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7. You Made a Really Deep Cut.

VII. Look What You Made Me Do

Conseguirle un avión privado para abordar un día después de la fiesta de Gast no fue difícil para su mercenario y hombre de contactos secretos. Tampoco hubo dificultades técnicas en cuanto a la salida del país ni al aterrizar en tierras francesas de incognito, Peter tuvo un acceso eficaz a la visita exprés que tendría con cierta persona de ojos cafés.

Sus indicaciones fueron claras a sus hombres de seguridad; Nadie nunca tiene que saber de aquella visita.

Y ellos cumplieron. Wilson lo sacó de América rápido y silencioso, Pierre lo introdujo de forma invisible y repeló a los informantes secretos que Sebastian tenía para controlar a su esposo. Así que para el mundo entero (incluso para su propio equipo aliado) él estaba en su departamento neoyorquino con una resaca de campeonato y sin ganas de ver a nadie.

No es que él no confiara en sus fieles, lo hacía. Pero aquel asuntó Peter lo quería mantener para sí mismo. Era algo personal, su orgullo no le permitía compartir el monstruo que ronroneaba en su interior.

Fue sacado de sus cavilaciones gracias a su guardián, quien abrió la puerta trasera del Volvo en el que ellos se deslizaban por la ciudad más romántica de Europa. Pierre le sonrió confianzudamente y haló de su mano como si fuesen una pareja normal en sus mejores años de relación, él tuvo que reír felizmente antes de ocultar su rostro en el hueco del cuello ajeno. Como al castaño gustaba de actuar y juguetear, una maliciosa tortura comenzó sobre la sensible piel del francés, Benjamin dejaba cálidos soplidos en el perímetro blanco que su estatura le permitía abarcar. Y Pierre, tenso como un arco devolvía unas inocentes caricias sobre la pequeña cintura a la vez que cubría con su cuerpo la figura del joven genio.

A la distancia aparecía una camioneta Ranger Rover digna de algún pretensioso rico. Para el condado en cual estaban no resultaba extraña la presencia de este tipo de autos, sin embargo, había algo en aquél que lo hacía especial. Peter lo reconocería entre decenas. Podía notar detrás de sus gafas oscuras el imperceptible falso eléctrico en el farol derecho y al suntuoso escudo familiar de los Delacour en el cofre blanco del vehículo.

A tu jefe le gusta el trabajo extra, ¿eh? —se burló ácidamente el castaño.

No pasó mucho para verlo detenerse frente al lujoso edificio, tras varios segundos las luces de los faroles se apagaron y la puerta del conductor se abrió, de allí salió un apuesto rubio con el rostro de Narciso caminando de una forma en la que cualquier hombre de la industria de modelaje envidiaría, se abrió paso hacia la entrada y sin dar algún vistazo a los alrededores entró. Como si hubiese recorrido ese pasillo demasiadas veces.

Nadie dijo nada por varios minutos. El toque de Pierre se volvió un tanto consolador, se movía en suaves círculos y le sostenía con firmeza. Pero a Peter no le importaba en lo absoluto un poco de compasión, él sólo quería entrar a ese maldito departamento y lanzar algunas cartas, así que apartó del atrayente calor masculino y volvió al interior del coche con toda su dignidad intacta.

Pudo haber pasado más media hora, no lo sabía con certeza, cuando dos personas de excelsa belleza salieron de la edificación compartiendo sonrisas fantasmales y secretos mutuos. La mujer era alta y delgada, con unas piernas largas maravillosamente torneadas, sus ojos eran marrones y el cabello oscuro le caía en cascada. Sin embargo era el precioso color oscuro en su piel el cual le daba un aspecto sobrenatural, ella era como una criatura seductora nocturna, y él era un idiota más gravitando alrededor de sus curvas.

Ambos abordaron la camioneta blanca y se perdieron lentamente entre la oscuridad de la noche.

— Sigue a ese par de mierdecillas y conecta a mi chica en esa asquerosa Ranger. —ordenó Benjamin antes de abandonar el Volvo. Pierre asintió al mandato fielmente pisando fuerte el acelerador.

Por alguna razón, Parker sintió un ardor rozarle sobre la garganta al ver la silueta masculina de Sebastian sostener la mano femenina. Muy dentro de sí, él sabía que aún le dolía todo lo que estuviera vinculado al Delacour. Maldición, que era su esposo después de todo. Él aún era su maldito esposo.

Y lo odiaba. Odiaba su descaro, la jodida forma con la que lo ignoraba y esa estúpida sonrisa con la que se autoproclamaba el rey de todo.

— Establecimiento de red completo, Peter.

Fue la voz en su parlante izquierdo la cual le trajo de vuelta. Con el rostro sereno, hombros relajados y un andar impecable se dirigió hacia el edificio, no había gente a los alrededores e incluso si lo hubiera él lo sabría gracias a Karen, su creación predilecta, una confidente y secuaz perfecta.

Bastaron un par de órdenes a su Inteligencia Artificial para tener acceso a todas y cada una de las puertas, ni siquiera tuvo que molestarse en fingir ser un habitante para poder entrar, cuando menos lo pensó ya estaba cruzando el umbral de la puerta de la morena por la cual había cruzado medio mundo para reunirse en una velada intima. Que Hades mismo viniera por él sino ajustara cuentas con esa perra.

Distraídamente caminó por el apartamento, era grande y espacioso, justo como a Peter le gustaban. Los colores eran buenos pero la distribución de los muebles y el contraste de texturas era un horror, los océanos chocolate seguían rondando con aburrimiento, la cocina era pequeña e insulsa pero había algo en la barra frente a la isla central que no le gustó en lo absoluto. Era blanquecino casi lechoso, de consistencia viscosa y se esparcía en un ligero chorro con pequeñas gotas alrededor.

A pasos calmos, lentos y una pequeña presión atacando justo en su nuca que se convertía en un zumbido lejano que jugueteaba con sus oídos, se acercó al granito azul oscuro que en cierta posición, Oh, sorpresa tenía pequeños rastros de esmalte rojo.

Sabiendo que una bomba a tiempo regresiva estaba por explotar en su cabeza se agachó con la mente anestesiada en un blanco sublime. Sus rodillas tocaron el suelo frente a la encimera y su cabeza quedó perfectamente a la altura de aquella sustancia desconocida. En un impulsivo arranque su nariz kamikaze aspiró todo el olor que pudo. Olía un poco dulce pero había un olor en particular que definía correctamente de qué se trataba.

Esa cosa era semen, específicamente el de su maldito esposo. Benjamín lo tenía claro, joder, que él había probado esa mierda desde hacía años. Y ese asqueroso líquido estaba en casa de esa desgraciada.

—Karen, proyecta el video de seguridad de hace media hora. Conecta audio y vigila los alrededores.

—No creo que sea lo adecuado, Peter.

—No importa.

— Pero-

—Te he dado una orden.

El video es claro como el agua, igual que el iris de ese bastardo, y los sonidos son penetrantes en las orejas del joven, se introducen por sus conductos auditivos como pequeñas agujas apretujándose con brusquedad. "Así, Liz. Justo así". El semidiós siente la bilis corroerle la garganta, sus intestinos desaparecen y las piernas le tiemblan las muy traicioneras. Los ojos cafés producen gotas saladas que le son sacadas desde el fondo de sus corneas, Benjamin las siente sangrar de sólo ver esos labios femeninos en la intimidad de su esposo, y sangran cuando él termina y la atrae contra sus hambrientos labios color durazno.

Algo ha colapsado violentamente en el castaño. Esa cosa se rompió en pedazos, esos pedazos se agrietaron en líneas profundas hasta llegar a los hilos que pobremente unían sus sentimientos. Las fuerzas de los enlaces químicos que permitían su adherencia a Sebastian se perdió.

Fue como si Peter estuviera suspendido en el aire de la Torre Eiffel, sus manos aferrándose con necesidad a una soga que cada que avanza va desprendiéndose fibra a fibra a medida que el tiempo pasa, puede escucharse así mismo rogar desconsolado por los ojos azules que le miran al final de la cuerda —y eso se siente como la clase de deportes en que debe trepar por ella hasta llegar a la cima, pero él nunca pudo subir más de la mitad— así que grita desesperado, ansiando amor, pidiendo cuidado y un poco del brillo celestial en sus obres de mar. Peter quiere que Sebastian lo mire, le hable como antes y le haga creerse valioso, que vuelva a hacerle sentirse como la joya más invaluable del mundo, el carbón sucio que sólo requiere un poco de trabajo para convertirse en el diamante más caro del siglo. Pero el ángel de cabellos dorados siempre estará lejos de su alcance. Tan majestuoso que duele, porque él sabe en lo profundo de su carne, entre la médula de sus huesos, que Sebastian Delacour será siempre el sueño imposible de cualquiera y él, él siempre va a ser Peter Benjamin Parker, el niño abandonado, el muchacho miserable y el alma indigna de su amor francés.

Así que cuando la soga finalmente se rompe, Peter no puede evitar llorar la pérdida de su vivaz energía, de todo ese tiempo y de aquellos esos sentimientos incondicionales que pertenecían al primogénito de los Delacour desde que supo lo que era el amor de adultos. Y a pesar de saberse un muñeco de boxeo, de haber recibido tantas heridas por parte de aquellas manos que solían protegerle y guiarle por el mundo, él no puede con el dolor de haberlo visto engañándolo, de escuchar sus gemidos felices y ahora, de haber sentido contra la yema de sus dedos el producto de aquel repugnante encuentro adultero.

Benjamin no puede con eso, su ira se ha empapado de decepción y aflicción. Él está perdido, su mente ha ganado esta vez. Sólo quiere abrazarse así mismo mientras las lágrimas le limpian la amargura de forma momentánea, ansía hundirse en mentiras y calmar la tormentosa forma en que sus inseguridades vuelven por él, quiere recibir el consuelo de Soledad Acompañada pero incluso ella le ha abandonado.

—Peter, tu guardián solicita permiso para hablar contigo, ¿Te paso la llamada? —no la escucha, no escucha nada, no sabe nada y no siente nada.

Y no es por nada, pero Karen es una Inteligencia Artificial, tiene sus métodos.

—Lo lamento, Peter. —y ella libera la alarma de emergencia grado 3 justo en su tímpano izquierdo. Es tan potente que el dolor físico logra sacar al inglés de su trance, su cara golpea contra el suelo mientras grita y su cuerpo entero convulsiona un poco como reacción.

Minutos después el joven se levantaba con cautela. Mira a todos lados y exige una respuesta al comportamiento de su IA. —Pierre necesitaba hablar contigo. Al parecer los objetivos decidieron terminar rápido con la reunión de esta noche y se dirigen hacia acá. Te recomiendo salir cuidadosamente, tu guardián se encargó de retrasarlos un poco pero no estaría de más que salieras en este instante.

El mencionado asiente antes de dar un último vistazo a aquella aberración en el granito. El dolor vuelve pero él es dueño de sí, por ahora. Se arregla la ropa con calma, limpia la humedad en sus cuencas y ajusta sus lentes. Externamente se ve bien, tranquilo y relajado, pero en su interior Peter sabe que tiene un huracán golpeteando a cada una de sus emociones, triturando sus recuerdos y jugando con sus convicciones.

—Karen, crea una línea en la seguridad, que se me envíen las grabaciones pasadas y las nuevas a mi base de datos, crea copias de ellas y protégelas usando el protocolo dos de seguridad.

El holograma cambia, las imágenes son en vivo y una Ranger Rover se muestra estacionándose en la entrada del edificio. Liz baja hecha toda una dama, Sebastian le ha abierto la puerta como un caballero y juntos caminan por el recinto, sus ojos brillan oscuramente, casi tanto como antaño, cuando Disney parecía promocionar la vida de Parker.

—Y... por favor llama a Victor— "Lo necesito." es lo último que susurra antes de salir al pasillo. Un estremecimiento lo azota cruelmente cuando camina al lado de la pareja, los ojos azules pasan de él, su postura se inclina hacia la mujer, tiene un brazo rodeando aquella estrecha cintura y Peter quiere caer en histeria.

Pero se contiene. Tan malditamente bien que es desgarrador. Él no va a hacer una escena, no le dejará las cosas fáciles al bastardo. Benjamin quiere venganza, Peter la desea con enfermiza necesidad.

Sebastian va a pagar hasta la última lágrima.

.

.

.

Victor Delacour era el hijo menor de la prestigiosa familia francesa que dominaba en su mayoría a la unión europea, cuya historia venía muy ligada a hombres y mujeres de ilustre reputación. Desde Reyes, Emperadores hasta Presidentes y celebridades alabadas por los medios. No obstante, había algo que a la estirpe de sangre azul no le gustaba en lo absoluto; eran los amantes y los sentimentales. En sus líneas sanguíneas predominaba la frialdad, la ambición, el orgullo y la soberbia, así como el temple calculador, venas que les hacían jugar a favor como líderes natos, y era ese tipo de cualidades que los volvía seres de potenciales peligrosos y caracteres fuertes.

Y como si de algún karma se postrase en la última generación, Victor había nacido. El único Delacour de abrasador corazón, sensible y de noble filosofía filántropa. Era valiente, apasionado y empático, un artista con todas la fauces pintadas en las pecas de su mortal belleza.

Pero ese dolor en la sangre familiar no terminaba allí, Victor era la mancha sucia en el legítimo árbol familiar. El bastardo que Jerome engendró con una mujer sin pena ni gloria para mencionar, ese error crucial que le costó millones a su perfecta imagen y una disputa inenarrable con la Señora Delacour.

Jonas solía ser su nombre, o al menos el que su verdadera madre le otorgó cuando lo tuvo sobre su frágil pecho meses antes de haber sido arrebatado de su seno, borrado de la irreverencia que la pelirroja poseía y quemado del lazo que le unía con su familia materna —parte de las exigencias que Lorraine condicionó a su esposo como pago a la enorme falta que cometió contra ella al haberse metido con esa vividora, y lo machacada que dejaba su reputación de esposa complaciente para los medios—. Él era Jonas Lennox para Vanessa Lennox, Victor J. Delacour Lennox para la ley, Victor Delacour para el mundo y, un error remendado para la casta paterna a la que pertenecía.

En la lujosa y cálida mansión privada en Florencia, Victor taladraba con sus crepusculares ojos avellana el lienzo en blanco, sus pupilas estaban contraídas vehementemente, tenía suaves líneas matizando las facciones heredadas por su madre a los costados de la boca, y sus labios carnosos de cerezas se apretujaban uno contra otro en un gesto de completa concentración. El cobrizo de su espesa cabellera resaltaba de forma preciosa gracias a los faroles de luz que tenía en la instancia y combinaba perfectamente con las agraciadas pecas que le besaban la espalda, los estéticos hombros y parte de las tentadoras clavículas masculinas, su camiseta descansaba en el suelo junto al resto de materiales que como artista siempre mantenía cerca. Él era un hombre atractivo, un espectáculo regalado por la naturaleza, casi igual que un atardecer entre salvajes olas de mar, carismático como un delicado hechicero, criado y engendrado por Musas. Victor lo sabía. No rechazaba su esencia, la trabajaba hasta perfeccionarla a su gusto y la adaptaba a su entorno.

A él no le importaban las empresas, la fortuna familiar ni la reputación de su linaje. Él vivía por su arte, su dinero y su poder, sus emociones y sensaciones, le gustaba creer que era un hedonista. Por eso que muchos lo enjuiciaban en definiciones como "El Delacour desinteresado, astuto y mujeriego."
Pero nadie conocía la esencia real dentro de sus huesos, él era mucho más cautivador, más intrigante y complicado que cualquiera de los tres hermanos.

Sebastian y Maxine representaban a dos seres sin gracia cuya personalidad dejaba mucho que desear de la aristocracia repetitiva en comparación del artista.

Jonas era como un conjunto de problemas contenido, la forma manipuladora en él residía en su risueña sonrisa y su larga cabellera de fresa. Victor era el fuego y aire danzando peligrosamente juntos. Y eran pocos los afortunados sabedores de tal verdad.

— ¿Qué viste esta vez? —preguntó con genuina curiosidad una encantadora voz haciendo entrada. Pero Victor no se movió ni un centímetro, él no dejaría ir la nueva obra que luchaba por deslizarse de sus dedos.

—Es difícil de recordar... hace varios días estaba...durmiendo con -¿Cómo se llamaba?- ¿Tessa? Cuando me golpeó una imagen entre sueños, fue una revelación sin precedentes, la bebí todo lo que pude hasta que desperté. Sólo sé que era mi obra perfecta, lo siento dentro de mis entrañas. Pero no puedo... —el pelirrojo se quebró, su paciencia se acabó tras muchos intentos de traer a la vida su visión artística reciente, a lo que sus mechones de cobre pagaron el precio—...maldita sea no puedo recordarlo.

—Está bien, cariño. Descansa un rato, come algo y pronto volverá a ti. Siempre vuelven a ti.

—No lo ha hecho...Han pasado tres días desde aquel sueño. —Sus sucias manos siguieron arrasado con la carne en su cara y las densas olas de su pelo—. Estoy harto ¡joder! ¡Tan malditamente harto!

Sin previo aviso el artista violentó el blanco perfecto, sin consideración apretujó el cuadro, se movió frenético por la terraza hecho un caos de frustración gritando y reclamando a todos los dioses por un poco de paciencia, rogando de vuelva esa imagen de iluminación. Como en una trágica comedia, tras mucho odio iracundo, arrojó el lienzo por balcón del último piso.

Unas obres chocolate siguieron todo su episodio de artista desgraciado, miraron en calma absteniéndose de interferir, Victor era así, sino sacaba toda su mierda las cosas se convertirían en catástrofes lamentables.
Como la vez que quemó toda su nueva colección, tres horas antes de presentarlas. Ese día su representante tuvo que ser llevada al hospital por todo el estrés acumulado y los dueños de la galería casi explotan de furia.

— ¡Era perfecta! ¡DIVINA! Y ESTA JODIDA CABEZA NO PUEDE RETENER SUS IMBECILES SUEÑOS POR MÁS TIEMPO, ¡SOY LA VERGÜENZA DE LOS PADRES DEL ARTE! —grita furioso con medio cuerpo suspendido en la barandilla de metal, las manos están apretadas y directas la vacío—. Esa bastarda de Lorraine estará riéndose de mi desgracia. ¡Maldita! ¿Estás feliz de mi fracaso, desgraciada? ¡Porque yo disfruto de tu dolor, de tu maldito cansancio y de la forma que vas muriendo lentamente!

Un tanto preocupado, puede que eso haya pasado antes pero nunca así, el invitado se acerca cauteloso tras su espalda desnuda, ve los rápidos movimientos de sus pulmones inflarse para despotricar a gusto y nota la tensión en sus hombros, es similar a una cuerda de arco a punto de romperse. Hay blancas manos apenas tocando el tono cálido en la piel cubierta de puntos cafés, rojizos y algunas salpicaduras de negro. Sus yemas suben rezagadas en una caricia interminable por las vértebras francesas y parte de los fuertes costados mientras los poros en la dermis se contraen y sus vellos se erizan sin poder hacer algo al respecto. Los pinceles de sus manos van dibujando las aristas, definiendo los huesos que se sienten bajo la carne y saciando al monstruito que ronronea malicioso en su interior. La extremidad izquierda abandona el calor corporal e intrépida se hunde en el sedoso mar que tiene como cabellera, el blanco se pierde en el cobre precioso, la nariz lechosa delinea el espacio pequeño que existe detrás de la oreja, y baja en línea recta al cuello galáxico. Un soplo de aire caliente ataca su sistema nervioso como un dardo tranquilizante, no puede evitar volverse una masa sin voluntad alguna bajo el tacto ajeno.

—Tranquilízate un poco, cariño, recuerda que algunos de tus sirvientes son unos traidores. No querrás que madre se entere que su adorable niñito es un sádico en lo que a ella respecta, ¿o sí?

—Tienes razón, perdí la cabeza. —susurra con lentitud Victor, totalmente perdido en el cuerpo que le consuela silenciosamente —. Perdón. —su voz es un hilo ronco y tiembla ligeramente cuando unos certeros dedos presionan sus puntos de tensión. Es consiente que aquel hombre es capaz de armarlo y desarmarlo a su antojo, de convertirlo en un montón de arcilla al cual puede darle la forma que desee y transformarlo en cualquier cosa que le plazca, pero no le importa.

No cuando se trata de su musa perfecta.

—No hay problema, Jonas...— Peter es todo lo que el Delacour tiene su cabeza. Su aroma, su tacto, su suavidad, la frialdad en su nariz, su aliento embriagador—. Sólo... no vuelvas a acercarte a un maldito abismo en el estado en que estabas, me preocupas. —como un muñeco sin fuerzas, el pelirrojo se deja hacer a su antojo, su cuerpo gira y puede ver aquel color de gloria, el café siempre ha sido su color favorito—. Siempre que te marchas a crear nuevas colecciones una parte de mí se asusta al pensar lo impulsivo que puedes llegar a ser en este tipo de momentos. Eres demasiado intenso e irreflexivo y eso me preocupa más de lo que debería.

—Estoy bien, no lo volveré a hacer, Peer. Juro que trabajaré un poco mi temperamento y mi impulsividad. —una deslumbrante sonrisa lo encandila, sus labios rojizos son preciosos.

Victor teme no poder contener sus característicos impulsos, que cada vez se vuelven más peligrosos, y terminar arremetiendo con su vieja hambre sobre esos dobleces mortales.

—Eres lo único bueno que tengo, Jonas. No soportaría perderte. —el tono bajo con el que el castaño le susurra le condena. Pero es el averno en el iris que se abre ante él lo que le vence. Le hace sentir como si estuviera en una casa en llamas, el calor que se filtra por su torrente sanguíneo es abrasador y va quemando, con algo similar al magma, todas y cada una de las raíces en su interior; Peter se ve destrozado, tan deshecho que resulta una imagen beatifica regalada por el universo, las pequeñas arrugas bajo sus párpados se ven rosadas a causa de un posible llanto, sus pestañas brillan gloriosas y todo en él grita por un consuelo demoledor.

—Nunca te dejaré, Peer. Sabes que haría lo que fuera por ti, sólo dime qué quieres... déjame ayudarte.

Te necesito, Jonas.

Peter está perdido, desolado y, allí, escondido entre los delicados filamentos de dorado, él puede ver una famélica necesidad. Necesidad de atención, de adoración, de vida. De sentirse de amado, codiciado... Y Jonas, Jonas siempre podrá ser el pilar en su torre, no le importa ser usado como amigo, socio, hermano o amante si puede calmar las tormentas catastróficas que arremeten en el interior de Peter Parker.

—Aquí estoy, para lo que sea que necesite mí príncipe.

Porque él también es un Delacour. Su sangre paterna es tenaz, a Jonas no le importa si Sebastian ha reclamado al castaño como su esposo (o más bien como un maldito premio) o que sea un imbécil posesivo sin derecho; es Peter quien merece la pena, son sus ojos chocolate los cuales causan estragos en su vena sensible y corazón imparable. Lo único que Victor sabe y utiliza como mantra es que es un artista, y como tal no permitirá que una joya, una obra de arte otorgada por los dioses, sea rebajada en la manera en que su maldito hermano lo ha ido haciendo por varios años.

En realidad, el artífice no sabe qué es lo que ha hecho ese rubio idiota para dejar al inglés en el estado en que está temblando entre sus dedos. Lo odia y ama al mismo tiempo, porque puede que lo desee como el infierno, pero está sinceramente feliz que su numen personal podrá ver al fin la luz en aquel sueño fantástico que su medio hermano le vendió desde el inicio. Así que sus manos lo tocan delicadamente, tan suave y vehemente que causa estragos en el castaño.

— ¿Puedo besarte...—no obtiene respuesta pues Peter lo besa antes de que termine. Tan hambriento que el pelirrojo se vuelve una masa de sensaciones celestiales, pero se recupera segundos después, le responde con firmeza, pasión y sus manos lo toman como si fuese la belleza personificada, lo acaricia y consuela a la ardiente piel blanca que ruega clemencia.

Mientras los jadeos invaden a sus pulmones, la frecuencia cardiaca se dispara sin control, el sudor cubre sin reflexiones sus pieles calientes y la sinfonía de sonidos sublimes invade el lugar, Peter se siente bien, tan condenadamente bien que le encanta dejarse llevar por sus impulsos oscuros. Por lo que, cuando Victor presiona su espalda desnuda contra el sillón de su estudio y abre sus piernas como un animal salvaje a punto de devorarlo, no puede evitar reír malicioso, risa que nace desde las profundidades oscuras de su pecho y raspa sin compasión la dermis ajena en estremecimientos implacables.

Él sabe que tiene al menor de los Delacour comiendo de la palma de su mano, que es el caballo en su tablero y que sin duda alguna haría cualquier cosa para verle feliz.

La boca más joven se deshace en quejidos placenteros mientras la lengua del artista pinta con su saliva todo aquel lienzo blanco en su piel desnuda, él quiere agregar un poco de color en ese manto divino, pero se contiene, complacido de sentir las pequeñas manos moldear su carne a capricho propio, las uñas del más bajo trazan líneas en sus hombros que se van perdiendo en la espalda pecosa y el pelirrojo gruñe con excitación, él está feliz al ser la arcilla de Peter. Siempre le ha gustado serlo.

Y aunque el castaño lo quiere de verdad, no puede desperdiciar el potencial que representa Victor para su venganza contra su hermano, y ahora más importante, contra Liz.

Puede que el orgullo Benjamín haya sido quebrajado, manchado y humillado durante mucho tiempo, pero él era un Parker, y si había algo que valía indudablemente en su familia era la perseverancia y la determinación. Por lo cual Peter está muy seguro que ganará la guerra que, sin darse cuenta, Sebastian había causado al sembrar el odio en la medula de sus huesos, desde el preciso momento en que le usó como muñeco de relleno para su imagen perfecta.

*****

Elizabeth era la hija del empresario mediático Adrián Toomes, conocido mundialmente como "el Buitre", uno de los colaboradores —y amigos cercanos— más antiguos en la Corporación Delacour. Los Toomes se encargaban del área de seguridad en los sinfines de las propiedades de la prestigiosa familia, ellos solían crear prototipos innovadores de protección para la venta a microempresas aliadas y al público, así como para la firma Delacour, un campo en el que se defendían respetablemente.

Tras haber terminado la universidad años atrás, ella creó el mejor sistema de seguridad cibernético: "Le château", modelo que fue adoptado por casi toda Europa y gran parte de Asia, que hasta la actualidad recaudaba millones en ganancias. Después de haberse ganado la confianza del consejo, fue promovida por su padre y por supuesto, por el mismísimo CEO de aquel imperio francés, a Directora del ala de Servicios y Seguridad en la sede principal parisina.

Como si fuese creada para volverse la gallina de los huevos de oro, la mujer poseía de inteligencia y belleza, cualidades equilibradas maravillosamente. Su precioso rostro compenetraba perfectamente a las curvas de infarto en sus caderas y estrecha cintura, aunque su verdadero encanto se reflejaba en las delgadas e interminables piernas morenas que media Francia moría por tocar.

Liz tenía un equipamiento de sensualidad, sus armas eran su cuerpo y su escudo era su habilidad para el teatro. Y Peter Parker lo sabía muy bien, no por nada ambos trabajaron juntos demasiado tiempo para que el castaño conociera la clase de falso cánido vestido de oveja. Ella era una zorra astuta que lo había acunado entre sus contaminadas garras durante los primeros años que el ignorante de Parker llevaba en el serpentario de la alta sociedad.

Elizabeth Toomes había sido la primera (y última) persona que el inglés consideraría como amigo.

—Nunca estuve tan satisfecho de haber venido a una de las fiestas de la empresa. —Murmuró una voz grave a la derecha de la morena—. Pues parece que la preciosa dama que descansa aquí, en la deprimente terraza, necesita de un valiente aventurero que le libre del tedioso ambiente que existe en la reciente celebración. —ella se mantiene como una princesa imperturbable en la torre más alta del mundo y sus ojos fieros se mantienen perdidos en la nada, hay vieja furia enfriándose lentamente, se nota en la contracción de sus labios finos y la forma en que sus largas uñas se aferran al marfil.

Liz ignora al hombre que cómodamente se queda a su lado para hacerle compañía, con su vista periférica ella nota el perfecto traje italiano sobre el cuerpo de quien fácilmente podría ser considerado como un dios griego. Pero no le contesta, está tan pérdida en su fuero interno que lo único que puede hacerse espacio en su mente son las imágenes del carrusel de sorpresas de la última semana.

Puede verse a sí misma como en una película, dando pasos seguros con Sebastian en el amorío que llevan desde hacía tiempo, siente las manos de su amante tomarla como si fuese la piedra filosofal que convertía cualquier cosa que tocase en oro, tan fuerte y excepcional. Visualiza perfectamente sus idas y vueltas en la empresa, la gente con la que se relacionó, con quienes abordó tratos y los trabajos que terminó; también nota a sus amigos paseándose por su departamento para presumir de sus esplendorosas vidas. Pero cuando el miércoles llega, él también lo hace.

Ese maldito obstáculo en su camino aparece en la mañana del miércoles con sus ojos puros y su sonrisa celestial, se abre paso entre los pasillos de la empresa como si fuese el dueño de todos y cada uno de los rincones —y aunque legalmente podría llegar a serlo en un tiempo futuro— Liz se niega a aceptarlo como su superior. Jamás soportaría tener a un ilegítimo sobre su posición aristocrática, porque para ella aquel hombre que no pertenecía a ninguna de las familias nobles de Francia era un ser infame y despreciable. Benjamin aterriza en su tierra natal como un intruso, a lo que ella resulta aplazada a la oscuridad de la indiferencia del Delacour que duerme en su cama la mayoría de las noches. Su cabello perfectamente desordenado le repugna, sus ojos cafés la repelen y su cerebro la enferma en desagrado.

Las uñas de la fémina se entierran con verdadero odio sobre la superficie en la que su cuerpo se recarga, ahora Toomes se recuerda siendo evaluada el jueves por los del consejo ante la feroz queja que uno de los socios más importantes de la corporación impone contra su perfecta creación de seguridad. El japonés ha perdido la mitad de sus bienes tras el fallo de su sistema de seguridad, en un par de horas las ratas enemigas se hicieron de varias de sus acciones y tomaron control de varios secretos de su agencia. Tanaka, el CEO, exige personalmente cartas en el asunto a la garantía que los Delacour brindan desinteresadamente en el improbable caso que su producto llegase a fallar, situación que nunca antes había sucedido y cuya aparición tomó a todos desprevenidos e incrédulos, puesto que Elizabeth era la mejor en su trabajo. Absolutamente nadie, incluyendo al hombre que desprecia, podía superar su manejo en informática.

Y como si de alguna epidemia se tratase, uno a uno fueron cayendo los sistemas ligados a Le château, hasta que la base madre colapsó en cuestión de segundos. En ningún otro momento en su vida Liz sintió tanto terror como ese mediodía que toda la jefatura la observaba fracasar y perder millones y millones. Su padre, decepcionado, la abandonó en su agonía y Sebastian dejó de apreciarla como una gema preciosa para destrozarla con los glaciares que tenía por ojos, seguramente querría lastimarla tan lento y doloroso que su corazón empedernido se retorció de sufrimiento.

Pero entonces su amante miró con avidez desesperada al odioso ángel de hebras castañas que minutos antes le ofreció ayuda y ella rechazó de la forma más despreciable. ¿Puedes arreglar este desastre? Por favor—rogó ese día Sebastian Delacour, con una delicadeza sin precedentes. Fue como una caricia divina y una exhalación de vida.

A lo que Elizabeth casi siente perder su mente. Sebastian NUNCA ruega por nada, jamás. Y el maldito de Benjamin simplemente le contestó con un "Por supuesto, Seb." Antes de terminar con toda la mierda que ella fue incapaz de controlar.

Por eso esa noche, la mujer se encontraba alejada de la música, de los lujos y la nobleza a la que pertenecía, encerrada en su furiosa tempestad, sabiendo que como volviera ver a su nuevo anhelo tan atento de ese repulsivo inglés, tan pendiente y cautivado como antaño, su parte oscura saldría a la luz y la careta de matrimonio perfecto se reduciría a cenizas en un par de minutos. Tranquilízate. Se repetía sin parar. Ella aún podía arreglar aquel error, tomaría un par de semanas contentar a Sebastian pero lo lograría, y cuando el rubio fuese suyo otra vez lo sería para siempre. Benjamin jamás vería venir su jugarreta y volvería al abismo de miseria al que por ley universal pertenecía.

Mientras tanto, la morena se consolaría con la segunda apuesta en la mesa. Esa que le ayudaría a tener de vuelta la atención del millonario y que le prometería un respaldo en caso de que fracasara, algo imposible, pero Liz no volvería a dejar las posibilidades abiertas.

—Entonces, Lizzy, ¿te apetece divertirte un rato conmigo? Te aseguro que con mi compañía olvidarás cualquiera de tus problemas...Soy la amnesia perfecta.

La mencionada por fin lo mira, su cabello cae como magma etérea, su piel brilla igual que el sol y las pecas en su rostro varonil la persuaden sin esfuerzo. Sin embargo, es el iris avellana contenido en sus ojos, el bálsamo morfínico para la tormenta de ira que golpea sin consideración cada esquina en su interior.

—Sólo porque la fiesta es un completo asco, Victor. No creas que eres tanto como para lograr interesarme.

Él ríe de una forma inexplicable, es como si el paraíso se abriera ante la sensual criatura nocturna de piernas largas, aunque la sensación que besa sus poros es del tipo primitiva. Parece que su piel recibe pequeños pulsos eléctricos que van dejando suaves dosis de adrenalina envenenando su sangre, Liz siente eso tan bien que sigue al pelirrojo fuera del ostentoso salón.

—Te recordaré tus palabras más tarde, cariño. Cuando no puedas existir sin mí. —Jonas sonríe de una forma tan oscura que resulta innegable su vena Delacour. Él la lleva abajo, tan abajo que el infierno debería contratarlo para ser el rey de los demonios de encrucijada.

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