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7

—¡Eres un niño precioso, Liam!

—Por supuesto que lo es, mira a quien tiene de padre.

Anne comenzó a reírse cuando Edric dijo eso como si nada, ordenando la mochila del niño ya qué pasaría esos días con el luego de que volviera de su viaje de negocios. Luz, en tanto, estaba arreglando-destruyendo la televisión mientras Amity cocinaba algo para la cena.

—¿Tienes todo, Liam?—le preguntó Edric tomándole la mano.

—¡Sí, papá!

—Entonces ve a despedirte de tu madre y tus tías, ¿dónde están tus modales, bebito?

Liam le saco la lengua a su padre, ganándose un pellizco en la nariz, y luego corrió a despedirse de Amity y Anne, dejando a Luz para el final.

—Adiós, mamá—se despidió Liam cariñosamente—, ¡te voy a extrañar! ¡Y por favor, trata de no destruir algo!

Luz comenzó a reírse.

—Pásala bien con tu papá, príncipe—se despidió dándole un beso en la frente—. Nos vemos en unos días.

Segundos después, la puerta fue cerrada, quedando solo ellas tres en el pequeño hogar de Luz y Amity.

—Oye, Anne Banana—Dijo Amity desde la cocina—, ven, quiero darte algo en tu día especial.

Anne arrugó el ceño, negando con la cabeza, y entró a la habitación, quedándose quieta mientras una sonrisa enorme se extendía por su rostro.

Unas pantuflas de Snoopy estaban sobre la mesa con una cinta de regalo, así que comenzó a reírse por la diversión para luego abrazar a su mejor amiga, dándole un beso en la mejilla.

—¿Y para mi que? ¡Amity gastó mi dinero!—se quejó Luz entrando.

Anne volvió a reírse, abrazando a Luz también por la emoción, agradeciéndole por el bonito y simple presente, tratando de obviar la acongojante sensación en su pecho porque ese día cumplía veintinueve años y Marcy no la había saludado en la mañana.

Aunque tampoco es como si no lo hubiera esperado, porque Marcy nunca solía ser la primera persona en desearle un feliz cumpleaños: por el contrario, prefería ser la última, así que cuando era ese día, se juntaban luego del trabajo para ir a cenar solo las dos y pasar una maravillosa noche sin que nadie las molestara.

Así que Anne estaba preparada, estaba lista, pues ya tenía la reserva al restaurante al que iban siempre, y esperaba con mucha anticipación esa noche, por que si todo salía bien, tal vez podría finalizar con ellas dos haciendo el amor y recuperando esa magia que las rodeaba cuando estaban juntas.

—¿No quieres cenar con nosotras?—preguntó Amity con expresión preocupada—. Puedes invitar a Marcy si quieres...

Anne sacudió la cabeza, emocionada.

—¡Las cosas están bien!—dijo sonriendo—. Marcy me beso, Amity, ¡ella tomó la iniciativa! No pensé que fuera a hacerlo, pero me agarro de sorpresa, y estos días ha estado más cariñosa y dulce conmigo.

Amity sonrió débilmente, casi a regañadientes, pero no le tomo mucha importancia porque sabia cual era la opinión de Amity acerca de todo eso. Seguía doliendole, sin embargo, sabía que no podía hacer mucho sobre aquello, solo le quedaba asumir que su mejor amiga no le apoyaba por completo.

—¿Cuanto tiempo te queda?

Y, por supuesto, su novia tampoco estaba de acuerdo con ella.

Anne miró a Luz, mordiendo su labio inferior.

—Una semana—respondió vacilante.

Luz asintió.

—No debes ilusionarte hasta el final—contestó Luz sin mala intención—, tal vez Marcy se está despidiendo a su modo.

Anne se crispo, apretando su boca en un rictus de molestia mientras se giraba, herida por la forma en que le trataban, como si fuera una niña tonta e idiota qué no podía entender las cosas que le decían.

Tal vez sí lo era. Tal vez si era una idiota y una pendeja y una estúpida por haber hecho eso, por ser tan terca e insistente cuando ya las cosas habían acabado, pero ¿qué podía hacer acaso? ¿Cerrar sus ojos, asentir, sentirse miserable y luego hacer como si no hubiera compartido ocho años de su vida con Marcy? ¿Alejarse, fingir que no la amaba, tratar de no llorar al verla con otra?

Sí, como si eso fuera tan fácil.

Como si pudiera hacer eso con una sonrisa dispuesta en la cara, tratando de ahogar sus propios sentimientos diciéndole que no fue lo suficiente para Marcy y por eso le abandonó.

Anne estaba poniendo todo de sí para que eso funcionará, y si al final no lo hacía, entonces iba a poder decir que se esforzó para que su relación tuviera una oportunidad. Así no podría acusarse a sí misma de cobarde por no haber querido dar un poco más aunque resultará herida.

Todo el mundo le decía que era una persona que les hacía tener esperanza en que todo podía ir bien, ¿cómo podría echarse atrás, y luego mirarse al espejo, cuando ya las cosas hubieran acabado?

La esperanza era para tontos, todo el mundo se lo decía, pero sólo a veces, la esperanza también podía ser muy poderosa.

—Nos vemos—espetó sin girarse—, gracias por el regalo.

—Anne...

—Ya han dicho suficiente—murmuró saliendo de la cocina a paso apresurado, sin querer mirar los ojos llenos de compasión de sus amigas.

No, ese día, no lo iban a arruinar. Sus esperanzas estaban puestas para ese día, y eso, ninguna de ellas lo arruinaría.

Marcy se sentó frente a los inversionistas de Japón, manteniendo una expresión fría y helada mientras Alexa sacaba todos los documentos que iban a ser firmados ese día si la reunión iba bien.

Quería cerrar pronto aquel trato para regresar pronto a casa y echarse a dormir. Poder lograr aquello significaba que su empresa iba a poder expandirse sin problema alguno además de que le daría grandes ingresos extras, y si bien Marcy no era una persona ambiciosa, ese trato era demasiado bueno como para rechazarlo.

Anne de seguro le iba a felicitar por aquello, después de todo, su esposa siempre se ponía contenta cuando veía lo bien que le iba en el trabajo.

A pesar de que el trabajo fuera uno de los motivos por el que su relación marital se había deteriorado tanto.

Pero estaba segura que a Anne no le importaría qué ese día llegará un poco más tarde a casa, ya luego se lo explicaría aprovechando que ese día parecían andar más animada que de costumbre. Incluso le había mandado un mensaje de apoyo a la hora del almuerzo, deseándole suerte y diciéndole que estaba emocionada por verla más tarde para felicitarla por haber cerrado ese trato.

Alexa comenzó a hablar con su japonés algo fluido, comunicándose con los inversionistas sin dejar de sonreír encantadoramente, y Marcy se le quedó mirando un momento.

Sabía que le quedaba una semana para tomar su decisión final, pero si era sincera, a estas alturas no estaba tan segura de lo que realmente quería.

Tener a Anne sonriéndole todo los días, hablándole y haciéndole reír, dándole pequeños pero dulces besos, hacían que su corazón latiera de forma enloquecida, que sus mejillas se tornaran rojas y quisiera abrazar a Anne durante todo el día prometiéndole el mundo entero.

Sin embargo, sabía también que Anne se merecía a una persona que pudieran entregarle su corazón completamente, no alguien que le había hecho tanto daño y tuvo tantas dudas acerca de su amor.

Aunque si era honesta consigo misma, imaginar a Anne con alguien más enviaba una punzada de ardiente dolor a su pecho, creyendo inconcebible que Anne estuviera con alguien más que no fuera ella.

Alexa le miró, traduciendo lo que habían dicho los inversionistas, y Marcy contestó con tranquilidad. Sabía muy bien cómo llevar todos esos negocios a pesar de tener su mente en otro lado.

El trato se alargó por horas, pero ya tenía previsto aquello: sin embargo, le sorprendió un poco qué al salir con la conversación ya cerrada, siendo las diez de la noche, Anne no le hubiera llamado. Se encogió de hombros, restándole importancia, siendo consciente de que, con toda probabilidad, Anne tuvo que haber previsto que eso iba a alargarse.

—¿Quieres que te lleve?—le preguntó a Alexa con calma al verla buscar en su cartera dinero para el bus.

Alexa le miró de reojo, arrugando los labios, para luego asentir a regañadientes.

Caminaron en silencio hacía el auto de Marcy, entrando sin decir cosa alguna, y pronto se pusieron en marcha en dirección al departamento de Alexa.

Dentro del vehículo había un silencio tenso y pesado, siendo interrumpido por la repentina lluvia que comenzó a caer.

—¿Ya tomaste tu decisión?—preguntó Alexa después de varios segundos.

Marcy apretó el manubrio, sin emitir palabra alguna.

Permanecieron otro momento en silencio.

—Si hubiera sabido que me habrías hecho esto, Marcy—murmuró Alexa—, jamás me habría enamorado de ti. Anne puede ser una maldita arrastrada, pero yo no soy una mendiga.

Se crispo ante las palabras de Alexa, deteniéndose bruscamente por el desprecio en el tono de su voz.

No le importaba si la ofendía a ella, si le decía un montón de mierda, pero hablar así de Anne...

Eso no iba a permitirlo.

—Pues ojalá yo tampoco me hubiera enamorado de ti, Alexa—escupió volviendo a conducir.

Se detuvo minutos después fuera del edificio de Alexa.

Más tarde, estaba ingresando a su propio departamento, frunciendo el ceño al ver que todo estaba apagado y helado, sorprendiéndose a sí misma cuando notó que Anne tampoco estaba en el cuarto.

¿Donde estaba? Su vista se paseó por el comedor, atónita, para luego girarse cuando el pestillo de la puerta sonó, indicando que alguien estaba entrando.

Una empapada Anne entró, su cabello y abrigo destilando agua, sus ojos rojos e hinchados la miraron.

Parpadeo.

—¿Anne? ¿Bebé?—preguntó con la voz temblando.

Anne enfoco sus ojos en ella.

—Oh—sacudió su cabeza, sonriendo débilmente—, ¿qué pasa?

Marcy arrugó el ceño, acercándose con lentitud.

—Nada, sólo... ¿donde estabas?

Anne se quitó el abrigo con calma, tomándose su tiempo para responder, y luego se encogió de hombros.

—Estaba comiendo en casa de Amity y Luz, se me hizo algo tarde, lo siento mucho—se disculpó Anne—. ¿Acabas de llegar, también?

Marcy se sintió culpable por algún extraño motivo, una sensación desagradable instalándose en su estómago, ansiedad y angustia apretujando su corazón, pero no sabía por qué.

—Sí, el trato con los inversionistas japoneses se extendió bastante—dijo a modo de disculpa, mordiendo su labio inferior, sin dejar de mirar los rastros de llanto en su rostro, y antes de acobardarse, decidió preguntar—. Anne, ¿por que lloraste?

Su esposa lucio atónita un momento antes de comenzar a reírse de forma despreocupada, llevando sus manos a sus húmedos cabellos, acercándose y dándole un pequeño beso en los labios como si nada.

—Pelee otra vez con Amity—respondió de forma desganada—, insiste en que tú no me amas y eso me puso triste, Marcy—Anne le miró con pena—, porque es mentira, ¿no es así, Marcy? Tú me sigues amando a pesar de todo.

Marcy le observó, pasmada por la situación en la que se encontraban, confundida también, apenas entendiendo lo que estaba pensando, pero cuando leyó la necesidad en los hermosos ojos de Anne, contestó sin duda alguna:

—Por supuesto que si, Anne Banana.

Anne le sonrió, dándole otro beso.

—Vamos a la cama. Ha sido un día largo para las dos, ¿no es así?—Anne le tomo la mano—. Oh, a todo esto, ¿cómo te fue?

—Bien—su voz sonó satisfecha, mirando sus dedos entrelazados mientras iban hacía la cama—. Cerré el trato y los inversionistas se fueron satisfechos.

Anne asintió, orgullosa.

—Felicidades, Marcy—dijo antes de sacarse el suéter que llevaba.

Marcy quiso decirle algo, sin embargo, antes de poder hacerlo, Anne le dio un beso mucho más profundo y dulce, algo necesitado, y sus manos se movieron por el cuerpo de su esposa, sus dedos acariciando piel y más piel.

Así, en medio de la oscuridad, sólo el ruido de la lluvia en el exterior, ambas hicieron el amor entre besos confusos y tristes llenos de sentimientos que no pudieron ser expresados. 

A la mañana siguiente, todas las cosas resultaron mal para Marcy.

Comenzando por el hecho que se quedo dormida y tuvo que salir corriendo de casa hacía el trabajo, despidiéndose de Anne sin conversar sobre lo ocurrido sobre esa noche. Luego, se quedó atascada en una congestión vehicular, y para rematar su mal comienzo del día, cuando llegó, su secretario derramó su taza de café sobre su blusa blanca.

Lo que acabo ese pésimo día fue cuando llegó la hora del almuerzo y se dio cuenta que dejó su almuerzo en su casa, así que tuvo que partir al comedor de su empresa murmurando por el mal humor.

Aunque ese mal humor desapareció un poco cuando sus pensamientos volvieron a lo ocurrido la noche anterior, los besos compartidos, los toques en el cuerpo ajeno, los jadeos contra su cuello, los ojos llenos de amor de Anne sobre ella en todo momento.

Se había sentido extraño hacer el amor con Anne después de tanto tiempo, pero por sobre todo, hacerlo de forma tan repentina, pero no le tomo mucha importancia por el momento.

No hasta que Olivia se acercó.

—Hey, Marcy, ¿cómo te fue ayer?—preguntó su mejor amiga sentándose a su lado—, te estuve buscando y no te encontré—agregó haciendo un puchero.

Frunció el ceño.

—Logré cerrar el trato—contestó con orgullo—, ¿para qué me necesitabas?

Olivia comenzó a rebuscar algo en su maleta, sacando una pequeña cajita envuelta en papel regalo.

Su ceño aumentó.

—Ayer llamé a Anne y le prometí un regalo, así que le dije que se lo mandaría contigo—respondió Olivia—, espero la hayan pasado bien anoche, Anne sonó muy ilusionada cuando hablé con ella.

Algo desagradable comenzó a extenderse por su estómago, sintiendo como la confusión -y una sensación enfermiza y podrida- se asentaban en su interior.

—¿De qué estás hablando, Olivia?—preguntó, con voz mecánica, sin vida.

Olivia arrugó sus labios.

—Del cumpleaños de Anne—contestó como si fuera obvio, y pudo notar como su expresión cambiaba de pronto, tornándose sorprendida y horrorizada—, porque ayer fue su cumpleaños, Marcy, lo recordaste, ¿cierto?

Su cumpleaños.

Anne cumplía veintinueve años.

Se puso de pie bruscamente, ignorando las palabras balbuceantes de Olivia, su mano apretando el regalo, y con una rapidez inexplicable, salió del comedor.

El cumpleaños de Anne.

Su maldito y jodido cumpleaños.

Recordó su cuerpo empapado, sus cabellos pegados a su rostro, sus ojos hinchados y rojos, su expresión ausente al entrar al departamento. Su voz temblorosa cuando hacían el amor, murmurándole que la amaba, que la quería de una forma inexplicable, y que siempre le iba a querer a pesar de todo.

Recordó los tantos cumpleaños que pasaron juntas, sentadas en el restaurante donde tuvieron su primera cita, riéndose por cosas sin sentido y mirándose de forma tan enamorada que algo dolía en su interior.

Recordó las palabras de Anne la mañana anterior, cuando la despidió para irse a su trabajo, la sonrisa en sus labios, sus preciosos ojos llenos de ilusión.

¡Nos vemos en la cena, Marcy! ¡Espero que te vaya muy bien, ya quiero celebrarlo contigo!

Marco el número de Anne, pero no obtuvo respuesta alguna.

Recordó todo esos cumpleaños en los que quedaron en verse en ese restaurante viejo sin hablarlo antes, por que se había convertido en un pactado trato entre ellas: Todos los cumpleaños de Anne y Marcy, a las ocho de la tarde, iban a juntarse en ese lugar para tener una velada privada, sin nadie más, solo las dos.

Su mano temblorosa marco a la oficina de Anne, pero no contestó nadie.

Subió al auto, cerrando la puerta bruscamente, y sin importarle si tenía una reunión a la que asistir después, si tenía algún trato qué cumplir, partió al departamento tan rápido como pudo, sintiendo sus mejillas húmedas cuando recordó la dulce sonrisa de Anne esa mañana, el beso profundo que le dio al despedirse, y las palabras que le dirigió.

Ten un buen día, Marcy. Te amo, adiós.

Y no se había percatado de ese adiós, cuando Anne siempre le decía un hasta pronto.

Nunca le había dicho un adiós en todo el tiempo en el que estuvieron juntas.

Estaciono su auto fuera del edificio, bajando a tropezones, corriendo al departamento ignorando la pregunta confundida del conserje.

Su mano temblorosa encajó la llave en la cerradura, girandola, y sin detenerse a mirar nada, corrió al cuarto matrimonial.

Soltó un jadeo sollozante cuando vio el armario abierto, y entre lágrimas, comenzó a revolver toda la ropa, notando que sólo estaban sus prendas guardadas cuidadosamente en la cómoda.

Los artículos de aseo de Anne tampoco estaban en el baño.

Se tambaleo, desesperada, volviendo a marcar el número de su esposa, pero no hubo respuesta alguna.

Entonces, cuando entró al comedor, lo vio.

Con el corazón rompiéndose en cientos de pedazos, el alma en sus pies, su boca soltando sollozos bajos y las lágrimas cayendo por su rostro, Ha Marcy vio los papeles de divorcio firmados sobre la mesa del comedor. 

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