y su voz, su voz al pronunciar mi nombre hacía que mi pecho doliera. Porque Makoto hacía que todo doliera. Un dolor tan dulce.
Rápidamente, abrí los ojos y aparté a Kazuhiro, empujándolo con brusquedad. Sacudí la cabeza varias veces, alejándome de él. —No, no, esto está mal —repetí a medida que retrocedía, con la mano aún en mi pecho. La cadencia se descontroló. Había cometido un grave error. —Kazuhiro, somos compañeros de piso, colegas de trabajo y...
—Y te gusta Takagi —me interrumpió.
Fue directo, atravesó mi pecho. No, mis intestinos. Me revolvió por completo.
Mis piernas temblaron e incapaz de negarlo, preferí no decir nada. Aparté la mano de mi pecho. Mi corazón se calmó, y el sudor se enfrió.
—No quiero nada contigo — le oí decir.
Extrañada, elevé la cabeza. Kazuhiro, condescendiente a más no poder, me tomó de la barbilla— Ayumi, no siento nada por ti.
Molesta, aparté su mano de mi barbilla— ¡y yo tampoco por ti! ¡Esto solo ha sido cosa de la playa!
—Tranquila, tranquila —volvió a esconder las manos en los bolsillos de su abrigo, dándose media vuelta— finjamos que esto nunca ha pasado— caminó hacia la salida.
Asentí.
Disolución
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