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DÉCIMO TERCER ACTO: Difuso

Impresión no vivaz

Creía que la mente retenía mejor los recuerdos malos que los buenos, porque por mucho tiempo fui capaz de reproducir en mi cabeza la escena en la que Makoto me rompió el corazón. Encarnizado, el frío olía a tabaco.

El color de la playa, e incluso el tacto, tierno, de Kazuhiro. Recordaba el sonido del agua cayendo, una cascada lejana, al unísono con sus pasos. Y el brillo de sus pendientes.

Pero con el tiempo me di cuenta de que no recordaba nada. Salté al puente musical borrando versos y estribillos.

Tardé, pero reaccioné. En un instante, él se olvidó de mi voz, y yo dejé de reconocerlo en sus palabras. La luz del océano, el real, me deslumbró.

Tokio era, como nosotros, una mentira. Nos engullía en su agujero negro.


☻☻☻


La vuelta a casa fue tensa. Acunados por el traqueteo del tren, nos evitamos, separados por la distancia que mi bolso marcaba.

Había errado. Cargaba sobre mi conciencia el recuerdo de su tacto sobre mi piel, aún caliente, endulzado por la imagen de Makoto. Cada vez que pestañeaba, su rostro se hacía más claro, y en mis oídos, las olas de Odaiba.

Tragué saliva, deslizando el dedo por la pantalla de mi teléfono, fingí leer artículos.

La atmósfera me engañó. La vulnerabilidad me hizo caer, estaba segura, pero aún había algo que no entendía.

«¿Por qué?» no podía dejar de repetirme. La duda de saber por qué él dio paso al beso me seguía martirizando.

Yo caí, pero fue él quien puso la trampa.

De nuevo, ante mis ojos, el cielo, anaranjado, volvió a sorprenderme. Apreté el móvil, tratando de olvidar la sonrisa de Makoto.

Suspiré y, por fin, me atreví a echarle un vistazo de soslayo.

Cuando descubrí sus ojos, escondidos bajo parte de su flequillo, me di cuenta; volvía a mirar a la puerta del tren.


☻☻☻


Necesitaba verme un poco más radiante de lo normal, para subirme el ánimo. Me desperté una hora más temprano para recogerme el pelo en un nuevo y refrescante recogido, un moño perfectamente trenzado, que combiné con una recatada blusa y una falda larga. Mi maquillaje, suave y disimulado, pulido, dejó un acabado acristalado en mi piel.

Tras unos días, por fin volví a la sede de la revista, esta vez, sin Kazuhiro. Y, nada más entrar en el departamento y sentarme en mi escritorio, mis compañeros se acercaron a saludar.

—¡Ayumi! —exclamó Megumi, dando una palmada, caminó hacia mi escritorio— siempre vienes deslumbrante, pero hoy... ¡hoy estás espectacular!

—Qué va, qué va —negué, sacudiendo la mano— ¿tú crees? —reí.

—Qué respuesta más frívola —escuché a Chiba. Por detrás de mis superiores, Koko y Ryuu, su figura emergió, con carpeta en mano. —Sé sincera, seguro que has estado como dos horas arreglándote.

Quise pegarle, cabrearme, pero me contuve. No eran las formas, durante años había estado suprimiendo la ira, no podía dejar que mi esfuerzo se fuera por la borda. Aunque ese desgraciado listillo me sacaba constantemente de mis casillas.

Chiba Katashi, mi compañero desde hacía unas semanas, había mantenido esa actitud hostil desde el primer día que llegó a CC. A pesar de ser atractivo, joven y con una carrera prometedora, también era mezquino, borde, un maniático del orden, y todo un controlador. Su personalidad, difícil de tratar, no tardó en espantar a todas las chicas que una vez intentaron acercarse.

—No le hagas caso, Ayumi, tus esfuerzos son de admirar, ¡estás preciosa! —comentó Ryuu.

—¿Podrías cuidar tu palabras? Es tu subordinada, mendrugo —le respondió Koko, dándole un golpe en la sien con la mano abierta.

—¡Aaah! —soltó Ryuu en un agudo grito. Adolorido, se rascó—. Eres una bruta... —masculló.

Koko, ignorándolo. se volvió hacia mí, sonriente— estás adorable, Ayumi.

Reí, incómoda— gracias.

Araki Ryuu y Arai Koko eran los dos periodistas veteranos de nuestra sección, nuestros superiores, profesionales y miembros del equipo de evaluaciones. Aunque había tenido poca interacción con ellos sabía que siempre eran así, la empresa los conocía como el mejor dúo cómico.

—Por cierto, Ayumi —interrumpió Megumi—, ¿hoy no viene Miyazaki?

La saliva se detuvo, se estancó en mi laringe. El nudo la aprisionó, y, tensa, traté de liberarla tosiendo. Pero seguía ahí, aferrado a las paredes de mi garganta. Suspiré, negando con la cabeza.

—Oh, es cierto —Koko se cruzó de brazos— tu plazo no ha acabado.

—De hecho, oí que Yamada lo había alargado, un año o algo así —se rió burlón Chiba— duro, eh.

No le presté atención. Reticente, encendí mi ordenador.

—Aunque esa entrevista me correspondía a mí —añadió Ryuu.

Confusa, elevé la cabeza hacia él. Sabía que Kazuhiro había pedido expresamente que yo fuera su entrevistadora, pero no había pensado en las consecuencias.

—Yo... —nerviosa, me incliné en una corta reverencia— ¡lo siento muchísimo!

—¡No, no! —exclamó alterado, y yo elevé la cabeza— no tienes porqué disculparte. Hay muchas más personas que entrevistar, en menos tiempo. Además —esbozó una amplia sonrisa— siempre que os veo juntos parece que lo estáis pasando en grande.

No se equivocaban. Las veces que pisábamos la oficina para dejar cintas, Kazuhiro acababa tumbándose en el sofá, leyendo y haciendo los cuestionarios de nuestras revistas. Discutíamos, pero también nos reíamos a montones.

—Vagueando, como siempre —comentó Chiba.

Irritada, carraspeé— tú no sabes lo difícil que es...

Pero antes de poder seguir hablando, el sonido, chirriante, de la puerta al abrirse, torpemente, me interrumpió.

Confusos, nos volvimos hacia la entrada y lo vimos. Con su camisa desarreglada, chaleco abierto, y la corbata suelta. Llevaba algo en su mano derecha, pero no podía distinguir lo que era.

—¿Ayumi? —me llamó.

Noté la mirada inquisitiva de todos mis compañeros sobre mí. Me había llamado por mi nombre, y, evidentemente, aquello despertó su curiosidad.

Suspiré, me levanté de la silla, y, cansada, me acerqué a él, andando a toda velocidad.

—¿A qué has venido? —susurré.

—Te has olvidado tu móvil en casa —susurró.

Rápidamente se lo quité de las manos.

Sonreía pícaro. Me resultaba odioso.

—Si no tienes nada más que decir o hacer, vete —sugerí.

—¿Irme? —se rió por lo bajo— han cancelado mi reunión y el ensayo. Hideki estará ocupado todo el día en la academia, y ni Kento ni Kenichi contestan sus teléfonos.

—¿Y yo qué tengo que ver en todo eso?

—¿No decías que tenías que pasar un año entero conmigo, escribiendo mi historia?

Sonreía. Kazuhiro sonreía, y, como él, yo también sonreí.


☻☻☻


No quería tener que sufrir las miradas de Megumi y el resto, por lo que pensé que lo mejor sería salir de la sede. Así, acabamos sentándonos en la terraza de una cafetería cercana. Kazuhiro disfrutaba de su café solo, y yo de mi capuchino. Cara a cara.

Eché un vistazo a algunas de las notas; temas, controversias, aspiraciones, hasta que, finalmente, me decidí. Cerré el cuaderno, y elevé la mirada al frente. De nuevo. La distante mirada de Kazuhiro caía en la puerta de la entrada del café.

—¿Kazuhiro?

—¿Sí? —hicimos contacto visual.

Reí entre dientes— siempre que intento hablar contigo te veo con los ojos en alguna puerta.

—¿Puertas?

Asentí, dejé la grabadora en la mesa, y tomé un sorbo de mi café— cuando te vi tocar por primera vez en el Music Island me di cuenta de que siempre te fijas en las puertas.

—Sí, es posible —incómodo, saboreó su café, acomodándose en la silla. —No puedo evitarlo. Tengo la sensación de que si no veo la salida, algo me sorprenderá.

—¿Algo como un monstruo?

—No soy un niño.

—Pero hablas como uno —reí.

—Da igual —taimado, se acercó a la mesa— ¿no quieres preguntar algo más candente?, como nombres de amantes o anécdotas vergonzosas.

—Pues... —lo pensé, le di varias vueltas al tema. El nombre de la chica de Kyushu pasó como un tren bala, pero no quería ir por ahí. No, quería algo mejor. —Me gustaría saber sobre tus referentes musicales.

—¿Mis referentes?

—Sí —dejé la taza, y volví a tomar la grabadora, apretando el botón de encendido— aquellos grupos que te marcaron. ¿Cuáles fueron?

—Mmm, fueron muchos —se recostó en su asiento, de brazos cruzados— grupos de rock, como WRONG SCALE o FREDERIC, punk crudo como Bleach, también ingleses como Sex Pistols o The Clash, grupos de post punk, y rock alternativo, Unchain por ejemplo, pero... —se detuvo en una pausa creando expectación— creo que el primero sería Takotsubo.

—¿Takotsubo? —paré la grabadora— ¡me encanta Takotsubo!

—Akiyama Arata y Kobayashi Hikari fueron mi modelo de músicos perfecto. Tocaban incluso teniendo a todo el mundo en contra, sin importar que el escenario estuviera en llamas. Realmente te hacían pensar que tú eras el loco y ellos los cuerdos. En mis años de estudiante era lo único escuchaba.

—¡Te entiendo! —ansiosa, me crucé de manos— te llevaban a otra realidad. Dolorosa, pero placentera.

Takotsubo, como grupo de post punk y rock alternativo había sido mi vicio más preciado desde el primer día que los escuché en el recién estrenado bar de mi tía. Fue lo que me unió a Miyoko, Minato, y, con el tiempo, a Reina.

Sin ellos, su barca, el lema del corazón roto, nunca habría sido capaz de tocar y mucho menos de componer.

—La tierna voz de Hikari distaba tanto del sonido corrupto de la guitarra de Akiyama y sus letras, descarnadas, crueles, que conseguía erizarte la piel —comenté, tomando en mis manos la taza de café.

Kazuhiro asintió— no me arrepiento en absoluto de que fueran la banda sonora de mi primera relación sexual.

Sobresaltada por sus palabras, mis manos temblaron con brusquedad.

—¡Cuidado! —por suerte Kazuhiro fue capaz de sujetarme el brazo evitando que derramara el café sobre la grabadora. Suspiró, aliviado, soltándome.

Avergonzada, coloqué la taza en la mesa y lo miré— ¿de verdad quieres que eso esté en tu entrevista?

—Tú decides.

Dudosa, desvié los ojos hacia la grabadora. Pero, al momento, la mano de Kazuhiro se posó en mi mejilla.

Sorprendida, alcé la mirada, y él, en respuesta, me acarició. —Aquella noche tocaste esa misma canción —asentó.

—¿Aquella noche? — murmuré.

Solo había una noche a la que podía referirse. Y como una bomba sin temporizador, escena tras escena repetí en un segundo toda la noche. Correr al piso de Makoto, ir a Shinjuku y beber con él, volver a Shibuya para mi turno en el bar, y al terminar, subir, cantar, y salir al callejón. Recordé la tonalidad de cada uno de los carteles, de las farolas, de los semáforos. Pero no recordé la canción de la que me hablaba. Ni siquiera recordaba haber tocado nada de Takotsubo.

«Toqué...» me pregunté.

—Fue extraño —deslizó su mano lentamente hacia mi cuello, con delicadeza, trazando una línea desde mi barbilla hasta el final.

Quise moverme. Pensé en apartar su mano, pero no pude. Sus ojos me hipnotizaron en el festival de luces que, continuamente, oscilaban en su iris. Su sonrisa funcionó como una estaca, afilada, de hierro.

Acalorada, tragué saliva.

—Escucharte a ti fue mucho más emocionante que escuchar a Takotsubo.

—¿A mí? —pregunté de forma inconsciente.

—Sí, a ti.

Nerviosa, apreté los dientes, y evité su mirada. Solté aire. Mi cuerpo, entumecido, consiguió despertar, y con gentileza, aparté su mano.

Olvidar lo que había acontecido dos noches atrás era imposible.

Extrañado, levantó una de sus cejas— ¿te molesta? —preguntó, volviéndose a recostar en su asiento.

—No, yo... —traté de disimular, con la cabeza gacha. —No recuerdo haber cantado ninguna canción de Takotsubo esa noche.

Lo oí reírse entre dientes.

Seguí intentando hacer memoria, pero fue difícil. El huracán traía consigo muchas risas, pero también silencio. Era frío, agobiante, sofocadamente frío. Recordaba el aire cortando mi garganta, el dolor en el pecho, y el rostro de Makoto, las manos de Makoto, las palabras de Makoto.

Mareada, me masajeé la frente.


☻☻☻


Tras horas indagando en las preferencias musicales de Kazuhiro, tanto por grupos como por marcas de instrumentos, decidimos volver a la oficina, dejar mis cintas y terminar el día en el mejor lugar posible: el Music Island.

Había sido un día productivo, y ambos nos merecíamos un descanso en el bar de mi tía, relajarnos, y, quizá, después, explotar nuestros pulmones al ritmo del bajo y la batería.

Al llegar al bar, sin embargo, quienes nos esperaban, sentados en nuestra mesa de siempre, no eran los mismos de siempre. O más bien, teníamos invitados. Pues, al lado de mis amigos, los chicos de Mystical Key firmaban álbumes para Minato, Miyoko y Reina.

—¿Qué significa esto? —le pregunté a Kazuhiro, quien, nervioso, giró la cabeza, evitando contacto visual.

Hecha una furia, me acerqué a la mesa, dejé caer mi bolso con fuerza, captando su atención.

—¡Ayumi! —me saludó Kento.

—¡¿Qué hacéis aquí?! —exclamé.

—¿De qué hablas? —preguntó Hideki arqueando una de sus cejas, y colocando la tapa del rotulador que sostenía.

Kazuhiro, tras suspirar, se acercó a la mesa, rascándose la nuca— vale, vale, quizá Hideki no tenía tantas clases y...

Molesta, me giré hacia él— ¿y? —me crucé de brazos.

—Y yo no llamara a Kento ni a Kenichi.

—¡¿Eh?!

Al borde de la discusión con mi irresponsable compañero de piso, mis amigos se limitaron a observar la escena, atentos. Los chicos de MK trataron de reprimir la risa a duras penas.

—La reunión se canceló —respondió— y el ensayo se podía posponer. Quería ayudarte.

—¡Pero tenías trabajo! —le recriminé.

Repentinamente, el sonido de un golpe sobre la mesa cesó nuestra pelea, y al volvernos hacia ella, descubrimos que el culpable no había sido otro si no Makoto. —¿Y si dejáis esta discusión para después y ahora os sentáis? —sugirió, sonriente.

—Nunca creí que serías capaz de decir algo coherente —comentó Kazuhiro.

La sonrisa de Makoto se disipó, como un efímero oasis. Más cabreado que serio, chasqueó la lengua antes de tomar un trago de su botellín.


☻☻☻


Kazuhiro, nada más dejar su chaleco en la silla, tomó su cerveza y subió junto a sus amigos al escenario para cantar.

Atraídos por el sonido super saturado de sus solos de guitarra, deambulantes llenaron progresivamente el bar. Nosotros, por otro lado, cuidamos de nuestra mesa, tarareando y siguiendo la cadencia con los pies y las manos.

Desde la primera vez que los escuché lo sabía, y me seguí reafirmando en ello: Mystical Key eran la trampa, tocaban nanas ruidosas. Pero no eran sueño, eran un viaje onírico, de paisajes derrumbados, el mundo de una noche que nunca acababa. No tenían el ambiente rebelde y desaliñado de Takotsubo; no trataban de convertir mi corazón en una vasija de pulpo, más bien despellejarlo, delicadamente. Su acritud era azucarada.

Otra vez, seré fuerte cuando regreses, porque, otra vez, iré, y éste será el lugar al que siempre regresarás.

Mystical Key era Kazuhiro, una bala certera.

—¡Tocan tan bien! —anotó Manami— ¡especialmente Kazuhiro!

La observé soslayadamente con disimulo. Intuí, por su arrítmico balanceo, que no estaba escuchando la música como debía hacerlo. Desincronizada, imitó torpemente el vaivén de Kazuhiro al mover la cabeza.

Decidí callarme lo que pensaba. No quería conflictos, lo mejor sería seguir bebiendo y disfrutar del espectáculo.

Los ojos de Kazuhiro, otra vez, se fijaron en el mismo punto de siempre, la puerta. No puedo evitarlo, su voz acarició mis oídos.

—Pues a mí no me parece tan bueno —respondió Makoto, rasgando la etiqueta de su botellín.

—Si tanto crees que sabes, ¿por qué no tratas de subir y tocar? —dijo Minato, burlón.

—No, gracias —se rió entre dientes—, prefiero que subáis vosotros —y de un segundo a otro, su expresión se tornó juguetona.

—Eso lo dices porque sabes que no podrías conseguir la reacción del público que Kazuhiro y sus amigos consiguen —dijo Miyoko.

Makoto tomó un sorbo de su cerveza— definitivamente no hay que alterar el orden natural de las cosas —estableció.

—O a lo mejor deberíamos dejar el orden, echarte y buscar un amigo con el que poder tocar —recomendó Reina, apoyando la cabeza en sus manos.

Quise entrar en la conversación, pero los dedos de Kazuhiro, deslizándose por el mástil de la guitarra me interrumpieron. Chasqueó, veloz, el último punteo, abrazó el soporte del micrófono y, sin temor, dejó que su voz estallara. Gritó, robusto, tratando de no emborronar el sonido.

Un escalofrío me recorrió los hombros. —No, esto está bien tal y como está —murmuré.

La mano de Makoto cayó en mi cabeza— sabía que tú no me sustituirías —y me dio leves golpecitos.

Al verle, a él y a su sonrisa, esa expresión tan familiar que no distaba tanto de la que aún latía en mi corazón, en la playa, sentí un intenso dolor en las costillas. Un vuelco que trajo consigo el regusto, amargo, de la culpabilidad.

Contaminé mi primer beso. Contaminé a Makoto, y me contaminé a mí misma, porque bajé los párpados, y me puse de puntillas.

Mi nuca comenzó a arder, angustiada, aparté su mano. Cerré los ojos y, cabizbaja, me tapé la cara. Sin previo aviso, la melodía que sonaba lejana, se volvió más agresiva. Su claridad también se contaminó.

—¿Estás bien, Ayumi? —escuché el tono preocupado de Minato.

Pero no abrí los ojos. Quería olvidarlo, borrarlo, pero me perseguía.

Descubrí mi rostro, tomé aire, y, arrastrando la silla, me levanté— lo siento, no me encuentro bien —bisbiseé. Mantuve la mirada en el suelo, no tuve agallas para mirarlos a la cara. —Voy a despejarme un rato —y me dispuse a caminar.

—¿Sola? —oí a Makoto preguntar tras de mí.


☻☻☻


En el callejón, detrás del bar de mi tía, me apoyé en la pared con las manos a la espalda, y observé el cielo, el camino que las estrellas trazaban sin fin. En su recorrido, volví a sufrir una tormenta de recuerdos.

Luché por tratar de recordar la melodía de la canción que toqué esa noche, cuando experimenté lo que era sentir el corazón convertirse en una vasija de pulpo, partirse.

Pero algo obnubilaba mi mente justo antes de poder recordar la canción. La fría expresión de Kazuhiro al pedirme que olvidase el beso roía todo mi lóbulo frontal. La sensación de sus labios, el olor de su colonia, la brisa, el sonido de la bahía, rompían la cadencia del recuerdo.

—Takotsubo —repetí en voz baja— ¿cuál sería? —y suspiré.

—¿Quieres compañía? —al escuchar su voz, inesperada, pegué un brinco.

Desvié los ojos hacia la esquina izquierda que daba paso a las calles de Shibuya y encontré a mi tía, con cigarrillo en mano.

Riéndose, se acercó a mí, y se apoyó en la pared. —Makoto me ha dicho que estás mal... ¿Problemas con súper Kazuhiro?

Conocía a mi tía. Era un desastre en muchas cosas, pero sabía arreglar problemas y atar cabos sin mucho esfuerzo.

—Ayer fuimos al acuario, para seguir con el artículo —agaché la cabeza, tragando saliva. —Después bajamos a la playa de la bahía, y ahí —mi voz tembló— me besó.

—Vaya —serena, tomó una calada de su cigarrillo.

—El problema —elevé la cabeza, encarándola— es que no me disgustó, pero, me sentí culpable y lo corté, de raíz. Yo... —con fuerza, me clavé las uñas en el antebrazo, y, acongojada, traté de estabilizar mi voz— no pude dejar de pensar en Makoto, en que estaba siendo desleal, que le decepcionaría.

—Eres masoquista —soltó el humo. Me sonrió— te sigues golpeando con el mismo muro una y otra vez, deberías pasar página. Makochan se va a casar, Ayumin.

—Pero... —apreté la mano en un puño, y la llevé a mi pecho— ¿acaso puedo hacer eso? Siento que he hecho mal. No debería haber vuelto.

—Tranquila —tomó otra calada de su cigarrillo, desvió la cabeza hacia el final de la calle, y expulsó el humo— algún día podrás dejar de huir, asimilar que no existe un futuro con Makoto, y salir con más personas, mejores que él. Pero para eso no puedes huir, primero debes aprender a apoyarlo, por el bien de vuestra amistad, y por el tuyo, para ser más fuerte.

En sus palabras pude reconocer a Kazuhiro. Fue una forma menos brusca de llamarme cobarde. Aliviada, asentí.

—Respecto a Kazuhiro... —su expresión se tornó seria— seguramente fuera el calor del momento, no le des vueltas, olvídalo— y pegó otra calada, separándose de la pared— creéme, no quieres involucrarte con él de forma romántica.

Confusa, arqueé una de mis cejas— ¿por qué?

—Es un cerdo —dijo, y, entre risas, chasqueó sus dedos en mi frente— no te hagas ilusiones y deja de pensar en chicos problemáticos.

Volví a asentir, acariciándome el golpe. —Sí, será lo mejor.

Tras ello, mi tía se dio media vuelta y caminó hacia la puerta trasera del bar.

Al ver su espalda, tapada por la cascada de su cabellera dorada alejarse, caí. La chispa de oro encendió el recuerdo de su sonrisa entre el público.

—¡Espera, tía Sumire! —exclamé, corriendo hacia ella. —Tú... ¿Sabes si toqué algo de Takotsubo el día que le entregué mi carta a Makoto?

Su risa me detuvo. Se giró, ondeando su larga melena rubia en el aire, mecida por la brisa— First Time.

El huracán se volvió un tornado. Reviví cada palabra de cada verso y cada estrofa. Impregnados en mis huellas, estaban los primeros acordes.

Impresión no vivaz

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