𝟎𝟑. midnight confessions
✶ㅤ CAPÍTULO TRES: C & J
❪ in a world of boys he's a gentleman. ❫
Johnny.
Siempre había creído que lo más importante en mi vida aparte de mi familia, era el rugby. Aquello lo había tenido claro la mayor parte de mi vida, era para lo que me preparaba, mi futuro. Era un sueño que si bien alguna vez lo vi lejano, ahora estaba a la vuelta de la esquina.
Todo mi esfuerzo y dedicación, todo mi tiempo que le había entregado al rugby. Había dejado cada parte de mi en el deporte. Lo amaba. Y lo que siempre fue el tema principal en mi mente, ahora batallaba con la imagen de aquella chica callada y rubia.
Camden Gibson.
Aquel nombre resonaba en mi cabeza como una canción pegadiza que no abandonaba tu mente hasta que lo escucharas lo suficiente. Camden era una chica que parecía irreal, de ese tipo que aparece en tus sueños como un ángel sólo para recordarte lo inalcanzable que es.
No era artista, pero tomaría todas las clases de arte posible para poder retratar aquellos orbes tan hipnotizantes que Camden poseía. Tampoco era un poeta, pero buscaría las palabras en cada diccionario para explicar lo que me provocaba cada vez que la veía sonreír.
Siempre había estado seguro de todo lo que había en mi vida, por lo que la simple presencia de aquella chica sacudía todo lo que alguna vez consideré estable.
Nunca había sentido aquello, y lo odiaba de la misma manera en la que lo amaba. No lo sabía todo, solo sabía que Camden me hizo sentir todo lo que no he sentido en mis diecisiete años. Me estaba obsesionado con la idea de sentir esto por ella.
Y no sabía lo que significaba, solo sabia que la necesitaba. No la conocía del todo, pero quería hacerlo.
— Tierra llamando a Johnny. — la chillona voz de mi mejor amigo me sacó a patadas de mi cabeza. Gibsie estaba mirándome con esa sonrisa divertida que siempre tenía, algunas veces me preguntaba cómo podía ser tan feliz todo el tiempo.
— ¿Qué quieres? — pregunté con el ceño levemente fruncido mientras observaba a mi mejor amigo.
Justo acabábamos de terminar el entrenamiento y nos dirigíamos a por los bolsos para irnos. Esta noche me quedaría en la casa de los Gibson, una vez más tendría la oportunidad de verla. No había tenido muchas encuentros con ella desde el fin de semana pasado, cuando se quedó con Ivy en casa. Y no sé el porque, pero aquello me generaba un malestar.
No verla me dolía más físicamente de lo que me gustaría admitir.
— No me puedes tratar así de mal luego de que nos hicieras correr todas esas vueltas. Trátame con cariño o te acusaré con mami K. — dijo Gibsie con el ceño levemente fruncido, logrando que rodara los ojos.
— Bueno, perdón por tratarte mal estoy cansado y solo quiero que nos vayamos luego a tu casa. — dije junto con un suspiro mientras tomaba mi bolso y comenzaba a caminar al auto con Gibsie a mi lado.
— ¿Para ver a Camden?
— Si, para...espera, ¿qué? — me detuve en cuanto mi mente analizo realmente sus palabras.
— ¿Qué? — preguntó haciendo como si no acabara de soltar aquel comentario. Típico de Gibsie. De repente, siguió con su camino hacia el auto, soltando una corta risa.
Me limite a intentar mantenerme pacifico con mi mejor amigo que constantemente se burlaba de cualquier aspecto que tenía, tanto físico como emocional. Pero es que no tenía opción, cada burla que salía de la boca de Gibsie era totalmente cierto, y negarlo no me serviría de nada. Su hermana me estaba volviendo completamente loco, y a diferencia de mi antigua lesión, esta locura no tenía remedio alguno.
Sabía muy bien que era algo precipitado, pero ese sentimiento tan fuerte en mi pecho me decía todo lo que debía saber, incluso aunque no quisiera. Aquellos sentimientos eran como un huracán que llegó a mi vida para dejarlo todo destrozado, desequilibrado. Pero no me importaba sentir aquel huracán, si luego podría disfrutar de la calma que Camden me generaba.
Me subí al asiento del piloto ignorando toda clase de comentarios creativos que salían de la boca de Gibsie y no hice más que conducir hacia su casa. El viaje fue sumamente corto y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba estacionando el auto en la casa de los Gibson.
Gibsie no tardó en salir del coche y sacar su bolso para dirigirse a la puerta de su casa y abrir. Me limité a seguirlo luego de cerrar el auto y de repente sentí aquella inquietud en mi pecho, no de esas malas, esta era diferente, estaba ansioso.
— ¿Cam? Llegamos. — exclamó Gibsie una vez que entramos, buscando con la mirada a su hermana quien no estaba en ninguna parte. — Voy a ir a ver si está en su cuarto.
Yo solo asentí, no quise decir ninguna palabra, nuevamente había notado como el cuero de Gibsie se tensaba y aunque intentaba actuar natural podía ver su preocupación por todas partes. Y aunque yo también tenía una hermana, no lo entendía.
Observe como mi mejor amigo desaparecía hacia el cuarto de su hermana y segundos después me desplomé en el sillón para ara esperarlo. Estaba agotado y necesitaba una ducha urgentemente, la cual planeaba tomar en cuanto Gibsie me aseguraba de que Camden estaba bien.
Pasé ambas manos por mi rostro cuando escuché pasos firmes, y segundos después, mi mejor amigo apareció nuevamente ahora más calmado y con una pequeña sonrisa.
— Está tomando una de sus siestas, no hay quien la despierte. — río el rubio antes de dirigirse a la cocina. — ¿Qué hacemos primero? ¿Comer o ducharnos?
Camden.
Estaba completamente oscuro. No había ningún orificio por el cual la luz se podría filtrar, estaba atrapada cuál animal enjaulado. Era una presa fácil para aquellos monstruos del pasado. Aquel tic-tac de las manecillas del reloj que se clavaban en mi pecho como un recordatorio de que no había salida.
Y de repente, la puerta se abrió. Mis manos se aferraron a las sábanas en las cuales me escondía como si buscara una escapatoria en ellas. Pero aquello sólo me volvía más visible.
Los pasos resonaban por la habitación con una fuerza atemorizante y el click del seguro de la puerta detuvo por completo mi corazón. Estaba sudando, mi estomago se revolvió con ferocidad, como una alerta que avisaba a todo mi cuerpo lo que estaba pasando, lo que pasaría una vez más.
Solo tenía seis.
Pude sentir como la suavidad de las sabanas viajaban por mi cuerpo debido al movimiento. El colchón se hundió levemente y fue ahí cuando lo sentí. El monstruo había llegado. Mi pequeña cabeza rubia se asomó entre las sábanas y observó el reloj. 02:30 am. Siempre era la misma hora, era como una especie de maldición que había caído especialmente en mi.
Mi piel se erizó en cuanto sentí el frío áspero de sus manos sobre mi cuerpo. Quería que acabara, quería que nunca más pasaba, deseaba detenerlo. Pero para una niña de seis años, aquello era imposible.
— Sólo mantente en silencio y todo irá bien. — pude sentir el susurro escapar de sus labios como una cadena que me atrapaba en un cuarto oscuro, en una prisión mental de la cual no escaparía nunca.
A lo mejor aquello había acabado, pero en mi mente lo seguía recordando cada día, y lo vivía una y otra vez cada noche. No había escapatoria.
Mis ojos se abrieron con rapidez mientras las lágrimas se deslizaban descontroladas por mis mejillas. Mi pecho subía y bajaba sin control alguno a la vez que removía la sábana de mi humeda piel.
Una vez más, las pesadillas, los recuerdos, mi monstruo. Se había convertido en una rutina, un ciclo sin fin de oscuridad y memorias que deseaba enterrar y nunca más recordar. Porque entre más memoria hacia, más me moría por dentro.
Pasé ambas manos por mi cara intentando limpiar los rastros de mi dolor, necesitaba a Gerard. Mi cabeza lentamente se dirigió a la ventana, intentando calmarme de todo el pánico que recién había sentido. Debía aprender a controlarme.
Pude notar como las estrellas decoraban el cielo oscuro y la luna era el personaje principal de aquella obra de arte. Era tarde. Mis orbes recorrieron mi cuarto hasta encontrar el reloj y al entrecerrar mis ojos aún desorientada pude notar la hora. 2:30 am.
Necesitaba salir de ese cuarto.
Me levante rápidamente del sillón en el que he estado durmiendo todos esos años y salí de mi cuarto intentando inhalar profundamente para tranquilizarme. Una vez más, como casi todas las noches, me paré frente a la puerta de Gerard con aún rastros de lágrimas en mis ojos y toqué.
No quería molestarlo, pero una parte de mi sabia que era imposible intentar enfrentarlo por si sola. Al final, terminaría hundiéndome aún más, hasta que fuera imposible salir a la superficie.
De repente, la puerta se abrió. Y tras la puerta, no se encontraba Gerard, era otra persona que por la oscuridad de la noche no se dejaba ver con claridad. Por un momento temía de que se tratara de Mark, que fuera una más de mis pesadillas.
Para mi suerte, aquel temor desapareció en cuanto mis ojos chocaron con los de él. Aquellos profundos y cansados ojos azules como el mar. Pude notar como bostezaba con el ceño levemente fruncido, de repente, la culpa me cayó como un cubo de agua fría.
— ¿Camden? — su voz salió como un suave susurro confundido, su mirada inclinada hacia abajo mientras se apoyaba en el marco de la puerta.
— No sabía que estabas aquí. Lo siento por despertarte. — murmuré avergonzada evitando aquella mirada encantadoramente intimidante.
— No te preocupes, ¿está todo bien? ¿Qué haces despierta tan tarde? — su voz sonaba genuinamente preocupada, como si el hecho de que lo había despertado sin querer a las dos de la madrugada no le molestara en absoluto.
— ¿Está Gerard? — pregunté luego de negarme confesar aquello que tanto me avergonzaba. No necesitaba recordar el dolor, solo necesitaba a mi hermano, o al menos eso pensaba.
Estaba más que segura que vio a través de mi incomodidad, ya que su mirada se suavizó y una pequeña sonrisa compasiva se asomó por sus labios.
— Está durmiendo y roncando como camión, ¿quieres que lo despierte?
— No, no es necesario. Da igual. — sonreí levemente antes de comenzar a retroceder para irme devuelta a mi cuarto.
— Cam. — murmuró Johnny ahora con un tono más preocupado, aquello fue suficiente para no sólo detenerme, sino detener también todo mi mundo, el tiempo y mi corazón. — Vamos, soy solo yo. ¿Qué pasa?
— Es vergonzoso.
— No me reiré, lo prometo. — dijo alejándose del marco de la puerta para caminar hacia mi, llegando sus dos manos a mis brazos. Su tacto fue como la suavidad de una seda, tan gentil y tierno, que solo me hacía querer más.
— Tuve una pesadilla —balbuceé, apenas audible, pero lo suficientemente claro para que él lo notara. Lo supe por el cambio inmediato en su expresión.
No quería hablar de ello. No quería revivirlo, ni permitir que me arrastrara de nuevo a ese lugar. Y sé que él lo entendió perfectamente, porque no dijo nada más. Solo apretó mi mano entre las suyas y, con un leve movimiento de cabeza, señaló hacia la cocina.
No necesitaba palabras. Sabía exactamente lo que ese gesto significaba, así que asentí en silencio y lo seguí.
Al llegar, Johnny encendió la luz y fue directo a la alacena. Yo me dejé caer con desgano sobre la barra, sentándome en el borde mientras el cansancio pesaba en mis hombros. Balanceaba las piernas y jugueteaba con los dedos, observándolo revolver entre los estantes.
Entonces lo encontró.
Una sonrisa suave apareció en mi rostro al ver el paquete en sus manos: mis chocolates favoritos, las Élites.
Rasgó el envoltorio sin pensarlo dos veces y caminó hacia mí, apoyándose en la barra junto a donde estaba sentada. Cuando el paquete estuvo completamente abierto, me lo ofreció.
— Tus favoritas, ¿cierto? — dijo con una media sonrisa.
Asentí, y en cuanto probé el primer bocado, el sabor dulce y familiar me reconfortó más de lo que imaginaba. El silencio de la cocina se volvió cálido, casi tierno. Tal vez esa era la sensación que Johnny me provocaba.
Lo cual era extraño. Sentía que lo conocía desde que él y Gibsie se habían hecho amigos, pero recién ahora sentía que lo estaba conociendo de verdad. Como si algo invisible nos conectara, más allá de las palabras. No necesitábamos hablar cuando nuestras miradas ya lo decían todo. Porque yo sabía cómo lo miraba... y sabía el efecto que él tenía en mí. Sabía también lo que mi mirada le decía.
Y aunque eso me aterraba más que cualquier otra cosa, por alguna razón, esta vez, me gustaba ese miedo.
— Cam. — su voz me sacó de mis pensamientos, suave y dulce, mientras se acomodaba frente a mí sin borrar la distancia por completo —. Sabes que puedes hablar conmigo, ¿verdad?
Sentí un nudo apretarse en mi garganta y un peso instalarse en mi pecho. Lo sabía, claro que lo sabía. Pero también me daba miedo. Nunca había hablado de esto con nadie. Ni siquiera con Ivy. Gerard lo sabía, claro, y era un pilar en mi vida, pero no contaba. Era familia.
— Sí. — susurré, tan bajo que casi ni se oyó.
— Cami. — volvió a decir, esta vez un poco más cerca.
Podía sentir el calor de su presencia. No me tocaba, no me presionaba. Solo estaba ahí, firme y constante, como si su sola cercanía bastara para sostenerme.
— No tienes que contarme nada si no quieres. —agregó, bajando un poco la voz, como si hablara solo para mí — Solo... quiero que sepas que estoy acá. Para lo que sea.
Y eso fue lo que me quebró.
No las preguntas. No la insistencia. Sino su calma. Su paciencia. Su manera de estar sin exigir.
— Sigo pensando que eres demasiado amable conmigo. — dije inclinando mi cabeza ligeramente para mirarlo mientras el apoyaba sus manos a cada lado en la barra.
— Nunca es demasiado si se trata de ti. — susurró y de repente su rostro estaba cada vez más cerca, y mis mejillas estaban cada vez más enrojecidas.
Su cercanía. Su respiración. El temblor sutil de mi pecho. Y su rostro, cada vez más cerca.
Tragué saliva. Mis mejillas ardían y el corazón me latía tan fuerte que me sorprendía que él no lo escuchara. No sé si él también lo sintió, pero algo en el aire cambió. Como si el tiempo se hubiera detenido justo antes de un punto de quiebre.
Y por un segundo, deseé cruzar esa línea. Porque en sus ojos no había duda. Había ternura. Había intención. Y algo dentro de mí quería responder a eso.
Así que no me moví cuando se acercó un poco más.
No dije nada cuando su nariz rozó la mía con una suavidad casi temblorosa, como si también estuviera conteniendo el aliento.
Y finalmente, sus labios tocaron los míos.
Fue un roce apenas, casi tímido, pero lleno de todo lo que no habíamos dicho. Cálido. Lento. Como si los dos estuviéramos aprendiendo a respirar otra vez.
Mi primer beso y era con Johnny, el mismo Johnny mejor amigo de Gerard, el mismo Johnny hermano de Ivy. El chico que enrojecía mis mejillas cada vez que lo veía, cada vez que hablábamos. El que hacía que mi corazón latiera con una intensidad de mil huracanes.
Johnny no apresuró nada. Solo se quedó ahí, besándome con una delicadeza que me desarmó por completo. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me permití sentir. Me permití dejar de huir de todos mis monstruos por primera vez.
Mis dedos se aferraron con suavidad a la tela de su camiseta, acercándolo un poco más, como si no quisiera que ese momento terminara nunca.
Sus manos, al principio temblorosas, se posaron con cuidado sobre mis muslos, y luego se deslizaron lentamente hasta mi cintura. Lo hizo con tanta suavidad, como si temiera romperme, como si cada movimiento suyo llevara un respeto profundo por mis heridas invisibles.
De pronto, un ruido proveniente del pasillo rompió el silencio, obligando a que nuestros labios se separaran. Aun así, ninguno de los dos se movió.
Sus manos permanecieron en mi cintura, cálidas, seguras, como si no quisieran dejarme ir. Las mías, temblorosas, seguían aferradas a su camiseta, jugando con la tela como si eso me anclara a él. Nuestros ojos, ahora fijos en la dirección del sonido, se negaban a perder la conexión que acabábamos de crear.
Luego de unos segundos, Johnny carraspeó, logrando que girara la cabeza para observarlo a el nuevamente, en sus labios una pequeña sonrisa se dibujó y agradecí internamente que no se haya alejado. Había algo confortante en su cercanía, en la manera que sus brazos me hacían sentir una seguridad que nunca había sentido antes.
— Ya es tarde. — susurré, mi cabeza aún pensando en aquel beso y el sonido.
Johnny no respondió de inmediato. Me miró con esa expresión suya, entre tranquila y llena de algo que no alcanzaba a descifrar del todo. Finalmente, asintió despacio.
— Sí, es tarde. — dijo con una leve sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
Sus manos se deslizaron suavemente de mi cintura, como si le costara dejarme ir, y las mías se soltaron de su camiseta con cierto rechiste. Johnny dio unos pasos hacia atras, dejándome bajar de la barra.
Y tan rápido como sus labios se acercaron a los míos, se alejaron con ese vacilante ceño. Había besado a Johnny Kavanagh, el mejor amigo de mi hermano. O aún peor, él me besó a mi.
Johnny.
Si pudiera repetir un momento una y otra vez seria Camden y yo en la cocina. La había besado, ella no se alejó, y había resultado ser el mejor beso de toda mi vida. No sé lo que esta chica me había hecho, pero estaba totalmente hipnotizado por ella y este hechizo era imposible de deshacer.
Me despedí de ella luego de asegurarme que se encontraba mejor y entré con cuidado al cuarto de Gibsie, intentando no despertarlo y me deje caer en aquel colchón con cansancio.
Fue ahí cuando la culpa me comenzó a caer poco a poco. Sentía que estaba traicionando a su mejor amigo de la peor forma. Pero no había otra forma, ya que aquellos sentimientos por Camden no pensaban en irse.
— Pensé que las rubias no eran tú tipo. — escuché el murmullo de la voz de Gibsie aún con sueño, confundiéndome de cierto modo.
— ¿Eh?
— Hace tiempo, dijiste que preferías a las castañas antes que las rubias. — volvió a murmurar esta vez abriendo sus ojos.
— ¿Y a qué viene todo esto? — pregunté esta vez más nervioso, a lo mejor nos había visto.
— Camden.
— ¿Lo sabes? — pregunté desviando mi mirada hacia el, a lo que asintió con una pequeña sonrisa — Mira, Gibs. Yo lo...
— No pienses en pedirme disculpas sino te golpearé, Kav. — dijo soltando una corta risa.
— ¿No estás enojado?
— ¿Por qué lo estaría? Mira, Johnny. Conozco a Camden, y te conozco a ti. Así que créeme cuando te digo que eres el único chico en el que confiaría y dejaría acercarse a mi hermana. — su voz salió completamente sincera y seria, ahí estaba de nuevo, aquella parte de Gibsie que era totalmente distinta.
— Me gusta mucho, Gibs.
— Lo sé, Cap.
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No te olvides de comentar.
Tema delicado, se está intentando
tratar con cuidado.
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